CAPÍTULO 16.
PRISCILA.
No. No puedo creer lo que estoy escuchando.
—¿Dos familias? —repito, mirando a la trabajadora social que tengo delante—. ¿Me estás diciendo que ya habéis encontrado dos familias dispuestas a hacerse cargo de Valentina?
—Dos posibles familias de acogida, Priscila. Todavía estamos estudiando sus perfiles y no hay ninguna decisión tomada, pero ambas cuentan con experiencia en el cuidado de menores que necesitan atención médica. Por eso queríamos hablar contigo antes de avanzar con las valoraciones.
Me acomodo en la silla y vuelvo a mirar los documentos que hay sobre la mesa. Sabía que este momento llegaría, por supuesto que lo sabía, pero hasta ahora todo se había limitado a reuniones, informes y conversaciones sobre lo que podría ocurrir cuando Valentina estuviera preparada para abandonar el hospital. Escuchar que existen dos familias concretas cambia bastante las cosas.
—¿Y qué sabéis de ellas? Porque entiendo que tengan experiencia con menores enfermos, pero Valentina no es solamente una niña que necesita cuidados médicos. Ha perdido a su padre hace muy poco, lleva semanas ingresada y apenas está empezando a sentirse segura con las personas que tiene alrededor. No podemos pasar por alto todo eso porque haya dos familias disponibles.
Laura, la psicóloga social, intercambia una mirada con su compañera antes de responderme.
—Precisamente por eso hemos querido informarte. Nadie está planteando un traslado inmediato y cualquier incorporación a una familia tendría que hacerse de forma progresiva. Necesitamos conocer tu valoración psicológica y también la opinión del doctor Bianchi sobre sus necesidades médicas.
—Mi valoración es que todavía es pronto para hablarle de una nueva familia. Valentina está empezando a comprender que no todas las personas que se marchan desaparecen para siempre. Ha necesitado semanas para aceptar que podemos salir de su habitación y regresar después. Si ahora le presentamos a dos desconocidos y le explicamos que quizá tenga que vivir con alguno de ellos, podemos hacerle sentir que vuelve a perder a las únicas personas con las que ha conseguido establecer un vínculo.
—Lo comprendemos, Priscila, pero también debemos pensar en su futuro. El hospital no puede sustituir un entorno familiar y el acogimiento no tiene por qué representar otra pérdida. Puede ser precisamente lo que necesita para recuperar cierta estabilidad.
No discuto esa posibilidad porque sería absurdo hacerlo. Sé perfectamente que Valentina necesita una familia, una casa y personas que puedan estar con ella cuando se despierte por la noche. Lo que me preocupa es que vuelva a encontrarse en un lugar desconocido, rodeada de adultos que todavía no saben cómo reaccionar cuando se asusta o cuando deja de hablar porque algo la preocupa.
—No estoy cuestionando la necesidad de encontrarle una familia —aclaro—. Lo que quiero es que tengamos mucho cuidado con los tiempos. No podemos permitir que se ilusione con una posibilidad y después descubra que no va a hacerse realidad. Y tampoco quiero que se le comunique nada sin preparar antes cómo vamos a explicárselo.
—En eso estamos de acuerdo. De momento necesitamos que tú y el doctor Bianchi elaboréis una valoración conjunta. Cuando tengamos más información sobre las familias, volveremos a reunirnos para estudiar cómo organizar los primeros contactos.
Asiento, aunque la inquietud sigue ahí.
Durante el resto de la reunión hablamos de informes, plazos y de las condiciones que tendría que cumplir cualquier familia para atender las necesidades de Valentina. Hago varias preguntas y tomo algunas notas, pero cuando finalmente salgo del despacho tengo la sensación de que hay algo que ninguno de nosotros ha terminado de resolver.
¿De qué sirve encontrarle una familia adecuada si al final la niña siente que la están abandonando otra vez?
Camino hacia mi consulta intentando ordenar las ideas. Podría preparar mi informe, dejar constancia de mis recomendaciones y esperar a que Servicios Sociales vuelva a convocarnos, pero no me parece suficiente. Necesito hablar con alguien que conozca a Valentina tan bien como yo y que tenga capacidad para intervenir en las decisiones médicas.
Y, por mucho que me fastidie reconocerlo, ese alguien es Antón Bianchi.
Saco el móvil del bolsillo y busco su contacto. Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla, valorando si llamarlo o acercarme directamente a Oncología. Finalmente guardo el teléfono. Si está atendiendo a algún paciente no quiero interrumpirlo y, además, prefiero hablar de esto personalmente.
Cuando llego a la planta lo encuentro junto al control de enfermería, revisando unas anotaciones con uno de los residentes. Lleva la bata abierta y tiene el ceño ligeramente fruncido mientras señala algo en la pantalla del ordenador.
Espero a que termine y, cuando levanta la cabeza, sus ojos se encuentran con los míos.
—Moretti... —Su mirada se desplaza hacia la carpeta que llevo bajo el brazo—. Espero que no hayas venido a decirme que tenemos otra reunión, porque si es así, voy a empiezar a sospechar que disfrutas teniéndome encerrado en una sala contigo.
—Dejate de tonterías Antón. Necesito hablar contigo sobre Valentina. ¿Tienes un momento?