No Salgas

CAPÍTULO 10: La amenaza

CAPÍTULO 10: La amenaza

La habitación de Emma estaba en penumbra. Las cortinas corridas apenas dejaban pasar la luz de la calle. Sobre el escritorio aún descansaban algunos papeles del caso, ahora manchados por lágrimas que habían caído sin que ella se diera cuenta.

Estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama y las rodillas contra el pecho. Sus ojos estaban rojos, la respiración irregular. La imagen de su padre en la comisaría no dejaba de repetirse en su cabeza.

El móvil vibró sobre la alfombra.

Emma tardó unos segundos en reaccionar. Miró la pantalla.
Yelena.

Se secó el rostro con la manga y contestó.

—¿Sí…?

—Emma… —la voz de Yelena sonaba suave, preocupada—. ¿Cómo estás?

Hubo un silencio.

—No lo sé —respondió Emma con un hilo de voz—. Siento que todo esto es culpa mía.

—No digas eso.

—Si no hubiera insistido en investigar… si no hubiera seguido preguntando… —su voz se quebró—. Papá seguiría vivo.

Yelena respiró hondo al otro lado.

—Emma, escucha. El que hizo esto es el asesino. No tú.

Emma cerró los ojos.

—Lo tengo claro.

—¿Claro qué?

—Que fue él —dijo Emma, ahora con un tono más firme—. El asesino de los viernes. No fue un robo, no fue un accidente. Fue un mensaje.

—Emma…

—No sé si fue una advertencia para que dejáramos de investigar o si papá estaba demasiado cerca de descubrir quién es… pero fue él.

El silencio al otro lado se volvió pesado.

—Esto ya es demasiado —dijo Yelena finalmente—. Estamos hablando de tu padre. De un policía. Esto ya no es un juego de detectives de instituto.

Emma se incorporó lentamente.

—Precisamente por eso no puedo parar.

—Sí puedes —insistió Yelena—. La policía se encargará ahora. Hay agentes del estado, prensa, todo el mundo encima. No tenemos que meternos más.

Emma negó con la cabeza, aunque Yelena no pudiera verla.

—No confío en que lo atrapen a tiempo.

—Emma, por favor…

—Estamos cerca —interrumpió Emma—. Lo siento. Lo siento, pero lo sé. Todo encaja demasiado bien. Las muertes, la escuela, la fiesta del viernes…

—¿Estás pensando en ir? —preguntó Yelena, alarmada.

Emma no respondió de inmediato.

—Si el asesino ataca todos los viernes… —dijo finalmente—, entonces este viernes no será diferente.

—Eso es una locura —replicó Yelena—. Ahora es más peligroso que nunca.

—Siempre lo fue.

Hubo un largo silencio entre ambas.

—No quiero perderte también a ti —susurró Yelena.

La firmeza de Emma vaciló un segundo, pero solo un segundo.

—No me va a pasar nada —dijo, aunque ni ella misma estaba completamente segura—. Ya estamos muy cerca, Yelena. Lo siento… pero no voy a parar ahora.

Del otro lado de la línea, Yelena guardó silencio, consciente de que cuando Emma hablaba así, no había forma de hacerla retroceder.

La llamada terminó poco después.

Emma dejó el teléfono sobre la cama y miró hacia la oscuridad de su habitación.

El viernes se acercaba.

Dos días después.

El despacho del alcalde estaba en silencio, iluminado por la luz tenue de la tarde que entraba por los ventanales. Sobre el escritorio se acumulaban periódicos con titulares alarmantes: “Oficial asesinado”, “El terror de los viernes continúa”, “¿Está la ciudad fuera de control?”.

El teléfono fijo sonó.

El alcalde se quedó inmóvil unos segundos. No era una línea pública. No era el número de la oficina principal.

Era la línea privada.

Tragó saliva y descolgó.

—¿Sí?

Al otro lado se oyó una respiración suave. Luego, una voz que parecía moverse entre dos registros, grave y agudo al mismo tiempo, como si dos tonos compartieran la misma garganta.

El alcalde cerró los ojos un instante.

—Jasper Smith… —murmuró.

Una leve risa cruzó la línea.

—Me halaga que aún recuerde mi nombre.

El alcalde se levantó de la silla y caminó hacia la ventana, bajando la voz.

—¿Qué quiere ahora?

—Quiero recordarle algo —respondió la voz con calma—. Hace un año tuvimos un acuerdo. Usted lo recuerda perfectamente.

El alcalde apretó el teléfono con fuerza.

—Yo… lo recuerdo.

—Mantener a la prensa lejos. Mantener a los agentes del estado fuera de mi ciudad. Eso fue lo que prometió.

El alcalde respiró con dificultad.

—La situación se ha salido de control. Han muerto demasiadas personas. Un oficial…

—No —interrumpió la voz—. La situación se ha salido de control porque usted permitió que otros intervinieran.

El alcalde comenzó a sudar.

—No tenía opción. La presión es enorme. Washington está preguntando, los medios…

Una risa baja lo cortó.

—Siempre tan nervioso.

—No estoy nervioso —replicó el alcalde, pero su voz se quebró en la última palabra.

—Está tartamudeando.

El alcalde guardó silencio.

—Usted sabía lo que ocurriría si rompía el acuerdo —continuó la voz, ahora más fría—. Yo mantengo el orden a mi manera. Usted mantiene el ruido lejos. Era simple.

—Yo… yo puedo arreglarlo —dijo el alcalde, apresurado—. Puedo hablar con ellos, reducir la exposición, retrasar a los federales…

—Ya es tarde para eso.

El alcalde sintió que el aire le faltaba.

—Escuche, Jasper, podemos—

—No me llame así.

La voz cambió apenas, más profunda, más afilada.

—Los nombres son irrelevantes. Lo único relevante es el equilibrio. Y usted lo ha alterado.

—¿Qué quiere decir? —susurró el alcalde.

Un silencio largo, calculado.

—Quiero decir que cuando el acuerdo se rompe… alguien paga.

El alcalde apoyó la mano libre sobre el escritorio para no perder el equilibrio.

—No es necesario llegar a eso.

—Oh, pero ya hemos llegado.

La voz dejó escapar otra risa breve.

El alcalde seguía con el auricular en la mano, respirando con dificultad, cuando la voz volvió a escucharse, suave, casi divertida.




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