CAPÍTULO 13
PRISCILA.
Han pasado un par de días desde la reunión con Servicios Sociales y, por fin, después de semanas, esta mañana parece haber empezado sin que nadie llegue con una carpeta bajo el brazo para complicarnos un poco más la vida.
Aunque como no, no dura demasiado.
Salgo del ascensor revisando en el móvil el mensaje que acaba de enviarme una de las psicólogas del equipo y avanzo hacia el control de enfermería sin levantar la cabeza hasta que escucho una risa que reconozco perfectamente.
No porque la haya oído muchas veces, sino porque desde que Antón llegó al hospital parece escucharse con bastante frecuencia cuando él está cerca.
Levanto la vista.
Está junto al control, con una carpeta abierta entre las manos y la bata desabrochada, hablando con la señorita Ross, una de las enfermeras que se incorporó a Oncología hace unos meses. Ella está apoyada contra el mostrador, demasiado entretenida para alguien que, supuestamente, está trabajando, y Antón parece encontrarse perfectamente cómodo con la situación.
No debería importarme, y no es que me importe. Lo que me importa es que estamos en la planta de Oncología Pediátrica y hay pacientes esperando.
Sigo caminando hacia ellos.
—Entonces tendrás que demostrármelo —está diciendo Ross cuando me acerco.
Antón sonríe.
—No suelo tener que demostrar demasiado.
Claro que no. La modestia continúa siendo una de sus grandes virtudes.
Ross vuelve a reírse y le toca el antebrazo durante apenas un instante. Un gesto insignificante que, por algún motivo, consigue que apriete con más fuerza el móvil que llevo en la mano.
Ridícula.
—Señorita Ross. —Ella se separa del mostrador en cuanto escucha mi voz.
—Doctora. No la había visto.
—Eso ya lo había supuesto.
Antón levanta la mirada de la carpeta y en cuanto nuestros ojos se encuentran aparece esa expresión suya que conozco demasiado bien.
No. Ni se te ocurra.
—¿Necesita algo? —me pregunta Ross.
—En realidad iba a preguntarte exactamente lo mismo. —Miro hacia el control y después hacia ella—. Porque si has terminado con la medicación de la doscientos dieciocho y la valoración de la doscientos veintidós, perfecto. Si no, quizá sería mejor dejar la conversación para la sala de descanso. Esto sigue siendo la planta de Oncología.
La sonrisa de Ross desaparece un poco.
—Ya he terminado con la doscientos dieciocho. Estaba esperando que Antón me confirmara una pauta.
—Doctor Bianchi —la corrijo antes de poder evitarlo.
Silencio.
Antón levanta una ceja. Ross me mira durante un segundo, casi avergonzada. Y hasta yo misma sé que acabo de pasarme.
—Doctor Bianchi —rectifica ella— él me estaba explicando precisamente eso.
—Entonces estupendo. Vaya.
—Priscila —interviene Antón con una tranquilidad que me pone todavía más nerviosa—, creo que puedo confirmar una pauta sin supervisión psicológica.
Giro la cabeza hacia él.
—No estaba supervisándote.
—Menos mal. Empezaba a sentirme observado.
—Créeme, tengo cosas bastante más interesantes que observar.
Su sonrisa se ensancha.
Maldita sea.
Ross nos mira alternativamente y tengo la sensación de que acaba de entender algo que preferiría que no entendiera.
—Bueno, pues si ya está todo claro, voy a la doscientos veintidós —dice, recogiendo lo que había dejado sobre el mostrador.
—Gracias, Ross —responde Antón.
Ella le dedica una última sonrisa.
—Luego terminamos la conversación.
—Cuando quiera.
La miro, para después mirarlo a él.
Antón tiene la desfachatez de sostenerme la mirada mientras Ross se aleja por el pasillo.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—No parece nada.
—Pues tendrás que aprender a convivir con la incertidumbre.
Intento pasar de largo, pero su voz me detiene.
—Priscila.
Me giro, y Antón sigue apoyado contra el mostrador, completamente relajado.
—¿Qué quieres?
—Saber qué demonios acaba de pasar.
—¿De verdad necesitas que te explique que una planta de Oncología no es un bar?
—No. Lo que necesito que me expliques es por qué acabas de hablarle así a una enfermera que estaba consultando una pauta.
Suelto una risa sin humor.
—Sí, parecía una consulta extremadamente compleja. Sobre todo la parte en la que tenía la mano puesta en tu brazo.
En cuanto termino de decirlo quiero tragarme mis propias palabras.
Entoces, la mirada de Antón cambia. No mucho, pero lo suficiente para saber que he metido la pata hasta el fondo.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—No pongas esa cara, ni esa expresión.
—¿Qué cara, princesa?
—La que acabas de poner porque tu ego ha decidido inventarse una historia que no existe.
Cierra la carpeta despacio.
—No necesito inventarme nada. Tú solita acabas de mencionar dónde tenía Ross la mano.
—Sólo era una observación.
—Eso está claro. Parece que te has fijado bastante bien.
—Antón, no delires, estaba delante de mí.
—También había un carro de medicación delante de ti y no te he oído mencionarlo. Lo fulmino con la mirada.
—Eres imbécil.
—Y tú, por mucho que lo niegues, estás celosa.
—No. No estoy celosa.
—Por supuesto que no.
Lo dice con tanta tranquilidad que me entran ganas de borrarle esa sonrisa de la cara a golpes.
—Me da exactamente igual con quién coquetees, con quién salgas o qué hagas cuando terminas tu turno. Lo único que me importa es que mientras estés trabajando te comportes como el médico que se supone que eres.
Su sonrisa desaparece lentamente.
—Cuidado, Priscila.
—¿Con qué?
Antón se incorpora y deja la carpeta sobre el mostrador antes de acercarse lo suficiente para que tenga que levantar un poco la barbilla para mantenerle la mirada.
—Con utilizar el trabajo para decirme cosas que no te atreves a decirme de otra manera.