ᶜᵃᵖⁱᵗᵘˡᵒ ⁱ
ᵈⁱᵉᶜⁱˢᵉⁱˢ ᵒᵗᵒñᵒˢ
𝕻ara Duna no había mejor manera de celebrar su decimosexto cumpleaños que pasar el día sola, rodeada de criaturas mágicas del bosque que hasta entonces solo había visto en los libros.
Tres meses de silencio llegaban a su fin. Tras las vacaciones de otoño, Opcilian volvía a despertar de su largo letargo. La ciudadela, localizada en medio del mar y conectada a tierra firme mediante una extensa pasarela, recuperaba su habitual bullicio estudiantil.
Las tabernas, chocolaterías, sastrerías y tiendas de artilugios abrían sus puertas nuevamente. Como cada año, se preparaban para atender a los estudiantes durante los nueve meses que duraba el curso. Era gracias a los trabajadores de los negocios que los críos se mantenían calentitos y bien alimentados.
Por otra parte, los pegasos regresaban a su hogar después de haber pasado el otoño en los establos que tanto abundaban en las zonas rurales de Scylie. Con ellos, Opcilian recuperaba uno de sus medios de transporte más habituales. Cuando la marea subía y la pasarela quedaba sumergida bajo el agua, sus alas permitían mantener la comunicación con el resto de la nación.
Escucharlo salir de las bocas de otras personas lo hacía parecer un sueño. Ahora que Duna había visto con sus propios ojos la idílica ciudadela, confirmaba que era real y exactamente como lo describían. Podía decirlo con seguridad, pues ahora tenía el privilegio de decir que era una de las brujas que estudiaba allí.
Sin embargo, se daba la casualidad de que su primer día dentro de las murallas que tenían cientos de años era su cumpleaños. El punto a favor era que, irónicamente, en el primer día de clase no había clase. Dejaban que los estudiantes pudieran conocer el entorno, hacer migas con otros brujos y brujas, e instalarse con comodidad en las habitaciones asignadas.
Por lo que Duna ordenó sus cosas con rapidez, metió en su bolso su obsidiana negra, un frasco para recolectar las hojas que encontrara en el suelo del bosque, un sándwich de pan rústico con una generosa cantidad de chocolate para untar, agua para Heka y emprendió su marcha.
Cierto es que era bastante contradictorio. Tantas ganas tenía de pisar los suelos de Opcilian y en su primer día decidió salir de las murallas, cruzar la pasarela e irse al bosque que se extendía por la costa enfrentada a la ciudadela. Bueno, aún quedaba un curso entero para recorrer las cuestas y callejones que la conformaban.
Las hojas secas crujieron bajo sus botas al dar varios pasos intentando acariciar una ranita que acababa de cazar una libélula. Esta saltó a un tronco cercano y se quedó quieta. Duna se agachó sigilosamente tratando de no ahuyentarla. Su piel pegajosa reflejaba varias tonalidades cuando la escasa luz que se filtraba entre las copas de los pinos incidía sobre ella. Parecía ajena a su propia belleza.
La rana huyó despavorida cuando un gato negro se abalanzó sobre ella, queriendo atraparla con sus garras afiladas.
— ¡Oye! —Duna agarró a Heka del cogote—. No molestamos a las criaturas que viven por aquí.
Heka dejó de forcejear y maulló perezosamente mientras se acomodaba en el mismo tronco. Duna suspiró, se apoyó en otro árbol y se deslizó hasta quedar sentada en el colchón de hojas que se habían acumulado. Se sobresaltó de inmediato al notar lo húmedas que estaban. Se levantó y se palpó la falda, ahora mojada. Maldijo en voz baja sacudiéndose algunas hojas que se le habían quedado pegadas.
Ella no quería regresar a su nuevo dormitorio en la escuela. No quería tener que cruzarse con sus compañeras de habitación a quienes no conocía aún y sabía con certeza que no quería tener que presentarse y mantener conversaciones superficiales con preguntas como: «¿Y de dónde vienes? Ah, que guay ¿A qué se dedican tus padres? ¿Es tu cumpleaños? ¡Pues felicidades!» Sacudió la cabeza de tan solo imaginarlo. Podría quedarse a dormir en el bosque, saldría de ahí con hipotermia pero sin escuchar frases superficiales.
Mañana tendría que conocer sí o sí a sus compañeros y profesores. No tenía expectativas, iba con la mente en blanco, precisamente para no decepcionarse de cualquier imprevisto. Sentía que había pasado una eternidad desde aquellos días en los que, siendo una niña, imaginaba su futura vida estudiantil en la escuela más antigua de la nación. Corrección, más antigua y también la más caótica, según había escuchado por ahí.
Y sí, debería sentirse emocionada, ilusionada, dando saltos de alegría pero... cuando era niña, inocente y soñadora, todo lo que visualizaba desprendía una energía mágica, y ella se aferraba a esas sensaciones con toda su alma. Ya no era lo mismo. Aquella energía que antes llenaba cada rincón de su sistema se había desvanecido, reemplazada por otra mucho más pesada.
Le recordaba a su padre.
Se frotó los ojos con brusquedad obligando a su mente a no pensar en esa persona en concreto. Ella estaba allí para encontrar su rumbo, para seguir un camino sin voces adicionales en su subconsciente.