No Salgas

CAPÍTULO 12: El encuentro

CAPÍTULO 12: El encuentro

El mirador de la colina norte estaba casi a oscuras.

El reloj del móvil marcaba las 10:00 p.m. en punto.

El viento movía las ramas de los árboles y la ciudad brillaba a lo lejos como si nada estuviera ocurriendo. Emma permanecía de pie junto a la baranda metálica, con el corazón latiendo con fuerza, pero el rostro firme.

Un ruido rompió el silencio.

Un leve chirrido… rítmico.

Ruedas sobre grava.

Emma se giró.

Desde la sombra del sendero emergió la silueta de un hombre en silla de ruedas. La luz de una farola cercana iluminó parcialmente su rostro.

Emma contuvo el aliento.

La mitad de su cara estaba marcada por quemaduras antiguas. La piel tirante, deformada. Parte de su cabeza cubierta por vendas limpias. Un brazo parecía rígido, casi inmóvil.

El hombre detuvo la silla a unos metros.

—Llegaste sola —dijo con voz grave y pausada.

—Sí —respondió Emma—. ¿Usted es quien llamó?

El hombre asintió.

—Mi nombre es Jean Moreau. Doctor Jean Moreau. Fui psiquiatra infantil hace años.

Emma no bajó la guardia.

—¿Y qué tiene que ver con Doppio Bellmont?

Los ojos del hombre se oscurecieron.

—Todo.

Hubo un silencio breve.

—Yo traté a Doppio cuando tenía diez años.

El viento sopló con más fuerza.

—¿Por qué? —preguntó Emma.

Jean respiró hondo.

—Su tía me lo llevó. Decía que el niño hablaba solo. Que fingía llamadas telefónicas. Que a veces su voz cambiaba. Que decía cosas que no eran propias de un niño.

Emma sintió un escalofrío.

—¿Y usted qué pensó?

—Al principio, un caso clásico de trastorno disociativo. Trauma temprano. Posible abuso emocional. Fragmentación de identidad para sobrevivir.

Jean apretó los dedos sobre los reposabrazos.

—Pero no era solo eso.

Emma dio un paso más cerca.

—Explíquese.

El doctor bajó la mirada un instante, como si recordara algo que preferiría olvidar.

—Durante una sesión… le pregunté a Doppio con quién hablaba por teléfono.

—¿Y qué respondió?

—No respondió él.

Emma sintió que el aire se volvía más pesado.

—Respondió otra voz.

El silencio entre ambos fue denso.

—No una alucinación desordenada —continuó Jean—. Era clara. Coherente. Fría. Me corrigió cuando lo llamé Doppio.

—¿Qué dijo? —susurró Emma.

—Dijo: “Doppio no está ahora. Está descansando”.

Emma apretó los puños.

—Y luego dijo su nombre.

—Nox.

El doctor asintió lentamente.

—Exacto.

El viento movió las vendas del cuello del hombre.

—Nox no se comportaba como una personalidad fragmentada común. No era infantil. No era inestable. Tenía una lógica superior. Analizaba mis preguntas antes de responder. Se burlaba de mis diagnósticos.

Emma sintió un nudo en el estómago.

—¿Superior cómo?

Jean la miró fijamente.

—Como si su capacidad cognitiva estuviera por encima de la media humana. Memoria eidética. Cálculo instantáneo. Lectura emocional precisa. Frialdad absoluta.

Emma tragó saliva.

—Eso no lo convierte en un monstruo.

—No —dijo Jean—. Lo convierte en algo más peligroso.

Un silencio.

—Hace cinco años intenté internarlo en una institución especializada. Creí que era lo correcto. Que podía contener a Nox antes de que tomara control definitivo.

Jean levantó ligeramente su mano vendada.

—Nox no estuvo de acuerdo.

Emma sintió el estómago encogerse.

—Esa fue la primera vez que tomó el control frente a mí sin previo aviso.

La voz del doctor bajó de volumen.

—Las luces del consultorio fallaron. Durante unos segundos no vi nada. Cuando recuperé la vista… estaba en el suelo.

Emma observó las cicatrices.

—Fue él.

Jean asintió.

—Tenía diez años. Diez. Y aun así, ejecutó cada movimiento con precisión quirúrgica. Incendió el despacho para borrar evidencia. Manipuló el sistema eléctrico. Me dejó con vida… deliberadamente.

—¿Por qué? —preguntó Emma.

—Para que entendiera algo.

El viento sopló entre ambos.

—Que Nox no es una simple segunda personalidad. No es una escisión frágil. Es una evolución.

Emma frunció el ceño.

—¿Una evolución?

—Nox no nació solo del trauma. Nox se construyó. Se fortaleció. Es la parte de Doppio que no siente culpa. Que no duda. Que no se limita por la moral humana.

Jean la miró con intensidad.

—Es un superhumano en términos cognitivos y estratégicos. Un depredador perfecto atrapado en el cuerpo de un adolescente.

Emma sintió que el miedo se mezclaba con determinación.

—¿Y qué quiere el viernes?

El doctor no respondió de inmediato.

—Eliminar la última variable que podría interferir en su estabilidad futura.

Emma comprendió.

—Yo.

Jean asintió.

—Nox no mata por impulso. Mata para mantener equilibrio. Si te percibe como una amenaza estructural… actuará.

Emma sostuvo su mirada.

—Entonces ayúdeme a detenerlo.

El viento volvió a soplar.

Y por primera vez, el doctor Jean pareció dudar si siquiera era posible.

Jean guardó silencio unos segundos, como si estuviera decidiendo cuánto debía revelar.

El viento agitaba las vendas de su cuello.

—Hay algo más —dijo finalmente.

Emma lo observó con atención.

—Lo único que Nox teme.

Emma arqueó una ceja.

—¿Teme?

—Sí. Aunque no lo admita. Aunque lo disimule bajo esa frialdad superior.

Jean apoyó ambas manos sobre la silla de ruedas.

—Doppio es severamente alérgico a las naranjas.

Emma parpadeó.

—¿Está hablando en serio?

—Anafilaxia aguda. Lo diagnosticamos cuando tenía ocho años. Contacto directo con el jugo o el aroma concentrado puede desencadenar una reacción fuerte.

Emma frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver con Nox?

Jean la miró fijamente.




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