No Salgas

Capítulo 3: Sin Piedad

Capítulo 3: Sin Piedad

Lunes por la mañana.

Emma se levantó temprano, la luz grisácea de un cielo nublado se filtraba por la ventana. El clima seguía igual de lúgubre que todo el fin de semana. Se preparó con calma, recogió su cabello y se abrigó bien antes de salir de casa. Jeff, su perro, la despidió desde la puerta con un leve ladrido.

Al llegar a la esquina de su calle, se encontró con Yelena. Ella llevaba los auriculares puestos, pero al verla, se los quitó y sonrió.

—Justo a tiempo, pensé que te me adelantabas —dijo Yelena, ajustándose la mochila.

—No, no podía dejarte sola con este día tan... ¿alegre? —respondió Emma con sarcasmo.

Ambas caminaron en dirección a la secundaria, cruzando calles aún húmedas por la lluvia de los días anteriores. El pueblo mantenía esa atmósfera apagada, como si cargara con algo pesado que nadie decía en voz alta.

Al llegar al colegio, se dirigieron directo al aula donde les tocaba la primera clase del día: Filosofía. El aula estaba medio vacía aún, pero el ambiente se llenó rápido con el murmullo de los estudiantes que iban llegando.

El profesor ya estaba ahí, sentado detrás de su escritorio con los ojos cansados y una taza de café que claramente no era solo café. Su nombre era Profesor Gutiérrez, un hombre de unos cincuenta años, con la camisa arrugada, ojeras marcadas y aliento que delataba su adicción al alcohol. Aun así, nadie lo denunciaba: era el tipo de profesor que decía frases profundas y luego se perdía mirando por la ventana.

—Buenos días, filosofía en tiempos modernos... o algo parecido —murmuró, sin levantar la mirada de sus papeles.

Emma se sentó cerca de la ventana, Yelena a su lado. Todo parecía tranquilo hasta que apareció Chris Duvall, el típico chico popular: buen físico, sonrisa confiada, pero de esas que ocultan más arrogancia que simpatía. Caminó directo hacia Emma, ignorando por completo a Yelena.

—Hey, Emma —dijo, apoyándose en su escritorio como si fuera dueño del lugar—. Escuché que estás haciendo un informe sobre asesinatos o algo así. Suena... oscuro, me gusta.

Emma lo miró sin entusiasmo.

—¿Y eso qué tiene que ver contigo?

Chris rió, sin incomodarse.

—Nada, solo pensé que podrías necesitar ayuda... O compañía. No sé, algo de emoción para tu investigación. ¿Qué decís?

—Digo que no necesito ni ayuda ni compañía —respondió Emma, sin mirarlo demasiado.

Yelena contuvo la risa y se giró hacia la ventana.

Chris fingió no incomodarse y se alejó con una sonrisa forzada.

—Ya va a caer —susurró para sí, mientras se acomodaba en su lugar.

Emma suspiró.

—Y pensar que esta clase se suponía que era tranquila.

—Tranquila no es nada en este pueblo —dijo Yelena en voz baja—. Y él menos.

Mientras el profesor Gutiérrez comenzaba la clase con una voz arrastrada y apagada, Emma se inclinó ligeramente hacia Yelena y le susurró:

—Después de clases... ¿me acompañás al psiquiátrico?

Yelena levantó una ceja.

—¿Okey?

—Quiero hablar con Miles —respondió Emma en voz baja, mirando al frente por si alguien escuchaba—. Es el único que sobrevivió a los ataques del Asesino de los Viernes. Quiero intentar sacarle algo... cualquier cosa que nos sirva.

Yelena asintió con una mezcla de incomodidad y curiosidad.

—¿Y no te da cosa? Ese lugar siempre me dio mala espina...

Emma esbozó una media sonrisa.

—Ya nada me da mucha paz últimamente.

Yelena suspiró y dijo:

—Está bien, vamos. Pero si ese tipo empieza a gritar o a babear, yo me salgo.

Ambas se rieron en silencio.

Mientras tanto, el profesor Gutiérrez, que apenas había escrito unas palabras en la pizarra sobre "La libertad del ser", se sentó nuevamente en su silla y apoyó los codos sobre el escritorio. Sus párpados comenzaron a caer lentamente.

En cuestión de segundos, su cabeza quedó inclinada hacia un costado. Respiraba con pesadez. Estaba dormido.

—¿Está dormido? —preguntó Yelena, mirando hacia adelante.

Emma asintió.

—Y probablemente también un poco borracho —murmuró.

La clase entera pareció acostumbrada a la situación. Algunos estudiantes aprovecharon para fugarse, otros comenzaron a hablar entre ellos como si nada. Chris, desde su lugar, seguía lanzando miradas a Emma, pero ella ni se molestó en devolverle una.

En ese aula, en medio de un ambiente adormecido por el alcohol del profesor y el tedio de un lunes gris, Emma ya tenía claro su próximo paso: ir al psiquiátrico y enfrentarse a la locura.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz anaranjada del atardecer que entraba por la ventana. El sol se deslizaba lentamente hacia el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y dorados mientras la ciudad comenzaba a hundirse en sombras largas y silenciosas.

El sujeto se quitó el buzo con un movimiento lento y deliberado.

Su torso quedó al descubierto.

La piel estaba cubierta de tatuajes: símbolos antiguos, trazos irregulares, figuras demoníacas retorcidas y palabras grabadas como si hubieran sido marcadas a fuego. No eran adornos. Eran sellos, juramentos, nombres prohibidos. Algunos parecían moverse bajo la luz, como si reaccionaran al ocaso.

Se acercó a la ventana y apoyó una mano en el cristal frío. La otra colgaba relajada a su costado. Su silueta quedó recortada contra el cielo incendiado, pero su rostro permaneció oculto, fuera del alcance de la luz.

—Demasiado lejos… —murmuró, casi para sí mismo.

Observó cómo el sol terminaba de ocultarse.

—Emma se está involucrando demasiado —añadió en voz baja—. Mucho más de lo que debería.

Una leve risa escapó de su garganta. No era alegre. Era contenida, cargada de intención.

—Siempre pasa lo mismo… creen que pueden tocar cosas que no entienden.

Apoyó la frente contra el vidrio por un instante, cerrando los ojos.

—Pero si ella se mueve… entonces me descubriran.




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