No Salgas

CAPÍTULO 8: El pasado

CAPÍTULO 8: El pasado

A la mañana siguiente, la casa de Doppio Bellmont permanecía en silencio. Era una construcción pequeña, de madera clara, con el porche descuidado y una verja baja que chirriaba con el viento. El barrio estaba tranquilo, demasiado tranquilo.

Emma y Yelena se detuvieron frente a la puerta.

—¿Lista? —murmuró Yelena.

Emma asintió y levantó la mano. Tocó la puerta con los nudillos.

Toc, toc, toc.

No hubo respuesta.

Emma esperó unos segundos y volvió a golpear, esta vez un poco más fuerte.

Toc, toc.

Se escucharon pasos al otro lado. Finalmente, la puerta se abrió lentamente.

Una mujer de mediana edad apareció en el umbral. Tenía el cabello castaño recogido de manera sencilla, el rostro cansado pero amable, y vestía un suéter claro y un delantal. Sus ojos se suavizaron al verlas.

—Buenos días —dijo con una sonrisa cordial—. ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarlas?

Emma dio un paso al frente.

—Hola, disculpe la molestia. Somos compañeras de la escuela de su sobrino.

La mujer ladeó un poco la cabeza.

—¿De Doppio?

—Sí —respondió Emma—. Queríamos hablar con él un momento, si es posible.

La mujer sonrió con cierta tristeza.

—Oh… me temo que ahora mismo no está en casa —dijo con tono tranquilo—. ¿Puedo saber qué desean?

Yelena y Emma intercambiaron una mirada breve.

—Solo queríamos hacerle unas preguntas —respondió Emma con cortesía—. Nada grave.

La mujer apoyó una mano en el marco de la puerta.

—Entiendo —dijo—. Soy su tía, Marta Bellmont. Pasen, por favor. Tal vez pueda ayudarlas en algo.

El interior de la casa olía a café recién hecho. Emma tuvo la extraña sensación de que, aunque todo parecía normal, algo allí no lo era en absoluto.

El interior de la casa era sencillo y ordenado. La sala tenía muebles antiguos, un sofá de tela clara y una mesa baja con marcas de uso. Las cortinas dejaban pasar una luz suave que hacía el ambiente casi acogedor. Emma y Yelena se sentaron una frente a la otra, algo tensas.

Marta entró desde la cocina con dos tazas de café y las dejó sobre la mesa.

—No se preocupen —dijo con amabilidad—. Pueden decirme qué necesitan con total confianza.

Emma asintió, pero fue Marta quien tomó la iniciativa.

Suspiró levemente y se sentó en un sillón cercano.

—Doppio… —empezó—. Desde que era un niño pequeño fue… raro.

Yelena se acomodó en el asiento.

—¿Raro cómo? —preguntó con cuidado.

Marta entrelazó los dedos.

—No de una forma violenta ni mala —aclaró—. Era un niño tranquilo, demasiado tranquilo. No lloraba casi nunca, pero hablaba solo durante horas. Decía que estaba conversando por teléfono.

Emma sintió un leve escalofrío.

—¿Un teléfono? —repitió.

Marta asintió.

—Sí. No había ningún teléfono cerca, pero él actuaba como si lo tuviera. Se llevaba la mano a la oreja, respondía, hacía pausas… como si alguien realmente le hablara. Al principio pensamos que era un juego.

—¿Y después? —preguntó Yelena.

—Después dejó de ser gracioso —respondió Marta con una sonrisa cansada—. Empezó a responderle a esa “voz” con demasiado respeto. Le decía “señor”. A veces discutía con él. Otras veces le pedía permiso para hacer cosas.

Emma bajó la mirada por un segundo.

—¿Lo llevaron a algún médico?

—Claro —dijo Marta—. Psicólogos, psiquiatras. Todos dijeron lo mismo: trastorno disociativo, imaginación muy desarrollada, mecanismo de defensa. Le dieron medicación… pero Doppio siempre decía que el “señor” no quería que las tomara, incluso se llego a barajar la idea de internarlo temporalmente en la fundacion George Van Helsing.

El silencio se apoderó de la sala.

—¿Y usted…? —preguntó Emma con cautela—. ¿Qué cree?

Marta tardó en responder.

—Yo creo que Doppio no está solo en su cabeza —dijo finalmente, en voz baja—. Y eso es lo que más me asusta.

Yelena intercambió una mirada inquieta con Emma. Algo no encajaba… y, al mismo tiempo, todo empezaba a hacerlo.

Marta guardó silencio unos segundos más. Luego se levantó despacio, caminó hasta una repisa y tomó una fotografía enmarcada. La sostuvo entre las manos antes de volver a hablar.

—Los padres de Doppio… —dijo con voz apagada—. Ellos ya no están.

Emma alzó la vista.

—¿Murieron?

Marta asintió.

—Hace siete años. Fue un incendio. La casa quedó reducida a cenizas en menos de una hora. Dijeron que fue un cortocircuito.

Yelena frunció el ceño.

—¿Doppio estaba ahí?

—Sí —respondió Marta—. Dormía en su habitación. Los bomberos lo encontraron inconsciente, pero sin una sola quemadura grave. Ni siquiera inhaló demasiado humo. —Bajó la mirada—. Los médicos dijeron que fue suerte.

Emma sintió un nudo en el estómago.

—¿Y él recuerda algo?

—No —dijo Marta—. O al menos, eso dice. Nunca habló del incendio. Nunca preguntó por sus padres. Nunca lloró. Solo preguntó una cosa cuando despertó en el hospital.

—¿Qué preguntó? —susurró Yelena.

Marta apretó la foto entre los dedos.

—Preguntó si el señor estaba bien.

El silencio volvió a llenar la sala.

—Después de eso —continuó Marta—, los servicios sociales me dieron la custodia. Desde entonces vive conmigo. Intenté darle una vida normal. Escuela, rutina, límites… pero esa voz nunca se fue.

Emma respiró hondo.

—¿Alguna vez fue violento?

Marta negó con la cabeza.

—Nunca. Jamás levantó la mano contra nadie. Es educado, retraído… incluso cariñoso. Pero cuando habla con el “señor”… cambia. Su postura, su voz. Parece otra persona. —Levantó la vista, con los ojos brillantes—. Y lo peor es que siempre obedece.

Yelena tragó saliva.

—¿Obedece qué?

Marta dudó, pero respondió:

—Órdenes. Cosas pequeñas al principio. “No vayas por esa calle”, “no hables con tal persona”, “quédate en casa hoy”. Y siempre, siempre, algo malo pasaba cuando no le hacía caso.




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