El olor a nuevo en el departamento de la planta treinta y dos siempre me daba náuseas. No era un olor feo, para nada. Olía a madera cara, a limpiador de lavanda importado y al perfume dulce que mi madre dejaba flotando antes de irse a sus reuniones de negocios. Era un olor limpio, perfecto y completamente muerto.
En la barra de mármol de la cocina había una caja negra con el logo dorado de una marca de relojes de lujo. Al lado, una nota escrita con la letra rápida de mi mamá: "Tuvimos que viajar a Busan por una emergencia de la empresa. Volvemos el domingo. Usa la tarjeta si necesitas pedir comida. Cuídate, Jae-hyun".
Sonreí. Fue una sonrisa automática, de esas que he practicado frente al espejo miles de veces para que parezcan reales. Mi rostro reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Ajusté el cuello de mi uniforme escolar y miré la caja. Ni siquiera me molesté en abrirla. Ya tenía tres relojes parecidos guardados en el cajón de mi escritorio.
Cada vez que mis padres se sentían culpables por no estar en casa para cenar, para mi cumpleaños o para las entregas de notas, aparecía un objeto caro sobre el mármol. Un teléfono de última generación, unos tenis de edición limitada, una chamarra que costaba lo mismo que el sueldo mensual de un trabajador promedio.
Ellos creían que la falta de afecto se podía medir en dinero y liquidar con una tarjeta de crédito. Y yo, durante mucho tiempo, les hice creer que funcionaba.
Me serví un vaso de agua fría y me quedé mirando la vista de la ciudad a través del enorme ventanal que iba del piso al techo. Seúl se extendía abajo como un mapa de luces brillantes y ríos de autos en movimiento. Desde aquí arriba, los problemas de la gente común se veían diminutos, casi insignificantes. Yo debería haberme sentido afortunado. Lo tenía todo: una casa enorme, la mejor educación, ropa impecable y un futuro asegurado sin mover un solo dedo.
Pero la verdad era muy distinta.
A veces sentía que yo no era un ser humano. Sentía que era un muñeco de plástico diseñado para llenar el vacío de una casa demasiado grande. Todo en mi vida era una mentira bien ensayada.
Recuerdo la primera vez que me di cuenta de que no era capaz de terminar lo que empezaba. Estaba en la escuela secundaria. Un profesor nos pidió que hiciéramos un dibujo que representara quiénes éramos por dentro. Mis compañeros se pusieron a trabajar con emoción. Algunos dibujaban campos de fútbol, otros instrumentos de música, otros a sus familias riendo.
Yo tomé el pincel y empecé a pintar un paisaje con acuarelas azules y negras. Al principio se veía bien. Pero cuando la pintura empezó a mezclarse de forma desordenada y una mancha oscura arruinó la esquina del papel, me detuve. Sentí una punzada molesta en el estómago. Una rabia sorda me subió por el cuello.
No soportaba que las cosas no me salieran bien al primer intento. Si algo no era perfecto desde el comienzo, simplemente no valía la pena.
Arrugué la hoja hasta hacerla una bola apretada y la tiré a la basura. Cuando el profesor me preguntó por qué lo había hecho, le sonreí con dulzura y le dije que me dolía la cabeza y que prefería ir a la enfermería. El profesor me miró con compasión, me dio permiso y me pidió que descansara.
Ese se convirtió en mi truco favorito: poner una cara triste o encantadora para evitar el esfuerzo. Renunciar antes de fallar. Dejar las cosas a la mitad antes de que alguien descubriera que no era tan perfecto ni tan inteligente como aparentaba.
Con los años, ese hábito se convirtió en mi única forma de vivir. Empecé a aprender a tocar el piano; cuando las lecciones se pusieron difíciles, dejé de ir. Me uní al equipo de debate; cuando perdí la primera ronda, inventé que tenía migrañas severas y renuncié. Empecé a escribir un diario; lo tiré a la basura cuando me di cuenta de que mis pensamientos no sonaban tan profundos como quería.
Siempre abandonaba todo. Y lo peor de todo es que nadie me regañaba. Mis padres solucionaban cualquier problema con dinero o llamadas telefónicas. Si sacaba una mala nota, le pagaban a un tutor privado costosísimo para que me diera las respuestas. Si discutía con un compañero, mi madre llamaba a la escuela para recordarles amablemente las donaciones que nuestra familia hacía.
Crecí creyendo que el mundo giraba a mi alrededor. Creía que tenía la verdad absoluta sobre las cosas y que la gente a mi alrededor era tonta por esforzarse tanto. "¿Para qué sufrir por un examen?", pensaba a veces mientras miraba a mis compañeros estudiar hasta la medianoche. Para mí, el esfuerzo era algo de gente débil.
Pero la mente es un lugar peligroso cuando la alimentas solo de apariencias.
La primera alucinación ocurrió hace tres meses, un martes cualquiera después de salir de la academia nocturna.
El aire de la noche estaba helado. Llovía una brizna fina que hacía que las luces de neón de los establecimientos se reflejaran en el asfalto mojado como manchas de pintura roja y azul. Caminaba a paso lento, con los audífonos puestos pero sin escuchar música. Solo quería evitar llegar al departamento vacío.
Al cruzar un callejón estrecho cerca de la estación de metro, escuché un ruido extraño. Un chasquido seco, como el de una rama al romperse.
Me detuve y me quité un audífono.
—¿Hola? —pregunté. Mi voz sonó pequeña, ahogada por el ruido de la lluvia.
Nadie respondió. Pero la sombra proyectada en la pared del fondo no se movió cuando yo me moví.
Me quedé helado. Parpadeé varias veces, pensando que mis ojos me estaban jugando una mala pasada por el cansancio. Pero la sombra estaba pegada al muro de ladrillos, completamente rígida, mientras yo estaba inclinado hacia adelante.
Lentamente, la sombra comenzó a cambiar. Le crecieron grietas a lo largo de los brazos. Grietas finas, parecidas a las que le salen a la tierra seca cuando le da el sol. De pronto, la parte superior de la sombra se giró hacia mí. No tenía ojos ni boca, solo una superficie lisa y negra que parecía mirarme fijamente.