Vera llevaba casi veinte minutos frente al espejo de su habitación cuando comenzó a sospechar que algo no estaba bien aunque si alguien le hubiera preguntado qué había ocurrido exactamente, no habría sabido responder. Se encontraba sentada frente al tocador con el cabello castaño recogido en una coleta desordenada y el teléfono apoyado junto a un montón de cosméticos que apenas utilizaba. Tenía que terminar una tarea para el instituto, preparar la mochila y acostarse temprano, pero llevaba toda la tarde distraída mirando vídeos sin prestarles demasiada atención y levantando la vista de vez en cuando hacia el espejo de cuerpo entero que sus padres habían colocado junto al armario cuando se mudaron a aquella casa.
El espejo era antiguo con un marco de madera oscura tallado en los bordes y algunas pequeñas marcas que parecían arañazos. Su madre lo había comprado en una tienda de segunda mano, encantada con la idea de darle un toque elegante a la habitación y desde entonces Vera lo utilizaba para arreglarse antes de salir. Nunca le había gustado demasiado aunque tampoco tenía una razón concreta para sentirse incómoda con él.
Aquella tarde mientras se recogía un mechón detrás de la oreja levantó la mirada y descubrió que su reflejo tenía el cabello desordenado de la misma manera que ella, la camiseta arrugada y una pequeña mancha de tinta en el dedo índice. Todo normal. Vera inclinó la cabeza hacia la derecha observando cómo la imagen repetía el movimiento y después hizo una mueca exagerada, sacando la lengua frente al cristal.
Su reflejo hizo lo mismo.
Vera soltó una risita y volvió a mirar el teléfono convencida de que estaba perdiendo el tiempo con tonterías pero unos segundos después recordó que había dejado el cargador sobre la cama y se levantó para buscarlo. Mientras rebuscaba entre las sábanas algo le llamó la atención por el rabillo del ojo.
Su reflejo seguía sentado frente al tocador, Vera se quedó inmóvil con una mano hundida entre las mantas y miró directamente hacia el espejo.
La imagen ya estaba de pie exactamente como ella, con una mano apoyada sobre el borde del tocador y la otra sujetándose el cabello. Vera parpadeó varias veces tratando de comprender lo que acababa de ver, pero el reflejo no tenía nada de extraño. Su postura era idéntica, su expresión también y hasta la pequeña arruga de la camiseta aparecía en el mismo lugar.
—Qué estupidez —murmuró soltando el cargador sobre la cama.
Regresó al tocador, recogió el teléfono y se obligó a dejar de mirar el espejo. Seguramente había sido un efecto de la luz, un descuido provocado por el cansancio o una de esas ilusiones ópticas que el cerebro inventaba cuando una llevaba demasiado tiempo concentrada en algo. Había visto suficientes vídeos sobre el tema como para saber que la mente podía engañarnos con una facilidad ridícula.
Aun así antes de salir de la habitación volvió la cabeza hacia el cristal, su reflejo estaba exactamente igual, Vera frunció el ceño y levantó una mano moviendo los dedos frente al reflejo manteniendose junto a la puerta mientras la imagen hizo lo mismo, después el reflejo sonrió. Vera no estaba sonriendo.
La expresión desapareció tan rápido que no tuvo tiempo de asegurarse de haberla visto. Su reflejo volvió a mostrar el rostro serio con el que ella misma lo contemplaba y la habitación quedó sumida en un silencio que de pronto le pareció demasiado profundo.
—Mamá, ¿has visto mi cargador del portátil? —gritó desde el pasillo,
Su madre respondió desde la cocina que probablemente estaría en el escritorio del salón. Vera salió de la habitación sin volver la vista atrás, molesta consigo misma por haberse asustado con algo tan absurdo.
Durante la cena no mencionó lo ocurrido. Su padre hablaba de un problema en el trabajo y su madre le preguntaba por los exámenes de la semana siguiente, así que Vera se concentró en la conversación e intentó olvidarse de aquella sensación incómoda que se le había quedado pegada al cuerpo. Incluso se rio cuando su padre contó una anécdota sobre un compañero que había enviado un correo a toda la empresa por equivocación y durante un rato consiguió sentirse como cualquier otra adolescente preocupada por sus tareas y por las pocas horas de sueño que le esperaban.
A las diez y media regresó a su habitación para cambiarse y preparar la ropa del día siguiente. Se quitó los vaqueros, se puso un pantalón corto de pijama y una camiseta holgada, después se acercó al espejo para desenredarse el cabello antes de acostarse. La luz del techo estaba apagada y solo permanecía encendida la lámpara del escritorio que proyectaba una iluminación cálida sobre el marco de madera.
Vera tomó el cepillo y comenzó a pasarlo por su cabello distraída con una canción que sonaba en sus auriculares. Cuando terminó dejó el cepillo sobre el tocador y se inclinó para recoger una goma que había caído al suelo.
Al incorporarse miró su reflejo y sonrió, no porque hubiera visto algo gracioso sino porque recordó un mensaje que le había enviado una amiga. La imagen también sonrió, Vera apartó la mirada recogió la goma y se ató el cabello, después volvió a mirarse esta vez con la intención de comprobar algo que ni siquiera ella misma sabía explicar.
Levantó la mano derecha. El reflejo levantó la suya. Vera movió la cabeza hacia un lado. La imagen la imitó. Entonces dejó caer los brazos y permaneció completamente quieta. El reflejo también.
Durante varios segundos se observaron en silencio, dos versiones idénticas de una misma persona separadas por una superficie de cristal. Vera sintió una vergüenza absurda como si estuviera haciendo el ridículo delante de alguien y soltó una pequeña risa, la imagen tardó en reírse aunque fue apenas un instante.
Un retraso tan breve que cualquiera habría podido atribuirlo a un parpadeo a una sombra o a la propia imaginación. Pero Vera lo vio. Vio cómo sus labios permanecían inmóviles mientras los suyos ya se habían curvado en una sonrisa, cómo sus ojos seguían fijos en ella antes de que la expresión terminara de aparecer en el rostro reflejado.
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Editado: 10.10.2026