Vera no volvió a acercarse al espejo aquella noche. Después de verlo pronunciar su nombre salió de la habitación y se encerró en el baño donde permaneció sentada sobre la tapa del inodoro durante casi media hora intentando controlar la respiración. Había encendido todas las luces y dejado la puerta entreabierta, como si aquella pequeña franja de oscuridad pudiera esconder algo capaz de seguirla. No quería reconocerlo, pero tenía miedo de regresar a su dormitorio, miedo de mirar el cristal y descubrir que la otra Vera seguía allí esperando con aquella expresión desesperada que no conseguía quitarse de la cabeza.
Cuando finalmente reunió el valor para volver, encontró el espejo exactamente como lo había dejado. Su reflejo estaba sentado frente al tocador, con los hombros caídos y la mirada perdida en algún punto del suelo. Vera se quedó en el umbral, sin atreverse a entrar del todo.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó en voz baja.
La imagen levantó la cabeza, Vera retrocedió inmediatamente pero el reflejo no hizo nada más. Se limitó a observarla desde el otro lado con una tristeza tan humana que resultaba mucho más inquietante que cualquier gesto amenazante.
—No eres real —murmuró Vera tratando de convencerse a sí misma—. No puedes hacer nada.
La otra inclinó la cabeza pero Vera cerró la puerta de golpe.
Aquella noche durmió en la habitación de sus padres inventando una excusa sobre una pesadilla y el ruido que hacía una tubería de su dormitorio. Su madre la dejó quedarse sin hacer demasiadas preguntas aunque le acarició el cabello antes de apagar la luz y le recordó que ya era demasiado mayor para tener miedo a la oscuridad.
Vera no respondió porque ella no le tenía miedo a la oscuridad, tenía miedo de lo que podía verla desde el otro lado del espejo
A la mañana siguiente decidió que necesitaba pruebas porque no podía seguir comportándose como si nada ocurriera pero tampoco podía contarle a alguien que su reflejo había comenzado a hablarle sin arriesgarse a que la tomaran por loca. Si quería entender lo que estaba pasando tendría que investigar por su cuenta.
Lo primero que hizo fue buscar información sobre espejos antiguos y fenómenos relacionados con reflejos que parecían moverse de manera independiente. Encontró artículos sobre ilusiones ópticas, trastornos del sueño y alucinaciones provocadas por observar fijamente un rostro durante demasiado tiempo. Leyó testimonios de personas que aseguraban haber visto cómo sus facciones cambiaban frente al espejo pero ninguno describía algo parecido a lo que ella había experimentado.
Nadie hablaba de golpes desde el otro lado, nadie hablaba de una imagen que pedía ayuda y nadie hablaba de las marcas de vapor del otro lado del reflejo.
Después de casi una hora encontró una fotografía que le llamó la atención. Era la imagen de un espejo de cuerpo entero con un marco de madera oscura tallado en los bordes y rematado por unas pequeñas figuras que parecían flores marchitas. Vera se inclinó hacia la pantalla porque ese era idéntico al suyo.
El artículo acompañaba la fotografía con una breve historia sobre una casa antigua en un pueblo de Inglaterra donde una adolescente había desaparecido décadas atrás. La joven había sido vista por última vez en su habitación frente a un espejo que sus padres aseguraron haber encontrado marcado desde el interior.
Vera sintió que el estómago se le encogía y abrió el artículo completo, aunque la información era escasa. El caso nunca había sido resuelto y los datos sobre la familia eran contradictorios. Algunos registros indicaban que la adolescente se llamaba Eleanor, mientras que otros mencionaban un nombre diferente. La casa había cambiado de propietarios varias veces y el espejo ,según una nota publicada años después, había terminado en una tienda de antigüedades.
Vera miró la fotografía otra vez, no podía asegurar que fuera el mismo pero había algo en el marco que le resultaba demasiado familiar.
Buscó la tienda mencionada en el artículo y encontró una página archivada con imágenes de objetos vendidos años atrás. Entre muebles, relojes y lámparas antiguas apareció una fotografía del espejo. En la descripción se indicaba que había sido adquirido en una propiedad privada y que no se conocía su procedencia original.
Vera sintió un escalofrío porque la tienda estaba cerrada desde hacía años, pero en una de las páginas encontró un correo electrónico de contacto. Sin pensarlo demasiado escribió preguntando si conservaban información sobre el espejo y si podían confirmar de qué casa había salido.
Después dejó el ordenador y se quedó mirando sus manos. Había pasado toda la mañana buscando una explicación racional y ahora estaba investigando la desaparición de una adolescente porque un artículo antiguo mostraba un espejo parecido al suyo. Si alguien le hubiera contado aquello unos días antes, se habría reído.
Pero entonces recordó la expresión de la otra Vera.
« Ayúdame »
La palabra seguía resonando en su cabeza.
¿Qué clase de cosa podía pedir ayuda desde el interior de un espejo?
Durante el resto del día se mantuvo lejos de su dormitorio. Hizo las tareas en el salón, comió con sus padres y pasó la tarde viendo una película con su madre fingiendo prestar atención mientras vigilaba de reojo cualquier superficie que pudiera devolverle su imagen. Evitó los cristales de las ventanas, las pantallas apagadas y hasta la puerta metálica del refrigerador.
Era ridículo, lo sabía. Pero no podía evitarlo porque tenía que cualquier cosa que pudiera dar su reflejo estuviera del otro lado "la otra Vera" Al anochecer recibió una respuesta al correo.
El mensaje era breve. El hombre que había administrado la antigua tienda ya no trabajaba allí pero recordaba el espejo porque la venta había generado una discusión entre los propietarios de la casa y la persona que lo había adquirido. Según los documentos que todavía conservaba el objeto había pertenecido a una familia cuyo apellido aparecía registrado como Whitmore. La hija desaparecida se llamaba Marie Whitmore y tenía dieciséis años cuando ocurrió el incidente.
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Editado: 10.10.2026