No Mires Tu Reflejo

04

Durante los dos cinco siguientes, Vera hizo todo lo posible por no quedarse en su habitación.

Había conseguido convencer a sus padres de que el espejo le producía dolor de cabeza cuando pasaba demasiado tiempo frente a él, una explicación que no era del todo mentira aunque omitió los detalles que probablemente habrían provocado una conversación incómoda sobre su salud mental. Su madre le sugirió cambiar los muebles de lugar, mientras que su padre propuso llevar el espejo al garaje hasta que la habitación se remodelará y se acomodará de nuevo todo. Vera aceptó la idea con tanta rapidez que ambos se miraron sorprendidos pero cuando intentaron moverlo descubrieron que el mueble era más pesado de lo que parecía y decidieron dejarlo para el fin de semana donde ambos tuvieran más tiempo para hacerlo sin provocar ningún nuevo desastre.

Vera pasó aquella noche en el salón, durmiendo en el sofá con una manta hasta la barbilla y el teléfono apretado contra el pecho. No soñó con el espejo o al menos no recordaba haberlo hecho, pero despertó varias veces con la sensación de que alguien estaba de pie al otro lado de la habitación. Cada vez encendía la pantalla del móvil y alumbraba los rincones hasta convencerse de que no había nadie.

A la mañana siguiente tuvo un examen de matemáticas y le fue fatal.

Había estudiado durante varios días pero al sentarse frente al papel se quedó en blanco. Las fórmulas parecían escritas en otro idioma y cuanto más intentaba concentrarse, más le costaba recordar incluso las cosas que había practicado la noche anterior. Al entregar el examen, escuchó a dos compañeros comentar las respuestas correctas y comprendió que había cometido errores absurdos.

No era la primera vez que le sucedía.

Desde hacía semanas sus notas habían comenzado a bajar, sus profesores le llamaban la atención por distraerse durante las clases y su madre le preguntaba constantemente qué le ocurría. Vera no sabía qué responder. No estaba triste exactamente, tampoco tenía un problema concreto, pero se sentía cansada todo el tiempo y había empezado a tener la impresión de que su propia cabeza estaba demasiado llena de pensamientos que no conseguía ordenar.

Cuando regresó a casa encontró una nota de su madre sobre la mesa de la cocina. Le recordaba que debía terminar las tareas pendientes y que si necesitaba ayuda con matemáticas, podían sentarse juntas a estudiar después de cenar.

Vera arrugó el papel entre los dedos, no quería ayuda con matemáticas. Quería que alguien dejara de preguntarle qué le pasaba cuando ni siquiera ella misma lo sabía, quería que se desicieran de ese espejo que tantos problemas le estaba causando.

Subió a su habitación con la mochila colgada de un hombro y se detuvo frente a la puerta. Durante unos segundos contempló el pomo preguntándose si sería lo suficientemente valiente para entrar, si la otra Vera habría desaparecido o si todo lo ocurrido durante los últimos días había sido una mezcla de cansancio, estrés y miedo.

Al final entró porque realmente al final no tenía de otra, la habitación estaba vacía y el espejo continuaba junto al armario, cubierto con una sábana blanca que su madre había colocado la días anteriores para evitar que Vera lo viera mientras dormía. La adolescente dejó la mochila sobre la cama y se acercó lentamente, con la intención de comprobar que no había nada extraño.

Levantó una esquina de la sábana, su reflejo apareció bajo la tela, Vera apretó los labios apenas. La imagen estaba exactamente como ella con el uniforme arrugado, el cabello recogido y unas ojeras que parecían más oscuras que de costumbre. No había ninguna puerta al fondo, ninguna silueta ni señales de que algo hubiera ocurrido mientras ella estaba fuera.

Solo su propio rostro demacrado como si llevara cada vez más días más cansada que antes, Vera soltó una risa breve, más nerviosa que divertida.

—Estoy perdiendo la cabeza— murmuró para si misma mientras la imagen movió los labios al mismo tiempo, Vera dejó caer la sábana con frustración,

Permaneció inmóvil durante varios segundos con el corazón acelerado, hasta que la molestia y la ansiedad pudo más que el miedo. Eso la estaba consumiendo, sabía que un espejo no podía hacerle nada más que darle un buen susto. Volvió a levantar la tela esta vez por completo y se sentó en el borde de la cama, desde donde podía observar el espejo sin acercarse demasiado.

—Escucha, no sé qué está pasando —murmuró—, pero no necesito esto.

Su reflejo estaba exactamente como ella, Vera se pasó una mano por la cara exasperada.

—Tengo un examen de mierda, mi madre cree que estoy drogandome y mi padre no deja de preguntarme por qué estoy tan distraída. Y ahora resulta que estoy hablando con un espejo.

La imagen permaneció quieta.

—Genial —añadió Vera rodando los ojos—. Por lo menos no puedes contarle a nadie.

Una sonrisa pequeña divertida apareció en el rostro reflejado, Vera dejó de sonreír y se quedó fria, la imagen volvió a tener una expresión normal pero aquella respuesta había sido tan sutil que no pudo convencerse de que la había imaginado. Se inclinó hacia delante observando sus propios ojos.

—¿Me estás escuchando?

El reflejo parpadeó al mismo tiempo que ella, no paso nada. Se sintió ridícula, se levantó y volvió a cubrir el espejo. Después abrió los libros, preparó sus apuntes y pasó las siguientes dos horas estudiando aunque cada cierto tiempo se descubría mirando la sábana blanca, como si esperara que algo se moviera debajo.

Aquella noche antes de dormir tuvo una discusión con su madre, no fue una pelea especialmente grave. Su madre le preguntó por el examen, Vera respondió que le había ido mal y la conversación derivó en una serie de preguntas sobre sus hábitos de estudio, las horas que pasaba con el teléfono y la necesidad de organizarse mejor. Todo era razonable, lo sabía, pero estaba demasiado cansada para soportarlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.