CAPÍTULO 14: La fiesta-2
El agua del lago reflejaba las luces suspendidas en los árboles. La música seguía llegando lejana, amortiguada por la distancia.
Doppio apoyó los codos en la baranda del puente.
—Después del incendio —continuó con tono tranquilo— mi tía se hizo cargo de mí. La hermana menor de mi madre.
Emma asintió con suavidad.
—Debe haber sido difícil para ella.
—Lo fue —respondió él—. No estaba preparada para criar a un niño… menos a uno como yo.
La frase quedó flotando unos segundos.
—¿Como tú? —preguntó Emma con aparente inocencia.
Doppio sonrió apenas.
—Complicado.
Jean murmuró en el comunicador:
—Está tanteando el terreno.
El viento movió el agua con pequeñas ondulaciones.
Y entonces, sin transición visible, Doppio cambió de tema.
—¿Conoces al Señor?
Emma parpadeó levemente, pero mantuvo la expresión relajada.
—¿Al señor? —repitió, fingiendo confusión—. ¿A cuál te refieres?
Doppio la observó con una sonrisa que no terminaba de llegar a los ojos.
—Al Señor.
Lo dijo como si el nombre fuera suficiente.
Emma apoyó también los brazos en la baranda.
—No creo que estemos hablando de la misma persona.
Él inclinó la cabeza.
—Tal vez sí.
Jean susurró:
—Cuidado.
Doppio volvió la mirada al agua.
—El Señor es una buena persona.
El tono era casi devocional.
—Siempre me ha ayudado. Siempre ha estado cuando lo necesitaba.
Emma mantuvo la calma.
—No recuerdo que me hayas hablado de él.
—No hablo de él con cualquiera.
El aire se volvió más denso.
—¿Y qué hace ese… Señor? —preguntó Emma con ligereza calculada.
Doppio sonrió.
—Observa. Protege. Corrige cuando es necesario.
Jean murmuró:
—Lenguaje de autoridad paternal.
Emma inclinó apenas la cabeza.
—Suena importante.
—Lo es.
Doppio la miró fijamente.
—Me enseñó que el mundo es cruel con los débiles. Que la gente finge bondad, pero actúa por interés.
Emma sostuvo su mirada sin titubear.
—¿Y tú le crees?
—Nunca me ha mentido.
La respuesta fue inmediata.
El silencio entre ambos se volvió pesado.
—El Señor me dijo algo sobre ti —añadió Doppio con voz más baja.
Emma no reaccionó externamente.
—¿Ah, sí?
—Que eres peligrosa.
Jean intervino con urgencia contenida:
—No niegues. Desvía.
Emma dejó escapar una pequeña risa.
—¿Peligrosa? Eso suena exagerado.
Doppio no rió.
—Dijo que haces demasiadas preguntas. Que miras donde no debes.
El reflejo de las luces en el lago pareció oscurecerse por un instante.
Emma se encogió ligeramente de hombros.
—Tal vez solo soy curiosa.
Doppio dio un paso más cerca.
—La curiosidad puede ser dañina.
Su tono era suave. Sin amenaza explícita. Pero firme.
—¿Y qué más te dijo? —preguntó Emma.
Los ojos de Doppio parecieron vacilar apenas un segundo.
Luego sonrió otra vez.
—Que tarde o temprano tendría que decidir qué hacer contigo.
El viento cruzó el puente, frío.
Jean susurró en el comunicador:
—La conversación ya no es casual. Está evaluando.
Emma mantuvo la compostura.
—¿Y tú qué decidiste?
Doppio la miró en silencio.
Demasiado tiempo.
Luego su expresión se suavizó.
—Que esta noche sera la final.
El viento se volvió más intenso sobre el puente.
Doppio estaba mirándola fijamente cuando, de pronto, ladeó la cabeza.
—¿Escuchas eso? —preguntó en voz baja.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
Doppio levantó una mano lentamente.
—Está sonando.
Jean susurró en el comunicador:
—¿Qué está haciendo?
Y entonces ocurrió.
Doppio comenzó a emitir un sonido con la boca.
Un tono rítmico.
Imitación perfecta de un teléfono vibrando.
—Rrr… rrr… rrr…
Emma sintió que la sangre se le enfriaba.
—Doppio…
Él no la escuchaba.
Giraba la cabeza de un lado a otro, buscando.
—Está sonando. No lo escuchas porque no es para ti.
Comenzó a caminar por el puente, luego bajó hacia la orilla del lago pequeño, mirando el suelo, los arbustos, el agua.
—¿Dónde…? —murmuraba—. Siempre lo dejo aquí…
De pronto, sin dudarlo, se metió en el lago.
El agua apenas le llegaba a la cintura, pero empapó el traje elegante en segundos.
Emma retrocedió un paso.
—Jean…
—Está en transición completa —respondió la voz tensa del doctor—. No intervengas aún.
Doppio levantó la mano derecha y formó un teléfono con los dedos: pulgar en la oreja, meñique en la boca.
—Sí —dijo, respirando con dificultad.
Su voz cambió.
Más grave.
Más firme.
—Sí, Señor.
El agua goteaba desde sus mangas.
Emma no podía moverse.
—Entiendo —continuó con aquella otra entonación—. Sí… ella está aquí.
Silencio.
Luego sus ojos se clavaron en Emma.
Pero ya no eran los mismos.
—Comprendo —dijo al “teléfono” invisible—. Es una variable inestable.
Jean murmuró:
—Es Nox.
Doppio bajó lentamente la mano.
Salió del lago con pasos decididos.
El traje pegado al cuerpo. El cabello oscuro escurriendo agua.
Se detuvo a pocos metros de Emma.
—Lamentablemente —dijo con aquella voz ajena— eres una molestia para nosotros.
Emma sintió que el mundo se estrechaba.
—Doppio…
Él negó lentamente.
—Doppio no está disponible.
De su bolsillo interior sacó una pequeña navaja.
El metal brilló bajo las luces del jardín.
Jean gritó por el comunicador:
—¡Retrocede!
Emma dio un paso atrás, pero el puente limitaba su espacio.
Doppio avanzó.
—El Señor cree que has visto demasiado.
Levantó la navaja.
Y en ese instante—
Una sombra salió de entre los arbustos.