No Salgas

CAPÍTULO 7: La bestia interna

CAPÍTULO 7: La bestia interna

Horas después, el instituto había quedado atrás, acordonado y envuelto en luces rojas y azules que parpadeaban como un mal presagio. Emma y Yelena caminaban en silencio por la acera húmeda, rumbo a sus casas, con los abrigos cerrados hasta el cuello y la mente aún atrapada en lo que habían visto.

El interrogatorio policial había sido largo, repetitivo, agotador. Las mismas preguntas una y otra vez. Qué vieron. A qué hora. A quiénes habían visto antes. A quiénes no.

La noche estaba fría. El pueblo parecía más vacío de lo habitual.

—¿Sabes qué es lo que no me cierra? —dijo Yelena al fin, rompiendo el silencio—. Doppio.

Emma levantó la mirada, pero no respondió de inmediato.

—Era el último estudiante que vimos en los pasillos —continuó Yelena—. Antes de que saliéramos, antes de que el conserje abriera el vestuario… estaba ahí, solo, hablando consigo mismo. Y después… todos muertos.

Emma frunció el ceño y redujo el paso.

—La policía también preguntó por él —murmuró—. Varias veces.

—Exacto —insistió Yelena—. Y nadie sabe dónde está ahora. Desapareció. No volvió a clases, no contestó el teléfono… Emma, es demasiada coincidencia.

Emma se detuvo por completo.

La imagen de Doppio frente al lavabo volvió a su mente: el agua corriendo, sus manos temblorosas, su voz cambiando de tono como si respondiera a alguien invisible. El pánico en sus ojos cuando ellas lo interrumpieron.

—No gritó —dijo Emma de pronto.

—¿Qué?

—Cuando lo vimos —explicó—. Estaba nervioso, sí. Alterado. Pero no gritó. Si acababa de pasar algo… algo así… lo normal habría sido gritar, salir corriendo, pedir ayuda.

Yelena sintió un escalofrío.

—¿Estás diciendo que…?

—Estoy diciendo que no encaja como una víctima común —respondió Emma, con la voz tensa—. Y tampoco como un simple testigo.

Reanudaron la marcha. Las farolas iluminaban la calle de forma intermitente, dejando tramos enteros sumidos en sombras.

—Además —continuó Emma—, Chris y los demás lo estaban acosando. Lo vimos. Lo sabíamos. Y ahora están muertos. Todos. Menos él.

—Venganza —susurró Yelena.

—O algo peor —corrigió Emma—. Porque lo que pasó en ese vestuario no fue una pelea. Fue una masacre.

Yelena apretó los brazos contra el pecho.

—¿Crees que Doppio es el asesino de los viernes?

Emma negó lentamente.

—No… —dijo—. Pero creo que está conectado. Y mucho.

Levantó la vista hacia el cielo oscuro, cubierto de nubes bajas.

—Doppio no parecía alguien que tuviera el control —añadió—. Parecía alguien… obedeciendo.

Yelena tragó saliva.

—¿A quién?

Emma no respondió. En su mente, la hoja clavada en el poste volvió a aparecer. Las reglas. Las advertencias. Las frases escritas con desesperación.

Nunca digas su nombre.

—A alguien que no quiere ser visto —dijo finalmente—. Alguien que usa a otros para hacer el trabajo sucio.

Ambas siguieron caminando, conscientes de que, sin saberlo, habían dado un paso más hacia algo que ya las estaba observando desde hacía tiempo.

Caminaron unos metros más en silencio, hasta que Emma redujo el paso y habló con voz baja, como si temiera que alguien pudiera oírlas.

—Mañana deberíamos ir a verlo.

Yelena giró la cabeza de inmediato.

—¿A Doppio?

—Sí —respondió Emma sin titubear—. Antes de que la policía lo encuentre… o antes de que desaparezca del todo.

Yelena frunció el ceño, pensativa.

—No sé si es buena idea.

—Justamente por eso lo es —replicó Emma—. Algo no encaja. Si sabe algo, aunque sea sin darse cuenta, tenemos que escucharlo. Nadie más lo va a hacer.

Yelena caminó unos pasos en silencio, luego suspiró.

—Tengo su dirección.

Emma la miró con sorpresa.

—¿En serio?

—Sí. Vive con una tía, creo. Su casa queda al otro lado del puente viejo, cerca de la zona industrial. No es un barrio muy lindo.

—Decímela.

—Calle Bracknell, número 417 —dijo Yelena—. Una casa chica, de madera clara, con el porche siempre descuidado. Lo sé porque una vez tuve que llevarle unos apuntes cuando estuvo semanas sin venir a clases.

Emma asintió lentamente, grabándose la información.

—Mañana a primera hora —dijo—. Vamos, hablamos con él, y tratamos de sacarle algo. Lo que sea. Un nombre, una frase, una incoherencia… cualquier cosa puede servir.

—¿Y si está realmente loco? —preguntó Yelena—. ¿Y si nos metemos en algo que no podemos manejar?

Emma apretó los labios.

—Entonces al menos sabremos la verdad —respondió—. Y peor que lo que ya vimos… no puede ser.

Yelena no sonrió, pero asintió.

—De acuerdo —dijo—. Mañana vamos a ver a Doppio Bellmont.

Siguieron caminando hasta separarse en la esquina de siempre. Ninguna de las dos lo dijo en voz alta, pero ambas sentían lo mismo: aquella visita podía cambiarlo todo.

Doppio caminaba solo por la acera, con la mochila colgada de un hombro y la cabeza baja. Las farolas comenzaban a encenderse una a una, proyectando sombras largas que parecían seguirlo. El aire era frío, y el silencio del barrio solo se rompía por el sonido lejano de algún coche.

Entonces se detuvo en seco.

Oye… pensó. Está sonando el teléfono.

Frunció el ceño. Escuchó con atención. Nada. Solo el viento.

—Rrrr… rrrr… —murmuró de pronto, imitando el sonido con la boca.

Miró a su alrededor, nervioso. Revisó los bolsillos de su chaqueta, la mochila, incluso el suelo.

—¿Dónde está…? —susurró—. Lo escucho… lo escucho claramente…

El sonido volvió, insistente, dentro de su cabeza.

—Rrrr… rrrr…

Doppio tragó saliva. Alzó lentamente la mano derecha y curvó los dedos, formando un teléfono imaginario. La acercó a su oreja con cuidado, como si temiera que alguien lo estuviera observando.

—¿Hola…? —dijo en voz baja.

Durante un segundo no hubo respuesta. Luego, una voz surgió, profunda, calmada, demasiado segura para ser real.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.