CAPÍTULO 6: La fiesta del viernes
El aula estaba casi vacía. La luz del atardecer entraba por las ventanas altas, tiñendo las paredes de un tono anaranjado apagado. El reloj sobre la pizarra marcaba las siete de la tarde. Las clases habían terminado hacía rato, pero Emma y Yelena seguían allí, sentadas en sus pupitres, rodeadas de un silencio extraño para una escuela.
Yelena apoyó los codos sobre la mesa y suspiró.
—A ver… —dijo—. Hagamos un repaso. Necesito ordenar todo esto en mi cabeza. ¿Qué es exactamente lo que tenemos hasta ahora?
Emma se recostó en la silla, cruzó los brazos y pensó unos segundos antes de responder.
—Bien. Sabemos que el asesino ataca siempre los viernes —comenzó—. Todas las víctimas aparecen con el mismo patrón, lo que indica que no es algo impulsivo, sino ritualista.
Yelena asintió.
—También sabemos que Jasper Smith no encaja del todo.
—Exacto —continuó Emma—. Tiene motivos, sí, pero hay demasiadas inconsistencias. Sus horarios no cuadran y hay testigos que lo ubican en otros lugares en al menos dos de los ataques. Alguien se está aprovechando de su reputación.
—¿Y el alcalde? —preguntó Yelena.
—Está metido de alguna forma —respondió Emma con firmeza—. No sé cómo todavía, pero hay encubrimiento. El psiquiátrico, los informes alterados, el silencio de la policía… todo apunta a algo más grande.
Yelena se pasó una mano por el cabello, inquieta.
—Entonces tenemos un asesino que no es quien dicen, alguien poderoso cubriéndolo y víctimas cada viernes.
Emma asintió.
—Eso es lo que sabemos.
Durante unos segundos, ninguna habló. Luego, Yelena cambió el tono de voz, intentando sonar más ligera.
—Hablando de viernes… —dijo—. ¿Vas a ir a la fiesta?
Emma la miró, sorprendida.
—¿Qué fiesta?
—La de este viernes —respondió Yelena—. En la casa de Chris. Todo el mundo va a ir.
Emma negó de inmediato.
—Ni loca. No me gustan las fiestas, y menos con todo esto pasando.
—Vamos, Emma —insistió Yelena—. No puedes vivir encerrada investigando asesinatos.
—No es eso —replicó Emma—. Es que no tiene sentido exponerse. El asesino ataca los viernes.
Yelena ladeó la cabeza, pensativa.
—Precisamente por eso.
Emma frunció el ceño.
—¿Cómo que precisamente por eso?
—Porque si sabemos que ataca los viernes —explicó Yelena—, una fiesta llena de gente es el lugar perfecto para observar sin levantar sospechas. Nadie presta atención a nadie. Y si pasa algo raro, estaremos allí.
Emma dudó.
—No me convence.
—Además —añadió Yelena con una leve sonrisa—, el asesino no ataca donde hay testigos. Siempre busca lugares aislados. Una fiesta es lo último que esperaría.
Emma bajó la mirada, pensativa.
—Y si tienes razón…
—La tengo —aseguró Yelena—. Vamos, solo un rato. Observamos y nos vamos.
Pasaron unos segundos más.
Finalmente, Emma suspiró.
—Está bien. Iré.
Yelena sonrió, satisfecha.
—Perfecto. Entonces este viernes… estaremos atentas.
El reloj marcó las siete en punto. Afuera, la noche ya había caído por completo, y con ella, la promesa de que el viernes se acercaba.
Emma y Yelena recogieron sus mochilas cuando el silencio del edificio se volvió demasiado denso. Ya era hora de irse. Apagaron la luz del aula y salieron al pasillo, donde las lámparas fluorescentes iluminaban con un brillo frío y constante.
Sus pasos resonaban suaves mientras avanzaban hacia la salida.
Al doblar una esquina, ambas se detuvieron.
A pocos metros, frente a uno de los lavabos empotrados en la pared del pasillo, estaba Doppio Bellmont. Tenía las mangas del uniforme arremangadas y el rostro inclinado sobre el grifo abierto. El agua corría sin pausa mientras él se lavaba la cara con insistencia, como si intentara borrar algo que no se iba.
—No… no ahora… —murmuraba—. Dijiste que todo estaría bien…
Emma y Yelena se miraron sin hablar y, por instinto, se quedaron quietas. El eco del pasillo hacía que cada palabra de Doppio se escuchara con claridad.
—Sí… lo sé… voy a hacerlo… —continuó, con la voz baja pero tensa—. Solo… no me dejes solo otra vez.
Doppio levantó la cabeza. Su reflejo en el espejo mostraba unos ojos alterados, abiertos de más. Apoyó ambas manos en el borde del lavabo, respirando hondo.
—Entiendo… paso a paso… como dijiste…
Yelena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Emma… —susurró—. Está hablando solo.
Emma dio un paso al frente, dudando apenas un segundo.
—Oye —dijo con voz firme—. ¿Estás bien?
Doppio se sobresaltó como si le hubieran gritado. Cerró el grifo de golpe y se giró bruscamente. Sus ojos se clavaron en ellas, desorbitados. Dio un paso atrás, chocando contra la pared.
—Yo… yo no… —balbuceó—. No estaban ahí… no las escuché llegar…
Se ajustó las gafas con manos temblorosas y bajó la mirada, claramente alterado.
—No estaba hablando solo —añadió demasiado rápido—. Solo… estaba pensando.
Emma frunció ligeramente el ceño.
—No queríamos asustarte —dijo—. Solo pregunté si estabas bien.
Doppio negó varias veces con la cabeza.
—Sí… sí, estoy bien. De verdad. Tengo que irme.
Su respiración era irregular. Evitaba mirarlas directamente, como si temiera que supieran algo que no debían.
Yelena dio un pequeño paso hacia Emma.
—Vamos —murmuró—. Ya es tarde.
Emma sostuvo la mirada de Doppio unos segundos más. Había algo en él que no le gustaba, una tensión invisible que le erizaba la piel.
—Cuídate —dijo finalmente.
Doppio no respondió. Se limitó a asentir, rígido, mientras apretaba los puños.
Emma y Yelena retomaron su camino por el pasillo. Sus pasos se alejaron poco a poco, perdiéndose entre el eco del edificio vacío.
Cuando doblaron la última esquina, Doppio volvió a levantar la vista hacia el espejo.
El reflejo le devolvió una sonrisa que no era del todo suya.