—¿Cuánto tarda en llegar a la estación? —preguntó Valeria.
Adrián ya estaba recogiendo las fotografías.
—Quince minutos si no hay tráfico.
—Vamos.
—No.
Ella lo miró.
—Ramiro está allí.
—Estaba allí hace doce minutos.
—Precisamente.
—Puede haberse ido.
—Entonces encontraremos lo que dejó.
Adrián apagó uno de los monitores.
—Eso es lo que quiere.
—¿Y?
—Que vayamos.
—Todo el mundo quiere que vaya a algún sitio o que no vaya. Empiezo a cansarme de organizar mi vida según las intenciones de desconocidos.
—Ramiro no es un desconocido.
—Peor. Confié en él durante años.
Adrián la observó.
—Por eso puede manipularla mejor.
Valeria cogió su bolso.
—No me va a convencer para quedarme.
—No estoy intentando convencerla.
—¿Entonces?
—Estoy intentando que lleguemos sin regalarle exactamente la reacción que espera.
Ella se detuvo.
—Explíquese.
Adrián señaló la captura.
—Mira a la cámara.
—Lo veo.
—No intenta ocultarse. Quiere que sepamos que está allí.
—O quiere hablar conmigo.
—Si quisiera hablar, llamaría.
—Quizá no puede.
—Puede dejar sobres con su nombre, pero no hacer una llamada.
Valeria apretó los labios.
—Tiene razón.
—No parezca tan molesta.
—Lo estoy.
Adrián guardó la llave 317.
—Entramos separados.
—¿Por qué?
—Si alguien observa, prefiero que no sepa inmediatamente que seguimos juntos.
—Ya saben que estamos juntos.
—Saberlo y verlo no es lo mismo.
—¿Y qué hago si encuentro a Ramiro?
—No se acerque.
—Eso no va a pasar.
—Entonces mantenga distancia suficiente para correr.
—¿Siempre piensa en correr?
—Siempre pienso en salir.
Valeria lo miró un segundo más.
Había algo casi íntimo en aquella frase.
No por la cercanía.
Por lo que revelaba.
Adrián no planificaba cómo ganar.
Planificaba cómo no quedar atrapado.
La estación estaba despierta a pesar de la hora.
Viajeros arrastrando maletas.
Personal de limpieza.
Pantallas anunciando salidas.
Una cafetería abierta.
Gente con sueño.
Ruido suficiente para ocultar cualquier conversación.
Valeria entró por el acceso principal.
Adrián lo hizo por otro.
No volvió a verlo.
Las consignas estaban al final de un corredor lateral.
Valeria caminó sin prisa.
No quería parecer nerviosa.
Tampoco sabía para quién actuaba.
Al doblar la esquina vio la fila.
Continuó.
Vacía.
Ramiro no estaba.
Valeria se detuvo a varios metros.
No se acercó.
La puerta de la consigna permanecía cerrada.
Nada indicaba que alguien hubiera estado allí.
Miró alrededor.
Un hombre con una mochila revisaba su teléfono.
Una pareja discutía en voz baja.
Una mujer con abrigo gris estaba sentada cerca de las máquinas expendedoras.
Nadie parecía prestar atención.
Valeria sacó el móvil.
Mensaje de Adrián.
No abras todavía.
Respondió:
No pensaba hacerlo.
Tres puntos.
Eso sí que es nuevo.
Valeria estuvo a punto de sonreír.
Guardó el teléfono.
Volvió a mirar a la mujer del abrigo gris.
Algo en ella resultaba familiar.
No el rostro.
La forma de sentarse.
Espalda recta.
Las manos juntas sobre un bolso negro.
La mujer levantó la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
No apartó los ojos.
Valeria sintió una incomodidad inmediata.
La mujer se puso de pie.
Cincuenta años, quizá algo menos.
Cabello oscuro con mechones blancos.
Elegante sin llamar la atención.
Caminó hacia ella.
—No debería estar aquí.
Valeria se quedó quieta.
—Últimamente me lo dicen mucho.
La mujer no sonrió.
—Todavía hace bromas cuando tiene miedo.
Valeria sintió un latido fuerte.
—¿Nos conocemos?
—Sí.
—Yo no la recuerdo.
—Eso también era previsible.
—¿Quién es usted?
La mujer miró hacia las consignas.
—No abra la 317.
—¿Por qué?
—Porque ya la abrieron.
Valeria giró la cabeza.
La puerta parecía cerrada.
—¿Ramiro?
—No importa.
—Para mí sí.
—Ramiro nunca fue bueno obedeciendo órdenes.
—¿Qué órdenes?
La mujer sostuvo su mirada.
—Las mismas que usted.
—Yo no obedezco órdenes.
Algo parecido a una sonrisa apareció.
—Eso decía Irene.
Valeria sintió que la piel se le tensaba.
—¿La conoció?
—Sí.
—¿A la verdadera?
La mujer frunció el ceño.
—Qué manera tan curiosa de decirlo.
—Había otra mujer usando ese nombre.
—Sí.
—¿Cómo se llamaba usted?
—Eva Llorente.
Valeria memorizó el nombre.
—¿Trabajaba con Irene?
Eva no respondió.
—¿Con Urrutia?
Una mínima reacción.
—No diga nombres aquí.
—Todo el mundo dice lo mismo.
—Porque algunos nombres abren puertas.
—Y otros cierran bocas.
Eva la miró.
—Teresa no debió hablar.
Valeria sintió que algo se endurecía dentro de ella.
—¿La conocía?
—De vista.
—Está muerta.
—Lo sé.
—¿Cómo?
Eva no respondió.
—¿La mataron?
—No lo sé.
—¿Entonces por qué dice que no debió hablar?
—Porque hablar hace visible a la gente.
—¿Y usted qué está haciendo?
Eva bajó la voz.
—Intentar que no cometa el mismo error que Irene.
Valeria dio un paso más cerca.
—¿Qué error?
—Creer que podía salir sola.
—¿De qué?
—De una estructura que no necesita encerrarte para poseer partes de tu vida.