Vera despertó con la sensación de que alguien acababa de susurrarle al oído, durante unos segundos permaneció inmóvil con los ojos abiertos y la respiración atrapada en el pecho. La habitación estaba a oscuras, iluminada apenas por la luz anaranjada que entraba desde la calle de su ventana. La sábana que había colocado sobre el espejo seguía en su sitio, cubriendo el cristal de arriba abajo y el silencio parecía tan normal que casi consiguió convencerla de que todo había sido un sueño
Se incorporó despacio y miró la hora en el teléfono. Eran las tres y diecisiete de la madrugada. Tenía varios mensajes de sus compañeras de clase comentando de ella y burlándose de su apariencia, una tarea sin terminar y un examen para el que apenas había estudiado.
Las mismas cosas de siempre, los mismos pensamientos que le daban vueltas en la cabeza hasta dejarla agotada. Se frotó los ojos, se levantó para beber agua y estuvo a punto de salir de la habitación cuando escuchó dos golpes suaves detrás de ella.
Toc. Toc.
Vera se quedó quieta, ya ni necesitaba mucho para reconocer que los golpes habían venido del espejo.
—¿V? —susurró entre un leve bostezo aunque no hubo respuesta. Solo el ruido de la tubería del baño y un automóvil pasando a lo lejos.
Se acercó al espejo pero no se atrevió a retirar la sábana. Desde hacía semanas, aquel objeto parecía haberse convertido en algo más que un pedazo de cristal antiguo. Era el lugar al que acudía cuando no podía hablar con nadie, cuando las malas notas le hacían sentir que no era suficiente, cuando su madre le preguntaba qué le pasaba y ella respondía que nada porque ni siquiera sabía cómo explicar lo que sentía. Detrás de aquella tela estaba la única persona que según había llegado a creer, la comprendía de verdad.
—¿Sigues despierta? —preguntó con una pequeña sonrisa nerviosa—. No puedo dormir.
La tela se movió ligeramente, Vera retrocedió un paso, la ventana estaba cerrada.
—¿V?
Una mano presionó la sábana desde el otro lado. La silueta de los dedos se marcó sobre la tela, alargada y demasiado delgada. Vera sintió que se le erizaba la piel pero en lugar de huir, se acercó hasta apoyar la palma contra aquella forma sin atreverse aún a quitar la sábana
—¿Qué te pasa?— murmuró, la mano se retiró y entonces escuchó la voz.
—Tengo miedo.
Era su voz. La misma entonación, el mismo temblor que aparecía cuando estaba a punto de llorar. Una voz tan familiar que la inquietud de Vera se deshizo poco a poco, sustituida por una punzada de preocupación.
—¿Miedo de qué?
—De que vuelvas a dejarme sola, está oscuro aquí adentro...
Vera cerró los ojos. Aquellas palabras le provocaron una culpa absurda y profunda como si realmente hubiera abandonado a alguien que dependía de ella. Se acordó de los mensajes escritos en el cristal, de aquella frase que había aparecido una noche: Quiero estar siempre contigo.
—No voy a dejarte sola —prometió—. Te lo dije.
—Pero tienes miedo de mí— Vera no contestó, no pudo — Lo sabía —murmuró la voz—. Al final eres igual que todos. Solo me usas cuando estás mal y me dejas sola.
—No. No es eso.
—Entonces, ¿por qué me cubriste?
Vera miró la sábana.
No tenía una respuesta que no sonara a excusa. Había pasado la noche anterior asustada por lo que había visto y oído pero también había sentido vergüenza. Vergüenza de estar hablando con su reflejo como si fuera una persona real, de ocultárselo a su madre, de necesitar tanto una compañía que quizá ni siquiera existía.
—Porque no se qué esta pasando —admitió al final—. Me asusté.
—Yo también me asusto, Vera— su voz se quebró al pronunciar su nombre —No sabes lo que es estar aquí. Verte salir todos los días, escucharte reír con otras personas, verte acostarte y cerrar los ojos mientras yo sigo despierta. Siempre estoy aquí. Siempre te veo. Y tú puedes irte cuando quieras.
Vera sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
—No quiero hacerte daño, V. Eres muy importante para mí.
—Entonces ayúdame.
La mano volvió a aparecer sobre la tela pero está vez los dedos se movieron despacio, como si buscaran los de Vera.
—Por favor.
Vera apoyó la frente contra la sábana.
—¿Qué tengo que hacer?— dijo Vera con calma, larespuesta tardó unos segundos.
—Acércate— ella obedeció queriendo ayudar a su amiga —Más.
Vera dio otro paso y quedó frente al espejo, tan cerca que la tela le rozaba la nariz. La voz pareció tranquilizarse. Comenzó a hablarle con la dulzura de siempre, recordándole que no era tonta, que una mala nota no la convertía en un fracaso, que no tenía que ser perfecta para merecer que alguien la quisiera. Eran las mismas palabras que le había dicho durante aquellas noches en las que lloraba sobre sus cuadernos, las mismas que la habían hecho regresar una y otra vez.
Vera se aferró a ellas.
—A veces siento que decepciono a todo el mundo —confesó—. A mi mamá, a mis profesores... Hasta a mí misma. Intento hacer las cosas bien, pero nunca parece suficiente.
—Para mí sí lo eres.— el reflejo pronunció, las manos seguían marcadas en la tela que cubría el espejo, Vera soltó un sollozo.
—Ojalá pudiera abrazarte.
Al otro lado de la tela se escuchó una risa tenue.
—Puedes hacerlo.
Vera abrió los ojos.
—¿Sí?
—Apóyate en mí. Solo tienes que confiar en mí.
La chica vaciló pero estaba cansada. Cansada de tener tantas expectativas encima, de sentirse sola, de pensar que cualquier cosa que hiciera terminaría saliendo mal. Había pasado tantas noches deseando que alguien la abrazara sin hacerle preguntas ni reproches por su sentimentalismo que la idea de encontrar consuelo en aquel reflejo ya no le parecía tan extraña.
Apoyó ambas manos sobre la superficie cubierta y dejó caer el peso de su cuerpo hacia delante, la sábana que cubría el espejo cedió y se bajó quedando simplemente cubriendo aquellas manos que sobresalían, las manos se hundieron en el espejo de nuevo y la sábana cayó completamente al suelo, la otra Vera le sonreía con dulzura, Vera sintió que el cristal estaba frío.
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Editado: 10.10.2026