Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 11

ANTÓN.

Cuando salgo de Hematología, lo primero que hago es mirar el móvil.

Tengo dos llamadas perdidas de la planta y un mensaje de Priscila diciéndome que ya ha terminado con Valentina, aunque no necesito preguntarle dónde está porque sé perfectamente que se habrá quedado con ella. Desde que la niña empezó a encontrarse algo mejor, Priscila aprovecha cualquier momento en el que está más receptiva para trabajar con ella, y lo que al principio eran sesiones cortas porque apenas conseguía mantener su atención se ha convertido poco a poco en una rutina que Valentina espera.

Yo he tardado más de lo previsto porque los últimos resultados nos han tenido reunidos buena parte de la mañana. No hay un empeoramiento brusco, pero tampoco una mejoría suficiente para que podamos relajarnos y, después de revisar los valores con Hematología, hemos empezado a plantearnos opciones que hace dos semanas todavía no estaban encima de la mesa.

Cuando llego al pasillo, encuentro a Priscila junto a la puerta de la habitación. Tiene la bata desabrochada y está escribiendo algo en la carpeta que sostiene contra el pecho.

—¿Cómo ha ido?

Levanta la cabeza al escucharme.

—Bien. Hoy ha hablado bastante más y ha conseguido estar conmigo casi toda la sesión sin preguntarme cuándo iba a volver la hermana Clara, así que me doy por satisfecha. —Cierra la carpeta y entonces se fija en mi expresión—. ¿Qué pasa?

—¿Por qué tiene que pasar algo?

—Porque te conozco.

—Eso es discutible.

—Antón... —Sonrío ligeramente.

—Los resultados siguen sin gustarme.

—¿Han empeorado? —pregunta cambiando su expresión.

—No exactamente, pero tampoco están respondiendo como esperábamos y quiero ampliar el estudio. Hemos hablado de hacer un perfil molecular más completo y, dependiendo de lo que encontremos, valorar otras opciones.

Priscila tarda unos segundos en contestar.

—¿Otras opciones significa que estás preocupado?

—Significa que prefiero tener cinco caminos preparados antes de necesitar el segundo.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Precisamente por eso.

Me sostiene la mirada, pero no insiste. Ha aprendido durante estas semanas que, cuando todavía no tengo todas las respuestas, presionarme no sirve de mucho.

—¿Está dentro? —pregunto señalando la puerta.

—Con la hermana Clara. Están dibujando y, por primera vez en varios días, no parece demasiado interesada en saber qué hacemos nosotros.

—Milagro.

—No cantes victoria. Ha preguntado dos veces por ti. —No puedo evitar sonreír.

—Normal.

—Tu modestia sigue intacta.

—Es una de mis mejores cualidades.

Priscila pone los ojos en blanco y está a punto de responder cuando veo acercarse a dos mujeres por el pasillo. Reconozco a una de ellas por la acreditación antes incluso de que lleguen hasta nosotros.

—¿Doctor Bianchi?

—Sí. Ese soy yo —extiendo mi mano para saludar.

—Soy Elena Martín, del Servicio de Protección de Menores. Ella es Laura Sánchez, psicóloga de mi equipo. Venimos por Valentina Morata.

Miro a Priscila antes de volver a ellas.

—Nos habían avisado.

—Preferiríamos hablar primero con ustedes y con la hermana Clara antes de conocer a Valentina. Hay varias cuestiones que debemos explicarles y no creemos conveniente hacerlo delante de la niña.

—En eso estamos completamente de acuerdo —responde Priscila—. La hermana Clara está con ella ahora mismo, así que podemos hablar aquí y después la avisamos.

Elena señala una pequeña sala que hay unos metros más adelante.

—Si no les importa, preferiría que pudiéramos sentarnos.

Entramos los cuatro. Priscila se sienta a mi lado mientras Elena y Laura ocupan las sillas de enfrente. La carpeta que Elena coloca sobre la mesa no es especialmente gruesa, pero tiene el nombre de Valentina en la portada y eso basta para que no me guste verla ahí.

Elena la abre.

—Imagino que ya conocen el motivo de nuestra intervención.

—Conocemos una parte —respondo—. No se ha localizado a ningún familiar que pueda hacerse cargo de ella y el hospital ha comunicado que el ingreso puede prolongarse.

—Exactamente. Hemos agotado de momento las vías de localización que teníamos disponibles y, dado que Valentina es menor, no podemos mantener indefinidamente una situación en la que nadie ostente legalmente su representación. La hermana Clara ha estado ejerciendo como figura de referencia porque procede del centro en el que residía, pero no tiene capacidad legal para autorizar determinadas decisiones.

Priscila apoya los antebrazos sobre la mesa.

—¿Qué va a ocurrir entonces?

—Vamos a iniciar una medida de protección provisional. Mientras continúe la búsqueda de familiares y se estudie su situación, la tutela quedará bajo la administración competente.

No digo nada inmediatamente y Priscila tampoco. Es la doctora Sánchez quien rompe el silencio.

—Eso no significa que vayamos a cambiar nada de manera inmediata en su día a día. Valentina continuará ingresada aquí mientras médicamente lo necesite, seguirá viendo a la hermana Clara y ustedes continuarán siendo sus profesionales de referencia.

—Pero las decisiones que necesiten autorización pasarán por ustedes —digo. Elena asiente.

—Determinadas decisiones, sí...




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