No Salgas

CAPÍTULO 11: Testigo sorpresa

CAPÍTULO 11: Testigo sorpresa

El hospital olía a desinfectante y a silencio contenido.

Emma y Yelena caminaron por el pasillo del tercer piso con pasos contenidos. Las luces blancas reflejaban en el suelo encerado, y el sonido de sus zapatillas parecía demasiado fuerte para un lugar donde el dolor respiraba detrás de cada puerta.

Frente a la habitación 312, una enfermera revisaba una carpeta.

—Buenos días —dijo Emma con voz firme, aunque sus manos estaban frías—. Venimos a ver a Brenda Castillo.

La enfermera levantó la vista, evaluándolas.

—¿Familia?

—No —respondió Yelena—. Pero es importante. Solo unos minutos.

La enfermera dudó.

—Ha estado muy alterada. Apenas habla. Y no recibe visitas.

Emma dio un paso al frente.

—Por favor. Solo queremos hacerle unas preguntas. Puede quedarse cerca si lo desea.

La enfermera observó el rostro decidido de Emma y finalmente suspiró.

—Cinco minutos. Si se altera, saldrán de inmediato.

—Gracias —dijo Emma.

La puerta se abrió con suavidad.

La habitación estaba en penumbra. Las persianas bajadas filtraban la luz de la mañana. En la cama, sentada con la espalda apoyada en almohadas, estaba Brenda.

Un vendaje blanco cubría completamente la zona de sus ojos. Sus manos reposaban tensas sobre la sábana.

Yelena sintió un nudo en el estómago.

Emma se acercó despacio.

—Brenda… soy Emma Taylor.

Brenda giró ligeramente la cabeza hacia el sonido.

—No quiero hablar con periodistas —murmuró con voz débil.

—No somos periodistas —aclaró Yelena.

Emma respiró hondo.

—Mi padre era el oficial Taylor.

El nombre quedó suspendido en el aire.

Brenda se tensó.

—Lo siento… —susurró.

—Yo también —respondió Emma—. Y por eso estoy aquí.

Hubo un silencio breve.

—Estoy investigando el caso por mi cuenta —continuó Emma—. Sé que lo que le hicieron no fue un ataque al azar. Sé que tiene que ver con él. Con el mismo hombre.

Brenda apretó las manos.

—No… no quiero problemas.

—Ya los tiene —dijo Emma con suavidad—. te arrancaron los ojos. Eso no es un robo, ni un accidente.

La respiración de Brenda se volvió irregular.

—No puedo decir nada —susurró—. Si hablo… él volverá.

Yelena dio un paso adelante.

—No puede volver a hacerle nada. Estás aquí, protegida.

Brenda dejó escapar una risa amarga.

—¿Protegida? No entienden. Él está en todas partes.

Emma se inclinó un poco más cerca.

—Necesitamos saber qué pasó esa noche.

Silencio.

—Al principio… —comenzó Brenda, con voz temblorosa—, no sospeché de él.

Emma intercambió una mirada rápida con Yelena.

—¿De quién? —preguntó con cuidado.

Brenda respiró hondo.

—Me llamó desde un número privado. Dijo que tenía información sobre el alcalde. Sonaba… educado. Tranquilo.

—¿Quedaron en verse? —preguntó Yelena.

—Sí. Pensé que era alguien que quería denunciar algo. Nos encontramos en el estacionamiento del edificio. Era tarde.

Brenda tragó saliva.

—Llevaba una sudadera oscura. No veía bien su rostro. Hablaba raro… como si su voz cambiara ligeramente.

Emma sintió un escalofrío.

—¿Y después?

—Al principio fue normal. Me preguntó por el alcalde. Por sus horarios. Por sus reuniones privadas. Yo… respondí.

—¿Por qué? —preguntó Emma.

—Porque mencionó cosas que nadie sabía —dijo Brenda—. Detalles sobre mí. Sobre… sobre mi relación con el alcalde.

El silencio se volvió pesado.

—Y entonces todo cambió.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Su tono cambió. Se volvió frío. Me dijo que yo era una pieza en un tablero más grande. Que el equilibrio requería sacrificios.

Emma sintió cómo su corazón latía más rápido.

—¿Dijo su nombre? —preguntó con cautela.

Brenda negó levemente.

—No al principio. Pero cuando intenté irme… me tomó del brazo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Me dijo que no era personal. Que era necesario. Que el alcalde debía entender.

Yelena apretó los puños.

—Brenda… necesitamos un nombre.

—No —susurró ella—. No puedo.

—Sí puede —respondió Emma con firmeza, pero sin dureza—. Mi padre está muerto. Y usted está aquí. Él va a seguir haciéndolo si nadie lo detiene.

La respiración de Brenda se aceleró.

—Él dijo algo… antes de…

Se llevó una mano al vendaje.

—Dijo que usaba muchos nombres. Que los nombres no importaban.

Emma dio un paso más.

—Pero tenía uno.

Silencio.

—Lo tenía, ¿verdad?

Brenda dudó.

—Si lo digo…

—No está sola —dijo Emma—. Y no voy a dejar que le vuelva a pasar a nadie más.

Un largo momento pasó.

Finalmente, Brenda susurró:

—Doppio.

El nombre cayó en la habitación como un objeto pesado.

Emma sintió que el mundo se alineaba de forma aterradora.

Yelena miró a Emma, pálida.

—No fue solo… lo de mis ojos —murmuró.

Yelena sintió que el aire se volvía más pesado.

Emma bajó el tono.

—Brenda… puedes contarlo a tu ritmo.

La mujer tragó saliva.

—Cuando me sujetó… yo intenté apartarme. Pensé que solo quería asustarme. Pero empezó a decir cosas… sobre el poder, sobre cómo las personas creen que tienen control hasta que alguien se los quita.

Su voz tembló.

—Me empujó contra el coche. Me dijo que el alcalde no era el único que jugaba con secretos.

Emma apretó los puños, pero permaneció en silencio.

—Yo le dije que no… que no quería problemas… —continuó Brenda—. Pero él no estaba escuchando. Su voz cambió. Era como si hablara otra persona.

Yelena dio un paso más cerca de la cama.

—¿Te hizo daño? —preguntó en voz baja.

Brenda tardó en responder.

—Sí.

El monosílabo fue apenas un susurro.

—Me dijo que era parte del mensaje. Que el alcalde debía entender lo que significa perder algo que cree suyo.




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