CAPÍTULO 12
ANTÓN.
—¿Incluidas las decisiones médicas?
—Las que requieran consentimiento de su representante legal.
Me echo hacia atrás en la silla.
—Entonces tenemos un problema. —Priscila gira la cabeza hacia mí.
—¿Por lo que acabas de hablar con Hematología?
—Entre otras cosas.
Elena nos observa.
—¿Hay alguna decisión médica pendiente?
—Hay varias posibilidades que estamos estudiando. Todavía no hemos decidido ninguna porque quiero esperar a tener todos los resultados, pero si la respuesta de Valentina no evoluciona como esperamos, voy a necesitar margen para actuar.
—El hospital seguirá proporcionando el tratamiento que corresponda.
—No he dicho lo contrario.
—Entonces no entiendo dónde está el problema.
Apoyo los brazos sobre la mesa.
—El problema está en qué entiende usted por «el tratamiento que corresponda».
Priscila me mira de reojo. Sé perfectamente qué significa esa mirada, como también sé que no voy a hacerle caso.
—Antón está valorando ampliar algunas pruebas —interviene ella antes de que continúe—. Todavía no sabemos si serán necesarias, pero quiere adelantarse por si la evolución no es la esperada.
Elena vuelve a mirarme.
—¿Qué tipo de pruebas?
—Un estudio molecular más amplio para empezar. Dependiendo del resultado, podríamos plantearnos alternativas terapéuticas más específicas.
—¿Están cubiertas por el hospital?
—Algunas sí. Otras dependen de la indicación, del protocolo que terminemos siguiendo y de las autorizaciones correspondientes.
Elena guarda silencio durante unos segundos.
—Entonces, cuando tengan una propuesta concreta, tendrán que remitírnosla.
—¿Para qué?
—Para valorarla y autorizarla si requiere nuestro consentimiento.
—No me preocupa que tengan que firmar un documento. Me preocupa cuánto van a tardar en firmarlo.
Priscila se mueve en la silla.
—Antón...
—Es una pregunta bastante sencilla.
Elena no parece molestarse.
—Y la respuesta no lo es. Dependerá de lo que soliciten. Hay procedimientos que podemos autorizar prácticamente de inmediato y otros que requieren una valoración adicional, sobre todo cuando hablamos de tratamientos que no forman parte de los protocolos ordinarios o cuyo coste no está cubierto íntegramente.
Ahí está. La palabra que esperaba escuchar.
—Claro, el coste.
—Sí, doctor Bianchi. Dependerá del coste.
—Estamos hablando de una niña de cuatro años.
—Lo sé perfectamente.
—Entonces comprenderá que no voy a elegir una opción peor porque resulte más barata.
Elena cierra la carpeta despacio.
—Y yo no le estoy pidiendo que lo haga.
—Acaba de decirme que el coste puede condicionar una autorización.
—He dicho que existen procedimientos administrativos y presupuestarios que debemos respetar. El tratamiento oncológico que Valentina necesite está garantizado, pero si ustedes plantean una prueba extraordinaria, un medicamento fuera de la indicación habitual o cualquier procedimiento que no esté contemplado dentro de la cobertura ordinaria, tendremos que estudiarlo. No puedo sentarme aquí y prometerle que cualquier cosa que usted considere conveniente será autorizada sin más.
—No necesito que autoricen cualquier cosa que yo considere conveniente. Necesito que autoricen lo que sea mejor para mi paciente.
—Y para determinar eso existen comités médicos, protocolos y procedimientos que no dependen exclusivamente de usted.
Sonrío sin humor.
—Créame, sé perfectamente cómo funciona un hospital.
—Entonces sabrá también que disponer de una posibilidad médica no significa automáticamente que pueda aplicarse.
Priscila coloca una mano sobre mi antebrazo. El gesto me sorprende lo suficiente como para hacerme callar.
—Creo que estamos mezclando dos cosas —dice ella sin apartar la mano todavía—. Elena no está diciendo que Valentina vaya a quedarse sin tratamiento y Antón no está diciendo que quiera saltarse los protocolos. Lo que le preocupa es que, si aparece una opción que pueda beneficiarla, una cuestión económica retrase una decisión que médicamente tenga que tomarse rápido.
—Exactamente —respondo. —Priscila retira la mano. —Gracias, pero no necesitaba traducción.
—Pues no lo parecía.
Me ignora y vuelve a mirar a Elena.
—¿Qué ocurriría en ese caso?
Laura interviene esta vez.
—Se estudiaría de forma prioritaria. Entendemos que hablamos de oncología pediátrica y que los tiempos pueden ser importantes, pero también tenemos la obligación de garantizar que cualquier decisión extraordinaria esté justificada.
—Eso no me preocupa —respondo—. Si tengo que justificar médicamente cada decisión que tome con Valentina, lo haré. Lo que no voy a aceptar es que después de justificarla me digan que no puede hacerse porque no hay presupuesto.
Elena inspira despacio.
—No puedo garantizarle que eso nunca vaya a ocurrir.
La frase consigue que Priscila se quede inmóvil. Y yo la miro directamente.
—Repítamelo.
—Antón —murmura Priscila.
—Quiero asegurarme de que la he entendido bien.
Elena no retrocede.
—La administración dispone de unos recursos determinados y hay prestaciones extraordinarias que necesitan una autorización específica. Si llegara el momento de solicitar una de ellas, se estudiaría el caso de Valentina y se buscarían todas las vías disponibles, pero sería irresponsable por mi parte prometerle hoy algo que ni siquiera sabemos si va a necesitar.
—Pues yo se lo simplifico. Si lo necesita, se hace.
—No funciona así.
—Para mí sí.
—Pues tendrá que entender que a partir de ahora hay decisiones que no dependen únicamente de usted.
Me inclino hacia delante.
—Las decisiones médicas sobre Valentina sí dependen de mí y del equipo que la está tratando.
—Las recomendaciones médicas, sí. Las autorizaciones legales y determinados gastos extraordinarios, no.