No Salgas

CAPÍTULO 9: La propuesta

CAPÍTULO 9: La propuesta

Media hora después, Emma y Yelena caminaban juntas rumbo a sus casas. La calle estaba casi vacía, iluminada por farolas amarillentas que proyectaban sombras largas sobre el asfalto. Fue entonces cuando Emma lo vio.

Al otro lado de la acera caminaba Doppio. Llevaba una sudadera negra con la capucha baja, vaqueros oscuros y las manos metidas en los bolsillos. Todo en él parecía apagado, como si quisiera fundirse con las sombras de la calle.

—Es él… —murmuró Emma.

—¿Doppio? —preguntó Yelena, siguiendo su mirada.

Sin esperar respuesta, Emma levantó la mano.

—¡Doppio!

El chico se detuvo en seco. Giró la cabeza lentamente, como si no estuviera seguro de que le hablaban a él.

—¿Sí…? —respondió con cautela.

Emma cruzó la acera con paso decidido. Yelena la siguió, algo más dubitativa.

—Hola —dijo Emma, esbozando una sonrisa amable—. ¿Tienes un momento? Queríamos hacerte unas preguntas rápidas.

Doppio parpadeó varias veces.

—S-sí… supongo que sí. No tengo prisa.

Emma se acercó un poco más y entonces lo notó.

—Tienes una mancha roja en la cara —señaló con naturalidad—. Aquí.

Doppio se llevó la mano al pómulo de inmediato y se frotó con insistencia.

—¿Esto? —dijo, nervioso—. Es… es ketchup. Estaba comiendo antes. Soy un desastre.

Se rió de forma forzada. Emma no sonrió esta vez, pero tampoco lo presionó.

—Entiendo —dijo—. Doppio, queríamos preguntarte algunas cosas sobre lo de la escuela. Sobre ayer.

Él asintió, mirando alternativamente a Emma y a Yelena.

—¿Viste algo raro antes de irte? —continuó Emma—. ¿A alguien siguiendo a los chicos?

—No… no que yo recuerde —respondió Doppio—. Me fui temprano. No me gusta quedarme mucho después de clases.

—¿Escuchaste ruidos? ¿Gritos? —insistió Emma.

—No —negó él rápidamente—. Nada. Todo estaba normal.

Emma ladeó la cabeza, observándolo con más atención.

—¿Seguro? —preguntó, con un tono suave, pero cargado de intención.

Doppio tragó saliva.

—S-sí. Seguro.

Hubo un breve silencio. El tráfico lejano llenó el espacio entre ellos. Emma pareció pensarlo unos segundos más y, finalmente, cambió de expresión.

—Bueno —dijo—. Cambiando de tema… este viernes hay una fiesta. Pensé que quizá te gustaría venir.

Doppio abrió los ojos, sorprendido.

—¿La fiesta? —preguntó—. Pensé que se había suspendido… ya sabes, por lo de los chicos.

—No —respondió Emma—. Sigue en pie.

—No suelo ir a ese tipo de cosas —dijo él, bajando la mirada—. Además, no creo que encaje.

—Claro que encajas —intervino Yelena, cruzándose de brazos—. No es nada del otro mundo.

Emma dio un paso más cerca.

—Podría ser bueno distraerse un poco —añadió—. Solo un rato. Si no te gusta, te vas.

Doppio dudó. Sus dedos se movieron nerviosos dentro de los bolsillos. Finalmente, levantó la vista.

—Está bien… —dijo—. Iré.

Emma sonrió, satisfecha.

—Genial. Entonces nos vemos el viernes.

Doppio asintió una última vez y se despidió con un gesto torpe antes de reanudar su camino. Emma y Yelena lo observaron alejarse en silencio.

—¿Qué piensas? —preguntó Yelena en voz baja.

Emma no apartó la vista de la figura oscura de Doppio.

—Que va a ser un viernes interesante.

La puerta principal de la estación de policía se abrió con un leve chirrido.

El oficial Rudolph entró con una caja de donas bajo el brazo, todavía tibias, y una sonrisa cansada en el rostro.

—Vamos, levántense, que hoy invito yo —dijo en voz alta—. Chocolate y glaseadas… no se peleen.

Su voz rebotó por el vestíbulo vacío.

No hubo respuesta.

Rudolph frunció el ceño.

—¿Taylor? ¿Harris? —llamó de nuevo, avanzando unos pasos.

El silencio era extraño, incómodo. Demasiado espeso para una comisaría a esas horas. Dejó la caja sobre el mostrador y miró a su alrededor. Ningún sonido de teclados, ningún murmullo, ninguna radio encendida.

Entonces lo vio.

La puerta de la zona de evidencias estaba entreabierta.

—¿Qué demonios…? —murmuró.

Se acercó con cautela. Cada paso le hacía un nudo más fuerte en el estómago. Empujó la puerta lentamente.

El olor lo golpeó primero.

Metálico. Denso.

Rudolph entró… y se quedó paralizado.

En el centro de la sala, tendido en el suelo frío, estaba el cuerpo del oficial Taylor. Yacía inmóvil, con los ojos abiertos y la mirada perdida. Su uniforme estaba empapado de sangre, que se extendía formando un charco oscuro alrededor de su cabeza.

—No… no… —susurró Rudolph, retrocediendo un paso.

Las donas cayeron de la caja y rodaron por el suelo sin que él se diera cuenta.

Se llevó la mano a la boca, conteniendo una arcada. Sus piernas temblaban. Miró alrededor, esperando encontrar a alguien más, esperando que aquello no fuera real.

Pero lo era.

—Dios mío… —dijo con la voz quebrada.

Dio media vuelta y salió corriendo de la sala, buscando a tientas su radio con manos temblorosas.

—Central, aquí el oficial Rudolph —dijo, casi gritando—. Oficial caído. Repito, oficial caído. Necesito refuerzos de inmediato.

Su mirada volvió, por un instante, hacia la puerta abierta de evidencias.

Y comprendió, con un frío absoluto recorriéndole la espalda, que el asesino de los viernes ya no estaba jugando.

Emma llegó a su casa cuando ya había anochecido. Cerró la puerta tras de sí y, en cuanto dio unos pasos hacia el salón, notó que algo no estaba bien. El silencio era pesado, extraño, roto solo por un sollozo ahogado.

—¿Mamá…? —llamó con cautela.

En el sofá, encorvada sobre sí misma, estaba Claire. Tenía el rostro cubierto de lágrimas, las manos temblorosas y los ojos enrojecidos. Al verla, Emma se quedó paralizada.

—Mamá, ¿qué pasa? —preguntó, acercándose rápidamente—. ¿Estás bien?

Claire levantó la mirada. Su expresión estaba rota, como si le costara incluso respirar.




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