Valeria no reaccionó enseguida.
Miró la puerta de la habitación.
Después a Adrián.
—¿Cómo que muerta?
—Eso han dicho.
—¿Quién?
—Un contacto.
—¿Qué contacto?
—Ahora no importa.
—Para mí sí.
Adrián guardó las fotografías en el sobre.
—Tenemos que salir.
Valeria se interpuso.
—No pienso moverme hasta que me diga qué ha pasado.
—Teresa está en la escalera de servicio. Alguien la encontró hace pocos minutos.
—¿La han matado?
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabe?
—No tengo detalles.
—Entonces no diga “está muerta” como si…
Se interrumpió.
La voz le falló por primera vez.
Adrián la observó sin acercarse.
—Valeria.
Ella se llevó una mano a la frente.
Teresa había estado viva diez minutos antes.
Quizá menos.
Había hablado con ellos.
Había señalado a Adrián.
Había reconocido a Ramiro.
Había dicho que Valeria había estado allí.
Luego se había marchado empujando un carro de limpieza.
Y ahora estaba muerta.
—Ha sido por nosotros.
—No.
—Acababa de hablar conmigo.
—Eso no significa que la hayan matado por hablar.
—¿De verdad va a decir eso?
—Voy a decir que todavía no sabemos nada.
—Usted sí sabe cosas. Siempre sabe cosas.
—No esta.
Valeria miró hacia el pasillo.
—Quiero verla.
—No.
—No me dé órdenes.
—Esta vez sí.
Ella levantó la vista.
Adrián no sonaba autoritario.
Sonaba alarmado.
—¿Por qué?
—Porque quien me ha llamado sabía que estábamos en la 614.
Valeria sintió que el miedo cambiaba de forma.
—¿Se lo dijeron?
—Sí.
—¿Qué exactamente?
—“Saca a Valeria de esa habitación.”
—¿Y después?
Adrián tardó un segundo.
—“Teresa ya no va a necesitarla.”
Valeria lo miró.
—¿Necesitar qué?
Él señaló la llave con la etiqueta 317.
Seguía en su mano.
—Eso.
Silencio.
Valeria bajó la mirada.
—¿Cree que Teresa sabía qué abre?
—Creo que quien ha llamado quería que pensáramos eso.
—¿Y usted qué piensa?
—Que llevamos toda la noche siguiendo instrucciones de alguien.
—No exactamente.
—Fotografía en el archivo. Correo. Tarjeta del hotel. Habitación. Llave.
Adrián señaló el sobre.
—Cada paso nos ha traído al siguiente.
Valeria comprendió.
—Nos están guiando.
—Sí.
—¿Hacia qué?
—Eso es lo que no me gusta.
Ella cerró los dedos alrededor de la llave.
—Entonces dejamos de seguir el camino.
Adrián la miró.
—¿Qué propone?
—Encontrar qué abre esto sin utilizarlo todavía.
Por primera vez él pareció aprobar una decisión suya sin reservas.
—Bien.
Valeria guardó la llave en el bolsillo interior del bolso.
—Y quiero saber qué pasó con Teresa.
—Lo sabremos.
—No después.
—Ahora no podemos bajar por la escalera de servicio.
—¿Por qué?
—Porque si realmente está allí, la policía cerrará el acceso.
—Vamos por el ascensor.
—Tampoco.
—¿Entonces?
Adrián se acercó a la ventana.
Corrió la cortina.
Sexta planta.
—No estará pensando…
—No.
—Menos mal.
—Hay otra salida.
Valeria lo miró.
—¿Cómo lo sabe?
—Los hoteles de esta antigüedad suelen comunicar plantas mediante corredores técnicos.
—Eso ha sonado demasiado específico.
—He trabajado en seguridad hotelera.
—¿En este hotel?
Adrián no respondió.
Valeria soltó aire.
—Claro.
Él abrió el armario.
Apartó varias perchas.
En la pared lateral había una puerta estrecha pintada del mismo color que el interior.
Valeria se quedó mirándola.
—¿Y usted sabía que estaba ahí?
—Sospechaba.
—Cada vez que dice “sospechaba”, descubro que llevaba tres pasos de ventaja.
—No esta vez.
Abrió.
Detrás había un corredor de mantenimiento.
Oscuro.
—Perfecto —dijo Valeria—. Exactamente lo que quería hacer hoy: escapar de un hotel por un túnel.
Adrián encendió la linterna.
—No es un túnel.
—Eso lo mejora muchísimo.
Salieron por una puerta de servicio dos plantas más abajo.
No vieron a Teresa.
Sí vieron policías.
Dos agentes hablaban con empleados del hotel. Una cinta provisional bloqueaba el acceso a la escalera lateral.
Valeria se detuvo detrás de una esquina.
—Quiero saber qué ha ocurrido.
Adrián sacó el móvil.
—Espere.
—No.
Él ya estaba llamando.
—Laura.
Valeria comprendió que hablaba con Montalbán.
—Estoy en el Arven.
Pausa.
—Sí.
Otra pausa.
Adrián miró a Valeria.
—¿Dónde la encontraron?
Escuchó.
Su expresión no cambió.
—¿Caída?
Valeria se acercó.
—¿Qué dice?
Adrián levantó una mano.
—¿Signos de violencia?
Pausa.
—Entendido.
Colgó.
—¿Qué?
—La encontraron al pie de la escalera.
—¿Se cayó?
—Eso parece.
—¿Parece?
—No hay heridas evidentes aparte del golpe de la caída.
—Entonces podría ser un accidente.
Adrián negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque el ascensor funcionaba.
Valeria tardó en entender.
—Quizá usó la escalera.
—Teresa llevaba un carro.
—Sí.
—Nadie baja un carro de limpieza por seis pisos de escalera.
Valeria sintió un vacío.
—¿Y el carro?
—Arriba.
—Entonces alguien la llevó allí.
—Probablemente.
—¿La empujaron?
—Todavía no lo saben.
Valeria cerró los ojos un momento.
—Ella nos vio entrar en la 614.
—Sí.
—Y alguien la silenció.
—Es posible.
—No diga “posible”.
Adrián la miró.
—No voy a convertir una sospecha en certeza porque usted lo necesite.