Novia Fugitiva

Caitulo 46 Provocaciones

​ La llegada de los chicos de Neo Ghost a París hace apenas un día había revolucionado a la prensa local, pero para nosotros, la proximidad física no había significado mucho. A pesar de que la banda ya estaba en la ciudad, Aron y yo todavía no habíamos podido vernos debido a nuestras apretadas agendas.

Ya pasaba de la medianoche cuando regresé a la suite del hotel Le Meurice. Exhausta, me deshice de los tacones y del elegante atuendo del día, cambiándome por algo cómodo mientras me soltaba el cabello frente al espejo. Aunque el cansancio físico pesaba en mis hombros, la mente no me daba tregua. Pensaba que la jornada había terminado y que tendría que esperar hasta el día siguiente para ver a Aron, cuando un toque suave y decidido en la puerta principal de la suite hizo que me sobresaltara.

Caminé a toda prisa por el salón y abrí la puerta.

—¡Aron! —el nombre se me escapó en un suspiro cargado de alivio y emoción.

Al abrir, me encontré con él parado en el pasillo. Lucía su ropa habitual de tono oscuro, envuelto en una chaqueta negra que le daba ese aire despreocupado y magnético que tanto me fascinaba. Mientras me miraba con esos ojos profundos, se mordía levemente el piercing del labio inferior. Se veía tan condenadamente sexy que toda la contención y el cansancio del día se desvanecieron en un segundo: no pude evitar saltar a sus brazos.

Aron me atrapó en el aire sin dudarlo, soltando una risa baja mientras me rodeaba la cintura con firmeza. Yo me aferré a su cuello y hundí el rostro en su hombro, respirando su aroma familiar.

De pronto, una risita sofocada me hizo reaccionar... y definitivamente no era la risa de Aron.

Alcé la cabeza sobre su hombro y vi a Julián junto a Kai, parados a un par de metros en el pasillo, observando nuestro reencuentro con una mezcla de diversión y burla.

—Hola, Kai —saludé con las mejillas ardiendo en un rubor repentino, todavía sujetándome de Aron.

—Hola, Phoebe —respondió Kai con una sonrisa de lado, guiñándome un ojo.

Julián negó con la cabeza de forma juguetona mientras se acomodaba junto a Kai para dejarnos espacio.

—Diviértanse, tórtolos —bromeó Julián antes de dar media vuelta, haciéndole una seña a Kai para dejar libre la zona.

—No hagan nada que yo no haría —agregó Kai riendo mientras ambos se alejaban por el pasillo.

Aron soltó una carcajada baja contra mi cuello, me sostuvo más fuerte y, sin romper el abrazo, dio un paso hacia atrás para entrar a la suite y cerrar la puerta con el pie, dejándonos finalmente a solas en la penumbra y el silencio de la habitación.

Apenas se cerró la puerta, Aron ni siquiera esperó a que mis pies tocaran el suelo por completo. Me sujetó la cara con ambas manos, encajando sus dedos en mis mejillas, y me estampó la boca contra la suya. Fue un beso directo, hambriento, de esos que te nublan el pensamiento en un segundo y te hacen olvidar el cansancio acumulado de todo el día.

—No podía esperar ni un segundo más para verte —murmuró rozando mis labios, con la voz rota y la respiración descontrolada.

Sentí un escalofrío en la nuca y volví a pegarme a él, escondiendo la cara en su cuello para respirar su olor. Aron soltó un suspiro pesado, casi ahogado, y me apretó tanto contra su cuerpo que me levantó del piso en un giro brusco. Me dio la risa por la inercia del movimiento, dejándome llevar del todo.

Cuando me volvió a bajar, no me dejó ni tomar aire. Me buscó la boca de nuevo en un beso mucho más pesado, más urgente. Sus manos bajaron directo a mis caderas para empujarme a dar pasos hacia atrás, mientras él avanzaba a ciegas sin despegarse de mí.

Avanzar así hasta la habitación fue un desastre. A mitad del salón, la espinilla de Aron chocó de lleno contra la esquina de la mesa de centro.

—Maldita sea... —gruñó entre mis labios, sin soltarme pero apretando los dientes.

Solté una risotada ahogada contra su boca, y apenas dos pasos después fui yo la que tropezó con el borde de la alfombra. Aron me agarró con más fuerza para que no termináramos los dos en el suelo, soltando otro gruñido, esta vez entre divertido y frustrado. Los tropiezos y las torpezas solo hicieron que la prisa fuera más caótica y desesperada.

Cuando las piernas de Aron chocar de golpe contra la orilla de la cama, dejó caer todo su peso sobre el colchón arrastrándome con él.

—Por fin... —resopló sobre mi cuello.

Iba a volver a reírme de su dramatismo, pero la risa se me quedó atascada en la garganta cuando Aron volvió a aplastar sus labios contra los míos. No fue un beso dulce; fue un ataque hambriento, posesivo y directo, cargado de todas las ganas que nos habíamos guardado durante días. Me mordió el labio inferior con la fuerza justa para hacerme soltar un gemido ahogado y, sin darme tiempo a reaccionar, metió la lengua con una urgencia que me hizo arquear la espalda de golpe, pegándome por completo a su cuerpo.

En la penumbra, la ropa era una molestia insoportable. Las manos de Aron bajaron frenéticas a la orilla de mi blusa, jalándola hacia arriba con una impaciencia brutal que casi rasga la tela, mientras yo peleaba a ciegas con el cinturón de sus pantalones y jalaba los botones de su camisa hasta que el primer chasquido resonó en la habitación. Ninguno de los dos tenía la paciencia para desvestir al otro con delicadeza; eran tirones torpes, respiraciones entrecortadas y dedos que temblaban por la necesidad pura de tocar piel desnuda.

Cuando por fin no quedó nada de tela entre nosotros, el impacto de su cuerpo caliente presionando directo sobre el mío me dejó sin aire.

Aron soltó un gruñido grave contra mi cuello, bajando la boca a mi clavícula para morder y chupar la piel sensible de mi garganta, sacándome un escalofrío eléctrico que me recorrió hasta la punta de los pies. Sus manos, grandes y ásperas, me recorrieron los costados con firmeza, amoldándose a mis caderas y apretándome hacia él con una posesividad que me volvió loca. Se sentía hirviendo, marcado y descontrolado por tenerme.




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