Nos abrazamos fuertemente a los consejos de la experiencia de una madre, siendo la única motivación que teníamos para no vernos caídos entre las aceras y sus bordes. Aprendimos a la mala a no dejarnos doblegar por las palabras de quienes creían que éramos inferiores. Avanzábamos a contracorriente… Los sueños de algunos quedaron colgados entre cables, pensando siempre que alguna vez alguien los recordaría. Muchas de las ocasiones dejábamos de lado las responsabilidades que teníamos solo para ir a la esquina que guardaba los secretos que teníamos. Medianoche en la calle, entre risas y llantos, haciendo a un lado a los espantos que nos querían ver caer. Para nosotros era importante la vida, aunque no sabíamos cómo sentirla. La esperanza de un futuro mejor salía a relucir entre copas, tabaco y llanto, el cual no podíamos controlar. De talentos escondidos no éramos herederos; solo teníamos una cosa que veníamos arrastrando por generaciones y era la pobreza, a la cual le hacíamos el feo al estar embriagados con más de siete cervezas. Los conflictos que pasábamos en un hogar que estaba roto, más las necesidades que padecíamos, eran la causa suficiente para armar una disputa e irnos a los golpes; aunque un poco torpes, eran efectivos. Buscábamos olvidar de dónde veníamos, pero no tomamos en cuenta que eso lo llevábamos en la sangre y que tiempo después lo defenderíamos hasta con la vida. Cuadernos vacíos, una educación en decadencia; los que enseñaban no tenían la decencia de explicar cómo funcionaban las cosas. Del colegio a la calle y viceversa; el hogar solo era temporal; y en él una madre lloraba por nuestra ausencia.
Llegamos a odiar las órdenes y al sistema que nos las quería imponer, gritando cosas nefastas cada que se dejaban ver. Nos metíamos en un problema cada día, pero sabíamos cómo eran los corredores del barrio y conocíamos las salidas que podíamos obtener. La calle no tiene cerca, pero es el lugar que encierra los sueños y los mata para siempre. En nuestros ojos siempre se vio reflejada la ilusión de la inocencia de quienes no conocen los perjuicios de la maldad de una persona. Recorrimos cada rincón en búsqueda de la felicidad y solo podíamos sentirnos bien en la esquina a donde las historias tomaban sentido y no había que agudizar el oído. No sabíamos a dónde podíamos llegar; simplemente no nos rendimos para de ese lugar lúgubre que no nos hacía sentir bien poder escapar. La libertad aquí tenía varios significados; algunos decían ser libres, pero ya estaban encadenados a la calle y sus vicios; otros pensaban que las órdenes y el sistema eran solo para quienes agachaban la cabeza, por lo que tenían la certeza de que nadie los podía detener, y algunos, con los sueños aún latentes y las ganas ausentes, se dejaron doblegar un poco para poder pertenecer a una sociedad y en ella encontraron la tranquilidad. Tres caminos y solo podíamos escoger uno.
Ahora nuestra locura se quedó solo en los fantasmas que llevamos por dentro; las cosas que hicimos son el susurro del recuerdo. Senderos, direcciones; la vida nos arrastró a cualquier lado y consigo nuestras imperfecciones, que de vez en cuando es bonito volver a todas esas situaciones. Noches y mañanas tristes, sobrepensando en qué podíamos mejorar y nos conformamos con la esperanza de que todo esto iba a cambiar. Pero la realidad que vivíamos era diferente. Buceando en los caminos de adoquines, sentados en la esquina de tanto caminar, jugando en la calle; nadie quería volver a su hogar. Fuimos bautizados con los sobrenombres menos oportunos para podernos identificar; ese era nuestro sello personal. Nuestros referentes eran los artistas que con sus letras y líricas nos daban mucha motivación para aguantar todas las críticas de los que no entendían el barrio. Unidos siempre, aguantando hambre, luchando para sobresalir; cada centavo era necesario para comprar mecatos o, en algunos casos, suficiente, llegando a comprar ron y aguardiente; ahogando las necesidades, calmando a nuestros espantos, sintiéndonos superiores en este mundo tan nefasto.
Noches de insomnio, como hombres llorando cada vez que nos sentíamos inconformes. Desde temprano suena el martillo, pillo para el sueño; desde antes que salga el sol, el barrio está despierto, contento para ir a buscar el pan que se debe poner en un hogar. Dejamos a los sueños en lo más alto a pesar de que nos estábamos condenando en este asfalto; siempre era motivo de salir porque para donde mires tienes que subir. De la mano con hambre, luchando contra la necesidad, recibiendo golpes aun estando en el suelo, eso nos caracterizó porque, a pesar de lo que pasó, jamás nos detuvimos. Lucimos radiantes siempre que podíamos, sufriendo y sonriendo; así es la comedia de la vida. De la tristeza es mejor no hablar porque en ese lugar vivimos y no sería culto detallar. Nosotros, incultos, no entendíamos de la tragicomedia que la vida nos estaba dando; seguimos sin voltear a ver, adoptando el personaje que nos tocó y creo que a nadie se le ocurrió revisar el guion. Sueños de todo y dueños de nada, éramos bienvenidos a naufragar por las calles bañadas en tiniebla a las tres de la madrugada.
Entre tropiezos, cantos y nada, siempre supimos el camino que nos llevaba a nuestro hogar; lo irónico es que de él queríamos siempre escapar. Vivíamos a la mala lo que alguien más nos heredó, tratando de cumplir los sueños truncados de nuestros viejos, los cuales no pudieron hacerse realidad gracias a la pobreza que los condenó. Pendientes siempre de todo, ausentes como los abrazos y temidos como los consejos; los miedos sabían lo que estábamos buscando. Solo éramos un puñado de una nueva generación, pero el barrio tiene más historia y esta se contaba por quienes, entre comillas, hicieron revolución. Más que una amistad, éramos reales sin esconder nuestras intenciones; sin tomar precauciones, conquistábamos la calle, bebiendo hasta la madrugada, llegando a casa sin ganas de nada, tratando de cerrar las cicatrices; tratándolas de curar desde adentro… El barrio, siempre poco contento de lo que veía, a nosotros nos maldijo y dijo que no teníamos un futuro. A pensar, no nos detuvimos nunca: “Vagos sin futuro”, una frase tirada al aire que en su tiempo nos molestó porque no entendíamos los perjuicios de no tener responsabilidad y estabilidad para poder controlar las cosas que los adultos conocían.