Capítulo 4: El Matadero
El camino hacia el viejo matadero se extendía bajo un cielo gris que amenazaba lluvia. El aire olía a metal oxidado y tierra húmeda, y cada charco reflejaba la luz mortecina del atardecer. Emma conducía con las manos tensas sobre el volante, mientras Yelena la observaba, en silencio, ajustando la mochila sobre su hombro. La sensación de que estaban entrando en un lugar donde algo terrible había ocurrido era casi palpable.
El matadero apareció al final de un camino de tierra, un edificio de ladrillo gris, con ventanas altas y sucias y puertas de metal que chirriaban al viento. Al estacionar, ambas bajaron del auto con cuidado, y el silencio que las rodeaba parecía absorber todos los sonidos del exterior.
—No me gusta nada este lugar —susurró Yelena, mirando alrededor—. Huele a… a muerte, literalmente.
Emma asintió, pero no dijo nada. Tenía la mente centrada en lo que Miles había dicho: “Si quieres pruebas, ve al viejo matadero”. Y ahora estaban allí.
Avanzaron hacia la entrada principal, empujando una puerta de metal que cedió con un chirrido agudo. El interior estaba casi completamente a oscuras. Solo algunos focos colgaban del techo, lanzando destellos de luz amarillenta sobre las máquinas oxidadas y las mesas de acero. La madera del suelo crujía bajo sus pasos.
Un hombre mayor, de barba gris descuidada y overol manchado de grasa, trabajaba en el extremo del matadero. Su espalda estaba encorvada sobre una mesa donde parecía limpiar piezas de carne vieja o reparar una herramienta oxidada. Cuando escuchó los pasos, levantó la cabeza y las observó con ojos cansados pero atentos.
—Buenas tardes —dijo Emma, levantando la voz sin mostrar miedo—. ¿Podemos hacerle unas preguntas?
El hombre las estudió unos segundos, evaluando quiénes eran y por qué habían entrado en ese lugar olvidado. Luego asintió con la cabeza.
—Sí, claro. No es como si alguien viniera a molestarme a estas horas —respondió con voz grave y ronca, pero no hostil—. Soy Ben, viejo trabajador de este lugar.
Emma dio un paso adelante, con Yelena justo detrás de ella, y sacó una libreta.
—Señor Ben, gracias por su tiempo. —Empezó a escribir rápidamente mientras hablaba—. Queremos entender lo que ha pasado en el pueblo. Sabemos que algo terrible está ocurriendo… los asesinatos de los viernes. ¿Usted ha notado algo extraño?
Ben suspiró, apoyando las manos sobre la mesa y frotándoselas, manchadas de grasa y suciedad.
—He visto cosas… cosas que no tienen sentido —dijo lentamente—. Este matadero ha estado en pie desde hace décadas, y he trabajado aquí toda mi vida. Pero hace unos años, empezaron a suceder cosas raras en el pueblo. Mucha gente desaparecida, otras encontradas en lugares imposibles, como si… alguien quisiera marcar un patrón.
Emma asintió, animándolo a continuar.
—¿Y tiene alguna idea de quién podría ser responsable? —preguntó, midiendo cada palabra.
Ben la miró, con un brillo de preocupación en los ojos. Se frotó la barba, luego se inclinó ligeramente hacia ellas.
—No puedo decir que lo sé con certeza… pero hay cosas que… que se sienten, ¿saben? Como si alguien estuviera detrás de todo esto, alguien que conoce cada rincón del pueblo, que sabe qué puertas están cerradas, quién está solo, quién no se puede defender.
Emma contuvo el aliento. Cada palabra de Ben parecía encajar con lo que Miles había dicho.
—¿Y a quién cree usted que es? —insistió, más firme esta vez.
Ben bajó la mirada, pensativo, y luego la levantó de nuevo, con un gesto de resignación.
—Si me obligan a decir un nombre… —dijo, con voz baja, casi un susurro—. Diría que… Jasper Smith.
Emma tragó saliva. La confirmación era demasiado fuerte para ignorarla.
—¿Jasper Smith? —repitió, con cautela—. Pero… él se suicidó hace años. Todos creímos eso.
Ben negó con la cabeza lentamente.
—Todos creyeron eso. Pero hay cosas que los demás no ven… Jasper siempre estuvo solo, siempre maltratado. Y cuando desapareció… algunos de nosotros sospechamos que no era un final, sino un comienzo. He oído rumores, cosas de la policía, del alcalde… de gente que protege a quienes no quieren que los atrapen. Nadie lo dice abiertamente, pero todo apunta a que Jasper volvió… y alguien lo está dejando hacer.
Yelena se estremeció, cruzándose de brazos, mientras Emma se inclinaba sobre la mesa, anotando todo. La tensión en la sala era densa, casi como si el aire pudiera romperse en cualquier momento.
—Gracias, señor Ben —dijo Emma finalmente, cerrando la libreta—. Esto nos ayuda mucho.
Ben asintió, observando cómo se alejaban hacia la salida del matadero. Su mirada parecía perdida, pero había una certeza en sus ojos que Emma no podía ignorar: él creía de verdad lo que decía.
—Tengan cuidado ahí afuera —les advirtió—. Si Jasper está haciendo esto… es más astuto de lo que imaginan. Y no deja pistas… no quiere ser atrapado.
Emma y Yelena salieron del matadero con una sensación de urgencia mezclada con miedo. Cada paso que daban sobre la tierra húmeda del camino las acercaba a una verdad que, hasta ese momento, parecía imposible: Jasper Smith seguía vivo, y su lista de víctimas seguía creciendo.
El viento frío les azotaba la cara, recordándoles que el peligro ya no estaba en las sombras del pueblo, sino en todas partes a su alrededor.
Emma y Yelena se alejaron del matadero, sus pasos perdiéndose entre el silencio del camino. Adentro, el viejo Ben volvió a sus tareas, murmurando palabras sueltas mientras engrasaba herramientas y limpiaba la enorme trituradora de sangre que ocupaba el centro del salón.
El eco de sus movimientos llenaba el espacio, hasta que un sonido distinto se coló entre los ruidos metálicos: un crujido seco, como una pisada en el suelo de madera.
Ben se detuvo. Miró alrededor, frunciendo el ceño.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz ronca.