No Salgas

Capítulo 2: La Sonrisa de los Muertos

Capítulo 2: La Sonrisa de los Muertos

—¡Emma! ¡La comida ya está lista! —gritó Claire Taylor desde la cocina, con ese tono dulce que usaba para no sonar alarmada frente a sus hijos.

Emma se, se levantó de la cama y bajó las escaleras de madera que crujían apenas con cada paso. Vestía un buzo ancho gris y un pantalón de algodón. Sus ojos claros estaban algo ojerosos, como si hubiese dormido poco la noche anterior. Al llegar al comedor, el aroma del estofado llenó el aire cálido del hogar.

Su padre, el jefe de policía del pueblo, estaba sentado en su lugar habitual, con el uniforme aún puesto y el periódico desplegado frente a él. La cara le mostraba el cansancio acumulado de semanas, y aún así mantenía esa firmeza de quien no baja la guardia nunca.

—¿Leíste eso, Claire? —dijo el señor Taylor sin levantar la vista—. Los vecinos dicen que los cuerpos estaban "sonrientes". El muy hijo de puta se está riendo de nosotros.

—Por favor, Tom —respondió Claire, sirviendo los platos—, no hables así frente a los chicos.

—Mamá, tengo dieciséis, no ocho —interrumpió Emma, tomando asiento frente a su padre.

—Y George está dormido, no me subestimen —añadió el jefe, cerrando el periódico—. Pero esto va en serio. El asesino... se burla de la policía. Nos deja frases, poses, y ahora... las sonrisas. Como si fuera una firma artística.

Claire se sentó en la cabecera con una expresión seria. Movió su tenedor sin levantar la vista.

—¿Ya saben si fue él de nuevo? —preguntó Emma, buscando los ojos de su padre.

—No lo hemos confirmado al cien por ciento —dijo Tom Taylor mientras cortaba la carne—. Pero fue un viernes por la noche, dos víctimas, signos rituales, el mismo patrón. Sí, Emma... fue él.

Hubo un breve silencio. Solo se oía el golpeteo tenue de la lluvia contra la ventana.

—¿Y qué van a hacer esta vez? —insistió Emma, con un tono que rozaba la impaciencia.

—Lo que se pueda —respondió el jefe Taylor, con un dejo de frustración en la voz—. Ya reforzamos patrullas, pero este tipo no actúa como un criminal común. Es... metódico. Sabe cada rincón del barrio. Y ahora... parece que quiere empezar un juego.

Emma bajó la mirada y removió su comida. Claire los observaba a ambos, madre e hija reflejando la misma tensión de formas distintas.

El sonido de los cubiertos se hizo más lento, hasta que el jefe Taylor dejó caer su tenedor sobre el plato con un pequeño "clac". Se frotó las manos y luego entrelazó los dedos frente a su boca.

—Van once familias, Claire. Once malditas familias —dijo con un suspiro que sonó más a resignación que a enojo—. Empezó hace once meses. Siempre un viernes. Siempre de noche. Y siempre... con una escena más enferma que la anterior.

Emma dejó de masticar. Claire lo miró con recelo.

—¿Lo están ocultando? —preguntó Emma con la voz algo baja.

Tom la miró.

—No es ocultar. Es contener el pánico. ¿Querés que los vecinos empiecen a atrincherarse con escopetas y que todos los adolescentes salgan a jugar a ser detectives? —dijo con un dejo de ironía, aunque sin dirigirse directamente a su hija.

—¿Y nadie vio nada en todos estos meses? ¿Ni una sola cámara, un testigo, algo? —preguntó Claire, como si aún no pudiera creérselo.

El jefe negó con la cabeza.

—Nada. Nadie ve entrar o salir a nadie. Y los cuerpos... siempre los encuentran horas después, ya es tarde. Lo único que nos queda es... Miles.

Emma frunció el ceño. —¿Miles?

—Miles Harwood. El viejo que vivía en la cabaña cerca del lago. Fue el único que sobrevivió... y el primero. —Tom se apoyó en el respaldo de la silla, como si la mención del nombre le pesara físicamente—. Lo encontraron en su sótano, rodeado de velas apagadas y su esposa desmembrada. Estaba lleno de sangre. Dicen que lo encontraron murmurando un poema. La escena fue tan perturbadora que uno de los oficiales vomitó ahí mismo.

—Está en el psiquiátrico, ¿no? —preguntó Claire.

—Sí. Está demasiado jodido para dar un testimonio coherente. No habla más de cinco palabras seguidas. Solo repite cosas sobre la "sombra" y "los ojos sin rostro". A veces canta. A veces ríe. A veces grita como si lo estuvieran matando otra vez.

Emma tragó saliva. Su mente estaba ya lejos, procesando, analizando, hilando ideas.

—¿Y los que dicen haberlo visto? —preguntó, intentando sonar casual.

Tom se encogió de hombros.

—Bocas sueltas. Gente que quiere cinco minutos de fama. Algunos inventan que lo vieron entre los árboles, otros dicen que escaparon de él. Pero ninguno coincide en nada. Unos dicen que lleva capucha, otros que máscara. Algunos lo describen como alto, otros como bajo. Todos mienten.

Claire sacudió la cabeza.

—O están demasiado asustados para recordar bien.

—O eso —concedió Tom, pero no sonaba convencido.

Emma cruzó los brazos, pensativa. El aire en el comedor era denso. A través de la ventana, la lluvia seguía cayendo, como si lavara el pueblo una y otra vez... sin poder quitar la sangre que ya lo manchaba.

—Emma —dijo Claire, esta vez en un tono más suave—. Por eso no quiero que investigues sobre este tema. Es oscuro. Es real. Y no quiero que te metas. Ni aunque sea para un informe.

Emma asintió... con esa media sonrisa que no confirmaba nada.

Pero en su cabeza, el informe ya tenía título.

La lluvia había menguado, pero el cielo seguía cubierto por un espeso manto de nubes grises que se estiraban como vendas sucias sobre el pequeño pueblo. El aire estaba frío y húmedo, y el olor a tierra mojada lo impregnaba todo. No había pájaros cantando, ni autos pasando. Solo ese silencio espeso, como si el pueblo mismo contuviera la respiración.

Emma se puso la campera larga de lana oscura, se ajustó el gorro de lana sobre el cabello suelto y se calzó los guantes. Abrió la puerta con un crujido suave.

—Voy a dar unas vueltas —avisó mientras se colgaba la correa del perchero.




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