CAPÍTULO 16: Consecuencias
La pesadilla terminó aquella noche.
Al menos eso fue lo que todos dijeron.
La policía llegó horas después. La casa fue acordonada, los sobrevivientes fueron interrogados y el cuerpo de Nox fue trasladado para ser identificado. El caso del Asesino de los Viernes llegó finalmente a su conclusión oficial. Había un responsable. Había un cadáver. Había una explicación para años de asesinatos, desapariciones y amenazas.
El nombre de Nox apareció en los informes.
Doppio Bellmont fue declarado muerto.
Jean Moreau no sobrevivió a sus heridas.
Yelena fue encontrada dentro de la casa.
Todo terminó.
Para la policía.
Para los periódicos.
Para las familias que finalmente pudieron cerrar sus puertas sin preguntarse si aquella noche alguien llamaría a sus casas.
Para todos menos para mí.
Porque yo seguía allí.
Seguía viendo aquella noche cada vez que cerraba los ojos.
Durante los primeros días intenté convencerme de que todo había terminado. Me repetía que Nox estaba muerto. Que lo había visto caer. Que había escuchado sus últimas palabras. Que la policía había encontrado su cuerpo.
Pero mi cabeza no entendía lo mismo que entendía mi memoria.
Por las noches no podía dormir.
Apagaba las luces y me quedaba mirando el techo durante horas.
A veces escuchaba un ruido en el pasillo y sentía que alguien estaba caminando hacia mi habitación.
Otras veces creía escuchar aquel sonido.
Ese maldito sonido.
El teléfono imaginario.
Un pequeño timbre que no existía.
Y cuando finalmente conseguía cerrar los ojos, lo veía.
Nox.
De pie.
Siempre a unos metros.
En la oscuridad.
No hacía nada.
No necesitaba hacerlo.
Simplemente permanecía allí.
Mirándome.
A veces estaba al final del pasillo.
Otras veces junto a la ventana.
En ocasiones aparecía reflejado en el espejo detrás de mí.
Yo me giraba.
No había nadie.
Volvía a mirar el espejo.
Y allí estaba otra vez.
Sonriendo.
Durante meses dejé de dormir con la luz apagada.
Dormía con una lámpara encendida junto a la cama.
Las ventanas permanecían cerradas.
La puerta tenía que estar asegurada.
Revisaba el armario antes de acostarme.
Miraba debajo de la cama.
Comprobaba el pasillo.
Una vez.
Dos veces.
Diez veces.
Y aun después de hacerlo, seguía sintiendo que había alguien observándome.
Comencé a ver a Nox durante el día.
No literalmente.
O eso me decían.
Lo veía desde lejos.
Una figura parada al otro lado de una calle.
Un hombre inmóvil detrás de un árbol.
Una silueta en la multitud.
Una persona sentada al fondo de un autobús.
Siempre había algo familiar en la postura.
En la forma de inclinar la cabeza.
En aquella manera de quedarse completamente quieto mientras todo lo demás se movía.
Pero cuando me acercaba…
Nunca había nadie.
Mi madre decía que necesitaba ayuda.
Así que fui.
Primero a un psicólogo.
Después a otro.
Luego a un psiquiatra.
Después a otro.
Les conté todo.
La noche de la fiesta.
La muerte de Yelena.
Jean.
El rifle.
Los disparos.
Nox.
Sus palabras.
Su sonrisa.
Algunos escuchaban en silencio.
Otros tomaban notas.
Todos terminaban llegando a la misma conclusión.
Estrés postraumático.
Me explicaron que mi cerebro estaba intentando procesar una experiencia que había sido demasiado violenta para mí.
Que las imágenes eran recuerdos intrusivos.
Que las sombras eran percepciones alteradas por la ansiedad.
Que mi miedo estaba haciendo que mi mente encontrara patrones donde no los había.
Que Nox estaba muerto.
Que yo estaba a salvo.
Intenté creerles.
De verdad lo intenté.
Me recetaron medicamentos para dormir.
Otros para controlar la ansiedad.
Otros para reducir las pesadillas.
Durante un tiempo seguí las indicaciones al pie de la letra.
Pero nada funcionaba.
Podía tomar una pastilla y cerrar los ojos.
Podía quedarme dormida durante unas horas.
Y entonces volvía a verlo.
Siempre.
Nox estaba allí.
Esperándome.
Nunca corría hacia mí.
Nunca intentaba atacarme.
Solo sonreía.
Como si supiera algo que yo no.
Como si estuviera esperando que finalmente comprendiera sus últimas palabras.
A veces despertaba gritando.
Otras veces despertaba completamente inmóvil, mirando hacia la puerta.
Y algunas noches estaba convencida de haber escuchado una voz.
—Emma.
Entonces encendía la luz.
Nada.
Silencio.
Solo mi habitación.
Solo yo.
Me dijeron que con el tiempo desaparecería.
Que el trauma necesitaba tiempo.
Que algún día podría recordar aquella noche sin sentir miedo.
Pasaron semanas.
Después meses.
Nada cambió.
La ciudad comenzó a recuperarse.
La gente volvió a salir.
Las familias dejaron de mirar por encima del hombro.
Las noticias dejaron de hablar del Asesino de los Viernes.
La vida continuó.
Pero yo no.
Porque mientras todos celebraban que la pesadilla había terminado, yo seguía viviendo dentro de ella.
Y había una pregunta que nunca conseguí responder.
¿Por qué Nox sonreía cuando murió?
He intentado convencerme de que era simplemente una reacción involuntaria.
Un espasmo.
Una expresión provocada por el dolor.
Cualquier explicación racional habría sido suficiente.
Pero entonces recuerdo sus ojos.
Recuerdo cómo me miró.
Recuerdo su voz.
Y recuerdo exactamente lo que dijo antes de morir.
—¿Creíste… que esto acaba?
Desde entonces, cada vez que alguien me pregunta si aquella pesadilla terminó, siempre respondo lo mismo.