No Salgas

CAPÍTULO 5: Miradas que no deberían existir

CAPÍTULO 5: Miradas que no deberían existir

La campana del recreo había llenado la preparatoria de un murmullo constante, risas dispersas y pasos apresurados sobre el cemento del patio. El sol caía con una luz tibia, reflejándose en las ventanas del edificio principal.

En una de las bancas, bajo la sombra de un árbol, Emma y Yelena estaban sentadas compartiendo un almuerzo sencillo. Emma mordía distraída un sándwich, mientras Yelena removía su bebida con la pajilla, inquieta.

—No sé por qué… —murmuró Yelena, bajando un poco la voz—. Pero tengo la sensación de que alguien nos está observando.

Emma alzó una ceja.

—Estás paranoica. Aquí siempre hay gente mirando a todos lados.

Yelena no respondió de inmediato. Giró lentamente la cabeza y escaneó el patio. Entonces lo vio.

En una esquina, cerca de una pared lateral del gimnasio, un joven de gafas y cabello castaño los observaba con atención. No parecía amenazante, pero su mirada era fija, demasiado concentrada. Era Doppio Bellmont.

Doppio no se movía. Sus manos colgaban a los costados, los hombros ligeramente encorvados. Parecía debatirse entre acercarse o permanecer en las sombras del patio, como si temiera romper una regla invisible.

Emma también terminó por notarlo.

—¿Ese chico nos está mirando a nosotras? —preguntó con cierta incomodidad.

Antes de que Yelena pudiera responder, unas risas burlonas rompieron el ambiente. Tres estudiantes se acercaban a Doppio con actitud provocadora. El que iba al frente era alto, de complexión fuerte y sonrisa arrogante. Chris.

—Mira lo que tenemos aquí —dijo Chris, empujando levemente a Doppio—. El rarito mirando lo que no le pertenece.

Doppio retrocedió un paso, ajustándose las gafas con nerviosismo.

—Yo… solo estaba caminando.

—Claro, claro —se burló uno de los otros chicos—. Caminando con los ojos clavados en Emma.

Chris entrecerró los ojos.

—¿Te gusta mirar lo que es mío?

Sin darle tiempo a responder, lo agarraron de los brazos y comenzaron a arrastrarlo lejos del patio. Doppio intentó resistirse, pero era claramente superado en fuerza.

Los bullies habían llevado a Doppio hasta el área de las duchas del gimnasio. La puerta se cerró de golpe, dejando el eco metálico resonando en el pasillo vacío.

Dentro, el ambiente era frío y húmedo. El sonido distante de una gotera marcaba el silencio.

Chris empujó a Doppio contra la pared.

—Escucha bien —dijo con tono amenazante—. Emma no es para que la mires. Si vuelvo a verte cerca de ella, te va a ir peor.

Doppio respiraba agitado, pero de pronto su expresión cambió. Su rostro se relajó, como si algo dentro de él hubiera tomado el control.

—¿Aquí…? —murmuró, mirando alrededor—. ¿Dónde dejaron el teléfono?

Los chicos se miraron confundidos.

—¿Qué está diciendo este?

Doppio empezó a emitir un sonido con la boca, imitando el tono de un teléfono antiguo.

—Riiin… riiin…

—Oye, cállate —gruñó Chris.

Doppio levantó las manos y formó con los dedos la silueta de un teléfono. Se lo llevó a la oreja.

—¿Hola? —dijo con total naturalidad.

Los otros retrocedieron un poco, incómodos.

—Está loco… —susurró uno de ellos.

Chris frunció el ceño, irritado.

—¿Te estás burlando de nosotros?

Doppio no parecía escucharlos.

—Sí, señor… lo entiendo… —respondía al aire con voz sumisa.

Eso fue suficiente para que la paciencia de los bullies se agotara. Uno de ellos lo empujó con fuerza, otro le dio un golpe en el hombro. Doppio perdió el equilibrio y cayó al suelo.

—¡Basta! —gritó Chris, dándole una patada leve pero intimidante—. Deja de hacerte el raro.

Doppio alzó el rostro, con los ojos abiertos de par en par. Su voz temblaba.

—Señor… por favor… ayúdeme…

Hablaba al vacío, pero para él la presencia era real.

Durante un instante, pareció escuchar una respuesta que nadie más podía oír. Sus labios se entreabrieron, atentos.

La voz, grave y tranquila, resonó solo en su mente:

—Aún no puedo ayudarte.

Doppio apretó los puños con desesperación. Los golpes y las burlas continuaban, mientras su mirada se perdía en un punto invisible, esperando una salvación que todavía no llegaría.

Doppio permanecía encogido contra el suelo húmedo de las duchas. El eco de las risas y los insultos rebotaba en las paredes de azulejos, deformándose como si el lugar mismo respirara hostilidad. Sus manos temblaban, aferradas al aire vacío, como si aún sostuviera aquel teléfono imaginario.

—Señor… —susurró, con la voz quebrada—. Me duele… Dijiste que ibas a ayudarme…

El mundo alrededor parecía apagarse lentamente para él. Los golpes llegaban amortiguados, lejanos, como si ocurrieran en otra dimensión.

Entonces, la voz regresó. No provenía del exterior, sino de un lugar profundo, antiguo, imposible de ubicar.

—Todavía no puedo ayudarte —dijo con una calma inquietante—. Pero pronto lo haré. Resiste. Aguanta un poco más.

Los ojos de Doppio se humedecieron.

—Lo intentaré… —respondió con obediencia absoluta—. Haré lo que me pidas.

Chris levantó el pie, dispuesto a pisarle el pecho con fuerza.

—Ya me cansé de este circo.

En ese instante, algo cambió.

Doppio reaccionó con un movimiento brusco. Su mano se cerró alrededor del tobillo de Chris con una fuerza inesperada. El contacto fue frío, casi antinatural.

—¿Qué…? —alcanzó a decir Chris antes de perder el equilibrio.

Doppio lo empujó hacia atrás con violencia. Chris cayó contra el suelo mojado, resbalando varios metros.

Los demás retrocedieron, sorprendidos.

—¿Viste eso? —murmuró uno de ellos.

Doppio se puso de pie lentamente.

Su postura ya no era encorvada ni temerosa. Su espalda se enderezó, los hombros se tensaron, y su respiración se volvió profunda y controlada.

Cuando habló, su voz no era la misma.




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