Nuestra canción

Capítulo 2

Durante unos segundos no supe qué decir.

Dante Veyron estaba sentado frente a mí.

El mismo Dante Veyron cuyos conciertos aparecían constantemente en redes sociales. El hombre cuya voz había escuchado tantas veces durante mis noches de estudio.

Y, aun así, en aquel momento no parecía una estrella.

Parecía simplemente un chico cansado.

—¿Vas a gritar? —preguntó de repente.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Normalmente esa es la parte en la que alguien grita.

Miré alrededor.

El parque estaba prácticamente vacío.

—No voy a gritar.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Ni un poquito?

Sonreí.

—Quizá por dentro.

Dante soltó una carcajada.

Y fue extraño.

Porque en todas las entrevistas que había visto de él, siempre parecía perfectamente controlado. Seguro. Elegante. Acostumbrado a las cámaras.

Pero allí estaba.

Riendo conmigo.

Sin focos.

Sin periodistas.

Sin cientos de personas llamándolo por su nombre.

—Me alegra —dijo.

—¿El qué?

—Que no hayas gritado.

—No te emociones. Hace diez minutos me despidieron.

—Ah.

—Así que ahora mismo tengo problemas mucho más importantes.

Dante se llevó una mano al pecho.

—Eso ha dolido.

—Lo siento.

—No parece.

—Porque no lo siento.

Volvió a reír.

Y yo también.

Por primera vez desde aquella mañana, sentí que podía respirar sin tener un peso enorme sobre el pecho.

Nos quedamos en silencio durante unos segundos.

Las luces sobre nosotros parpadeaban suavemente.

—¿Cuál es tu canción favorita? —preguntó Dante.

Lo miré.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Horizontes.

Su expresión cambió ligeramente.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Porque la escuchaba cuando estaba estudiando.

—¿Estudiabas qué?

—Administración.

—¿Y trabajabas de eso?

—Más o menos.

Bajé la mirada.

—Hasta hoy.

Dante no respondió inmediatamente.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Creo que no deberías hablar de tu despido como si fuera el final.

—¿Y cómo debería hablar de él?

—Como el comienzo de algo que todavía no conoces.

Solté una pequeña risa.

—Eso suena a frase de canción.

—Soy cantante. Es mi trabajo.

—Entonces espero que algún día escribas una canción sobre ser despedido.

—¿Quieres aparecer en ella?

—No.

—Demasiado tarde.

Lo miré confundida.

—¿Qué?

—Ya tengo una frase.

—¿Cuál?

Dante se inclinó un poco hacia mí.

—"La conocí cuando su mundo se apagó, bajo un árbol lleno de luces."

Sentí que algo se removía dentro de mí.

—Eso es bonito.

—Lo sé.

—Qué humilde.

—También me lo han dicho antes.

Sonreí.

El silencio volvió.

Pero esta vez no fue incómodo.

Era un silencio tranquilo.

De esos que solo existen cuando no necesitas hablar para sentirte acompañado.

Después de unos minutos, Dante preguntó:

—¿Vives cerca?

—A unas calles.

—¿Sola?

Asentí.

—¿Y tú?

Él sonrió.

—No muy lejos.

—¿No tienes guardaespaldas?

Su expresión cambió.

—Sí.

—¿Dónde están?

—Buscándome.

Abrí los ojos.

—¿Te escapaste?

—Digamos que necesitaba una noche libre.

—Te van a matar.

—Probablemente.

Me reí.

—Entonces será mejor que vuelvas.

Dante miró su teléfono.

Tenía varias llamadas perdidas.

—Supongo.

Se levantó del banco.

Por alguna razón, sentí una pequeña decepción.

No quería que la conversación terminara todavía.

Él se puso nuevamente la gorra.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no tratarme como Dante Veyron.

Lo miré.

—Esta noche no eres Dante Veyron.

Él sonrió.

—¿Entonces quién soy?

Pensé unos segundos.

—El desconocido del banco.

Dante negó con la cabeza.

—Prefiero Dante.

—Entonces tendrás que ganártelo.

—¿Volverás mañana?

La pregunta me tomó completamente desprevenida.

—¿Al parque?

—Sí.

Miré las luces.

—Quizá.

—Eso no es un sí.

—Tampoco es un no.

Sonrió.

—Entonces esperaré.

—No deberías esperar a alguien que acabas de conocer.

—Quizá tú tampoco deberías confiar en desconocidos.

—Tienes razón.

Me levanté.

—Buenas noches, Dante.

Él me miró.

—Buenas noches, Naia.

Me sorprendió que recordara mi nombre.

Caminé unos pasos y luego miré hacia atrás.

Seguía allí.

Debajo de las luces.

Observándome.

Y no sé por qué, pero tuve la sensación de que aquella no sería la última vez que lo vería.

A la mañana siguiente desperté pensando que todo había sido extraño.

El despido.

El parque.

Dante.

Sobre todo Dante.

Me preparé café y me senté frente a mi computadora.

Tenía que empezar a buscar trabajo.

No podía quedarme lamentándome.

Abrí varias páginas de empleo.

Mandé tres currículums.

Después cinco.

Después ocho.

Ninguna respuesta.

Suspiré y cerré la computadora.

En ese momento mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Contesté.

—¿Hola?

—¿Naia Ravelle?

Fruncí el ceño.

—Sí.

—Soy Dante.

Me quedé completamente quieta.

—¿Dante?

—El desconocido del banco.

Sonreí sin poder evitarlo.

—¿Cómo conseguiste mi número?

Hubo un pequeño silencio.

—Eso es complicado.

—Dante...

—Necesito pedirte algo.

—¿Qué cosa?

—¿Podemos vernos esta tarde?

Miré el reloj.

—¿Para qué?

Su voz sonó un poco más seria.

—Quiero hablar contigo sobre un trabajo.

Me quedé en silencio.

—¿Un trabajo?

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?




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