Adrián no respondió de inmediato.
Valeria oyó un ruido de fondo al otro lado de la línea. Voces. Una puerta. Pasos rápidos.
—Repítalo.
—Creo que Irene empezó a existir antes de que utilizaran mi cara.
—¿Por qué?
—Porque el contrato más antiguo que me han enviado está vinculado a una mujer que conocía a mi padre en 2005.
—Eso no demuestra que Irene existiera entonces.
—No.
—Entonces no saque conclusiones.
—Tiene gracia que me lo diga usted.
Adrián ignoró el comentario.
—¿Cómo se llama esa mujer?
Valeria miró el documento.
—Celia Aranda.
Silencio.
Otra vez.
—¿La conoce?
—No.
—Ha tardado.
—Estoy pensando.
—Pues piense más rápido.
—¿Dónde está?
—En un sitio seguro.
—Eso no responde.
—Exacto.
Adrián soltó aire.
—No vaya a ver a Celia Aranda.
Valeria miró la dirección del contrato.
—Ni siquiera sé si vive allí.
—Mejor.
—¿Por qué no quiere que vaya?
—Porque alguien acaba de mandarle esa información.
—Y quiere que la siga.
—Probablemente.
—Entonces tendremos que averiguar por qué.
—No “tendremos”.
Valeria sonrió sin humor.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Me sigue desde anoche, me lleva a un garaje, me enseña documentos sobre una mujer con mi cara y ahora pretende actuar como si esto fuera solo suyo.
—Nunca he dicho eso.
—Lo hace constantemente.
—Porque usted no entiende el nivel de riesgo.
—Y usted sí, pero no explica nada.
Adrián guardó silencio.
Valeria aprovechó.
—¿Qué tiene que ver Julián con Irene?
La línea quedó completamente muda.
Ni tráfico.
Ni voces.
Nada.
—Adrián.
—No vuelva a utilizar ese nombre como si supiera de qué habla.
—Entonces explíqueme.
—No.
—¿Era su hermano?
—Sí.
—¿Murió hace seis meses?
—Sí.
Valeria se incorporó.
Las fechas encajaron con demasiada rapidez.
—Cuando desapareció Irene.
Adrián no respondió.
—¿El mismo día?
Silencio.
—Adrián.
—No exactamente.
—¿Cuánto después?
—Cuarenta y ocho horas.
Valeria cerró los ojos.
—Y usted cree que ella tuvo algo que ver.
—Sí.
—¿Qué pasó?
—No por teléfono.
—Siempre tiene una excusa.
—Esto no es una excusa.
—Entonces venga.
—¿Dónde está?
Ella dudó.
—No.
—Valeria.
—Nos encontramos en un lugar público.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si la están siguiendo, un lugar público solo hará que haya más gente alrededor.
—Eso parece una ventaja.
—No cuando alguien quiere controlar una situación.
Valeria miró la hora.
Las nueve y veinte.
—Hospital.
—¿Qué?
—Donde está Tomás.
—No puede hablar con él.
—Ya veremos.
—La policía está allí.
—Mejor.
Adrián volvió a callar.
—Quince minutos —dijo al final.
Y colgó.
Tomás Cebrián estaba en observación.
Valeria llegó antes que Adrián.
No pudo entrar.
Una agente uniformada custodiaba el pasillo y pidió su nombre antes de indicarle que esperara.
—¿Está consciente?
—Sí.
—¿Ha hablado?
—Eso no puedo decírselo.
—Trabajo con él.
—Lo sé.
—¿Quién lo encontró?
—Tampoco puedo decírselo.
Valeria se sentó.
No tenía paciencia para esperar, pero no podía hacer otra cosa.
Sacó el móvil.
Volvió a abrir los documentos.
Celia Aranda.
La dirección.
Su padre.
La fotografía de 2005.
Todo parecía unido.
Pero no necesariamente de la forma correcta.
Podía ser otra trampa.
Una asociación fabricada.
Alguien sabía que investigaría.
Que buscaría.
Que compararía.
Y le estaba dejando exactamente las piezas suficientes para empujarla en una dirección.
Pensó en el mensaje.
Esta vez no podré sacarte de allí.
No era una amenaza.
No exactamente.
Parecía una advertencia.
De alguien que afirmaba haberla salvado antes.
Pero Valeria no recordaba ninguna situación parecida.
Adrián apareció al fondo del pasillo.
No llevaba abrigo.
La camisa estaba arrugada y tenía una pequeña mancha oscura en el puño derecho.
Valeria la señaló.
—¿Sangre?
Él bajó la mirada.
—No es mía.
—Eso no mejora la respuesta.
Adrián se sentó a su lado.
—Tomás recuperó la conciencia hace media hora.
—¿Quién lo encontró?
—Un vigilante del edificio contiguo.
—¿Dónde?
—En un cuarto de limpieza del primer piso.
Valeria frunció el ceño.
—Eso está al otro lado de la puerta cerrada del patio.
—Sí.
—Entonces alguien tenía acceso.
—O Tomás.
—¿Cree que fingió?
—No creo nada todavía.
—¿Qué recuerda?
Adrián miró a la agente del pasillo.
—Dice que alguien le golpeó cuando se apagaron las luces.
—¿Vio quién?
—No.
—¿Y el disco?
—Desaparecido.
—Qué sorpresa.
Adrián no reaccionó.
Valeria lo observó mejor.
Parecía cansado.
No físicamente.
De otra forma.
Más rígido de lo habitual.
—Cuénteme lo de Julián.
Él no la miró.
—Aquí no.
—Estamos en un hospital lleno de policías.
—Precisamente.
—No pienso ir a otro escondite con usted.
—No se lo he pedido.
—Entonces hable.
Adrián permaneció unos segundos en silencio.
—Mi hermano trabajaba como contable externo para varias sociedades.
—¿De Urrutia?
—Algunas.
—¿Sabía que eran criminales?
—No al principio.
—¿Y después?
—Después quiso salir.
—¿Por qué no fue a la policía?
Adrián soltó una risa breve.
—Fue.
Valeria lo miró.
—¿Qué pasó?
—Nada.