CAPÍTULO 13: La fiesta
La casa de Mike brillaba bajo las luces cálidas que iluminaban el camino de entrada. Era una propiedad de campo amplia, elegante, aislada a unos veinte minutos de Detroit. Música suave salía desde el interior mientras adolescentes vestidos de gala descendían de autos lujosos entre risas y fotografías.
Emma y Yelena observaban desde la entrada, ligeramente apartadas del flujo principal.
Emma llevaba un pequeño comunicador oculto en la oreja derecha.
Un murmullo bajo vibró en su oído.
—Te escucho con claridad —dijo la voz de Jean desde la camioneta estacionada a unos cientos de metros, oculta entre los árboles—. Mantén la calma. Observa antes de actuar.
Emma respondió casi sin mover los labios.
—Entendido.
Yelena la miró.
—¿Está ahí?
—Sí.
La música subió de volumen cuando otro grupo entró a la casa.
Entonces Emma lo vio.
Un auto oscuro se detuvo frente al portón. La puerta se abrió.
Doppio bajó.
Traje negro ajustado, camisa blanca impecable, corbata delgada. Cabello peinado con cuidado. Apariencia correctay no podian faltar sus lentes. Demasiado correcta.
Jean habló de nuevo en el comunicador.
—Ritmo cardíaco estable. Postura relajada. Observa sus manos.
Emma fijó la mirada.
Las manos de Doppio estaban quietas.
—No hay tics visibles —susurró Emma.
Yelena siguió la dirección de su mirada.
—Es él.
Emma tomó una decisión.
—Mantente al margen —le dijo a Yelena en voz baja—. No intervengas a menos que te haga una señal.
Yelena asintió, aunque no parecía convencida.
Emma avanzó.
El sonido de sus tacones sobre la grava fue suficiente para que Doppio girara la cabeza.
Sus ojos se encontraron.
Por un instante, su expresión fue genuinamente sorprendida… luego sonrió con suavidad.
—Emma —dijo mientras cerraba la puerta del auto—. Llegaste temprano.
Ella mantuvo una sonrisa controlada.
—La invitación era abierta.
Doppio se acercó unos pasos.
—Lamento llegar tarde. Hubo… contratiempos.
—¿De qué tipo?
Él se encogió ligeramente de hombros.
—El auto estaba sucio. Mi tia es muy exigente con esos detalles.
Jean susurró en el comunicador:
—Su tono es natural. No hay rigidez en la voz.
Emma comenzó a caminar hacia el sendero que llevaba a la entrada principal.
Doppio la acompañó sin que ella lo invitara explícitamente.
Caminaron lado a lado.
—Te ves diferente —comentó él—. Elegante.
—Tú también —respondió Emma.
Un silencio breve.
La música vibraba en el aire frío de la noche.
—Escuché lo de tu padre —dijo Doppio con voz más baja.
Emma sintió un pequeño nudo en el estómago.
—¿Sí?
—Lo siento. De verdad.
Ella lo miró de reojo.
Su expresión parecía sincera. Sus ojos no parpadeaban más de lo normal.
—Gracias.
—No es fácil perder a alguien así —continuó Doppio—. De repente. Sin respuestas claras.
Jean intervino en el comunicador:
—Observa cómo formula las frases. Está midiendo tu reacción.
Emma sostuvo la mirada de Doppio.
—¿Tú sabes algo sobre eso?
Doppio ladeó ligeramente la cabeza.
—Solo lo que todos saben.
Su tono seguía siendo suave. Casi empático.
—Tu padre era un buen hombre.
Emma sintió una punzada. No sabía si por la mención… o por la calma con la que él lo decía.
—¿Lo conocías bien? —preguntó ella.
—Lo suficiente.
Caminaron unos metros más. Las luces de la entrada iluminaban ahora sus rostros con claridad.
—A veces —añadió Doppio— las personas se meten en cosas que no comprenden.
Jean murmuró:
—Alerta. Esa frase no es casual.
Emma mantuvo la compostura.
—¿A qué te refieres?
Doppio sonrió apenas.
—A nada en particular. Solo digo que el mundo es… más complicado de lo que parece.
Se detuvo frente a la puerta principal.
—Pero esta noche no es para hablar de cosas tristes —dijo, recuperando un tono ligero—. Es una fiesta.
Emma lo observó un segundo más largo de lo necesario.
—Sí. Una fiesta.
La puerta se abrió y el ruido de la música se intensificó.
Doppio le ofreció el brazo con naturalidad.
—¿Entramos?
Jean susurró en el comunicador:
—Mantente cerca. Aún es Doppio… pero la transición puede ocurrir en cualquier momento.
Emma dudó apenas un instante.
Luego tomó el brazo.
—Entramos.
La música envolvía el salón principal con un ritmo elegante, luces doradas reflejándose en copas y trajes oscuros. Risas, fotografías, conversaciones superficiales.
Emma caminaba junto a Doppio entre los invitados.
—¿Te gustan este tipo de fiestas? —preguntó ella con tono casual.
Doppio observó el lugar con una leve sonrisa.
—La verdad que no pero...La gente baja la guardia cuando cree que está celebrando.
Jean susurró en el comunicador:
—Comentario analítico. Mantente natural.
Emma fingió una risa ligera.
—Siempre tan observador.
Llegaron a la barra. Un espacio amplio con iluminación tenue y botellas alineadas con precisión.
El bartender los miró.
—¿Qué van a tomar?
Emma respondió antes que Doppio.
—Un exprimido de naranja natural, por favor. Sin azúcar.
Jean murmuró apenas:
—Comienza fase tres.
Doppio giró la cabeza lentamente hacia ella.
—¿Naranja?
Emma lo miró con aparente inocencia.
—Sí. Necesito algo fresco.
El bartender asintió y comenzó a preparar el jugo.
Doppio se aclaró la garganta.
—Yo pediré otra cosa.
—Podemos compartir —interrumpió Emma con suavidad—. Es más divertido.
Jean, desde la camioneta:
—Observa microexpresiones.
Doppio sonrió, pero por una fracción de segundo su mandíbula se tensó.
—No soy muy fanático de la naranja.