No Mires Tu Reflejo

05

Durante los días siguientes, Vera comenzó a hablar con su reflejo casi siempre,

Al principio lo hacía con cierta vergüenza procurando mantener la puerta cerrada y el volumen de su voz lo suficientemente bajo como para que sus padres no la escucharan desde el pasillo. Se sentaba frente al espejo, le contaba cómo le había ido en el instituto y se quejaba de los profesores que parecían empeñados en complicarle la vida. A veces hablaba durante varios minutos sin recibir respuesta, pero otras encontraba pequeñas frases escritas sobre el cristal empañado, palabras que aparecían lentamente desde el otro lado y desaparecían antes de que pudiera tocarlas.

« Te esfuerzas demasiado. »

« No tienes que demostrarles nada. »

« Yo sí te escucho. »

Vera comenzó a esperar aquellas conversaciones con una impaciencia que le costaba reconocer. Durante el día seguía siendo la misma adolescente distraída, con tareas pendientes y notas que necesitaban mejorar y con rostro y expresión cada vez más cansada sin que lo notará, porque su reflejo ya no era idéntico a ella. Pero por las noches encontraba una tranquilidad que llevaba semanas sin sentir. La otra Vera nunca la interrumpía, nunca le decía que exageraba y jamás le recordaba las cosas que había hecho mal.

Solo la escuchaba y cuando Vera se quedaba callada, parecía saber exactamente lo qué ella necesitaba oír, o leer en esta ocasión.

Una noche le contó que había suspendido un examen de matemáticas y que su madre estaba considerando contratar a una profesora particular. Vera estaba convencida de que aquello solo empeoraría las cosas porque tendría que pasar todavía más horas estudiando algo que apenas conseguía comprender.

—No soy estúpida —murmuró frente al espejo—. Sé que no soy la mejor de la clase, pero antes podía hacerlo mucho mejor.

Su reflejo la observó durante unos segundo, se reclinó contra ella y después escribió:

« ¿Y si dejas de intentar ser como ellos quieren? »

Vera frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

La imagen levantó los hombros, imitando un gesto de indiferencia que Vera conocía demasiado bien porque lo utilizaba cada vez que no quería reconocer que algo le dolía, volvió a inclinarse y escribió otra frase.

« Tú sabes las respuestas. Solo tienes miedo de equivocarte. »

Vera se quedó mirando aquellas palabras. No era un consejo especialmente extraordinario pero había algo en él que le resultaba reconfortante. Quizá porque nunca había sabido explicar que durante los exámenes, no era únicamente el miedo a equivocarse lo que la bloqueaba. Era la sensación de que todos podían ver cómo estaba fallando, de que cada respuesta incorrecta confirmaba algo que ella misma llevaba semanas sospechando.

Que ya no era tan buena como antes.

—¿Y qué se supone que debo hacer? —preguntó mirándole con atención y expectativa, su reflejo sonrió.

« Deja de mirar lo que haces mal. Mira lo que puedes hacer. »

Vera soltó una pequeña risa.

—Eso suena a frase de calendario.

La otra Vera también sonrió cubriendo ligeramente su boca con su mano para tapar la rodilla, Vera no sintió miedo al verla hacerlo.

Al día siguiente durante una prueba corta de matemáticas recordó aquellas palabras. Se obligó a respirar, dejó de mirar las respuestas de los demás y se concentró en cada ejercicio por separado. No consiguió resolverlo todo, pero terminó sin quedarse paralizada y entregó la hoja con una sensación de alivio que no experimentaba desde hacía semanas.

Cuando regresó a casa fue directamente a su habitación.

—Me fue mejor —le contó al espejo dejando la mochila sobre la cama—. No sé si sacaré una buena nota, pero al menos no me quedé mirando el papel como una idiota— su reflejo estaba de pie frente al cristal, Vera sonrió emocionada— Tenías razón.

La imagen no respondió inmediatamente. En cambio levantó una mano y apoyó la palma contra la superficie, Vera hizo lo mismo.

El cristal estaba frío pero ya no le parecía desagradable. Se quedó allí unos segundos observando cómo las manos coincidían a ambos lados, hasta que la otra chica inclinó la cabeza y movió los labios.

« Lo sabía, sabía que podías hacerlo. »

Vera sintió una felicidad extraña, casi infantil. Era ridículo sentirse orgullosa de recibir la aprobación de una imagen pero había pasado tanto tiempo escuchando lo que hacía mal que aquellas dos palabras parecían suficientes para compensarlo.

Durante los días siguientes, la relación entre ambas se volvió más cercana, Vera empezó a ponerle un nombre, aunque al principio no sabía cuál elegir. Consideró llamarla por el suyo, pero le parecía extraño dirigirse a una segunda Vera como si estuviera hablando consigo misma. Finalmente comenzó a llamarla V, una abreviatura que utilizaba su mejor amiga cuando quería molestarla.

La otra chica pareció aceptarlo cada vez más contenta y más suelta de moverse y hablar con ella, mientras que Vera tenía cada vez más ojeras marcadas, la piel pálida y perdía peso sin notarlo, ya que en su reflejo Cada vez se miraba más renovada y muchísimo más linda.

Cada noche Vera le contaba algo nuevo, le habló de una discusión con una compañera, de un profesor que la había avergonzado delante de toda la clase y de la sensación de estar quedándose atrás mientras los demás parecían avanzar sin dificultad. Incluso le confesó algo que nunca había dicho en voz alta: que a veces tenía miedo de decepcionar tanto a sus padres que llegaran a arrepentirse de todo lo que habían hecho por ella.

La respuesta apareció sobre el cristal después de varios segundos.

« Ellos no tienen que vivir tu vida. No les debes nada »

Vera leyó la frase en silencio y suspiro ligeramente

—No es tan sencillo.

Su reflejo negó lentamente con la cabeza, le sonrió con ternura y siguió:

« Lo haces difícil porque quieres que todos estén contentos contigo »




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