Nombre prestado

CAPÍTULO 6. La habitación 614

Adrián dejó el recibo sobre la mesa.

No volvió a tocarlo.

Valeria tampoco.

Las seis palabras permanecieron entre ambos como si ocuparan más espacio que todo lo demás.

Si aparece Valeria, no confíes en ella.

—¿Está seguro de que es su letra? —preguntó Valeria.

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

—¿Puede demostrarlo?

Adrián fue hasta un archivador, abrió el segundo cajón y sacó una carpeta más fina.

Dentro había copias de notas, facturas y varias páginas manuscritas.

Las extendió sobre la mesa.

—Julián escribía así.

Valeria comparó.

La “f” inclinada.

La forma de unir la “r” con la vocal siguiente.

Las mayúsculas demasiado rectas.

No necesitaba ser experta para ver el parecido.

—También puede falsificarse.

—Todo puede falsificarse.

—Exacto.

—Eso no significa que todo lo sea.

Valeria levantó la mirada.

—¿Y ahora qué?

Adrián no respondió.

—Hace un minuto estaba dispuesto a creer que alguien estaba construyendo una identidad alrededor de mí.

—Sigo creyéndolo.

—Pero esto le conviene demasiado.

—No me conviene nada.

—Le da una razón para volver a sospechar.

—Nunca dejé de hacerlo.

Valeria sonrió sin humor.

—Al menos eso es coherente.

Cogió su bolso.

—¿Adónde va?

—A pensar lejos de usted.

—No es buena idea.

—No necesito otra opinión.

—No es una opinión.

—Todo lo que dice termina sonando como una orden.

Adrián apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi hermano dejó una nota con su nombre.

—Y alguien la colocó aquí anoche.

—Eso no invalida su contenido.

—Tampoco lo confirma.

—No.

—Entonces estamos exactamente donde estábamos.

—No.

Valeria se detuvo.

—¿Qué ha cambiado?

Adrián miró el recibo.

—La fecha.

Ella volvió.

—Tres de noviembre de 2021.

—Sí.

—¿Qué tiene?

—Entonces yo todavía no sabía que existía alguien llamado Valeria Montejo.

Valeria frunció el ceño.

—¿Y Julián sí?

—Eso parece.

—¿Puede ser que conociera a otra Valeria?

—Podría.

—Pero no lo cree.

—No.

—¿Por qué?

Adrián abrió una fotografía en el ordenador.

La cafetería Lumen.

La misma imagen que Valeria había visto la noche anterior.

Julián sentado.

Él, más joven, frente a la cámara.

Al fondo, reflejada en el cristal, una figura femenina.

Valeria se acercó.

—No se le ve la cara.

—No.

—Entonces no demuestra nada.

—Mire la mesa.

Había un sobre.

Pequeño.

Color marfil.

Valeria lo reconoció.

No porque hubiera visto ese sobre.

Por el sello.

El mismo sello parcial de digitalización documental.

—Archivo.

—Sí.

—¿Julián tenía acceso?

—No.

—¿Irene?

—No que yo supiera.

Valeria sintió una presión en el pecho.

—Entonces alguien del archivo estaba dándoles material.

—Probablemente.

—Ramiro.

—Probablemente.

—¿Y por qué mi nombre aparece dos años antes de que usted me buscara?

Adrián cerró la imagen.

—Eso quiero saber.

—Pues estamos de acuerdo en algo.

El teléfono de Valeria vibró.

Un correo nuevo.

Sin asunto.

Sin remitente identificable.

Adjunto: una imagen.

Valeria lo abrió.

Era una tarjeta magnética de hotel.

Blanca.

Número negro:

614

Debajo, una dirección.

Un hotel del centro.

Adrián se inclinó.

—No.

Valeria alzó una ceja.

—Qué sorpresa.

—Es demasiado obvio.

—Precisamente por eso.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene. Si quieren que vaya, quiero saber qué esperan que encuentre.

—Ese razonamiento termina mal.

—También termina mal quedarse quieta.

Adrián miró la tarjeta.

—¿Conoce el hotel?

—No.

—¿Ha estado?

—Que yo recuerde, no.

—No me gusta esa respuesta.

—A mí tampoco.

Valeria amplió la imagen.

En la parte inferior había una fecha de expedición.

17/02/2024

—Hace dos años y medio.

Adrián se puso rígido.

—Esa fecha.

—¿Qué pasa?

—Julián tenía un pago de hotel ese día.

Valeria lo miró.

—¿En ese mismo?

—No lo sé.

Él abrió el ordenador.

Buscó entre los archivos.

Tardó menos de un minuto.

—Sí.

Valeria leyó la pantalla.

Cargo de tarjeta.

Hotel Arven.

17 de febrero de 2024.

—¿Se alojó?

—No consta habitación.

—¿Podría haber pagado algo allí?

—Bar. Restaurante.

—O una habitación a nombre de otra persona.

Adrián cerró el portátil.

—Vamos.

Valeria sonrió apenas.

—Ahora sí.

—No confunda aceptar una mala idea con aprobarla.

—Le queda mejor eso que dar órdenes.

El Hotel Arven no era lujoso.

Discreto.

Cuatro estrellas.

Vestíbulo pequeño.

Mármol gris.

Recepción abierta las veinticuatro horas.

Valeria entró sola.

Adrián permaneció fuera durante los primeros minutos.

Habían decidido que dos personas preguntando por una reserva antigua llamarían más la atención.

Valeria se acercó al mostrador.

—Buenos días.

El recepcionista sonrió.

—Buenos días.

—Necesito recuperar un objeto de una habitación.

—¿Está alojada con nosotros?

—No ahora.

Valeria dejó el teléfono sobre el mostrador con la fotografía de la tarjeta abierta.

—Me han enviado esto.

El hombre miró.

Su expresión cambió muy poco.

Pero cambió.

—¿Quién se lo ha enviado?

—No lo sé.

—¿Es suya?

—Eso intento averiguar.

El recepcionista miró de nuevo la imagen.

—Ese diseño de tarjeta ya no se utiliza.

—¿Desde cuándo?




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