En la vieja propiedad, entre las cenizas de lo que alguna vez fue una cabaña olvidada en el bosque, un joven bombero llamado Andrés terminaba su último recorrido antes de cerrar el expediente del incendio.
La encontró medio enterrada bajo una viga carbonizada.
Negra. Intacta. Sin una sola quemadura, como si el fuego que había consumido todo a su alrededor la hubiera respetado con algo parecido a la reverencia.
La levantó, sacudió la ceniza de la etiqueta. La tinta roja, desvaída, aún podía leerse con total claridad.
NO ME VEAS.
Andrés sonrió para sí, pensando que sería un buen recuerdo de una noche extraña.
Se la guardó en la mochila.
Y mientras caminaba de regreso, sin saberlo, sintió —solo un instante, solo lo suficiente para no darle importancia— que algo, muy despacio, empezaba a caminar un paso detrás de él.
A lo lejos, entre los árboles, el bosque volvió a quedar en un silencio demasiado perfecto para ser natural.
FIN
Editado: 24.10.2026