CAPÍTULO 17.
PRISCILA.
Su expresión cambia inmediatamente.
—¿Ha ocurrido algo?
—No es una urgencia médica. Me han llamado de Servicios Sociales y hay algunas novedades que creo que deberías conocer antes de que nos pidan otro informe.
Antón cierra la carpeta que estaba revisando y se vuelve hacia el residente.
—Termina de comprobar los resultados y déjamelos preparados. Ahora vuelvo.
Después me hace un gesto para que lo acompañe por el pasillo.
—Ven a mi despacho. Allí podremos hablar sin que nadie nos interrumpa.
Lo sigo hasta su despacho y espero a que cierre la puerta. Antón deja la carpeta sobre la mesa, se quita la bata y la cuelga detrás de la silla antes de mirarme.
—Bien, ahora cuéntame qué ha pasado.
—Servicios Sociales me ha informado de que ha encontrado a dos posibles familias de acogida para Valentina. Todavía están estudiando los perfiles, pero ambas tienen experiencia con menores que necesitan atención médica y quieren empezar a preparar el proceso.
Antón me escucha con atención y se queda pensativo unos segundos.
—Eso es una buena noticia, Priscila. Sabíamos que estaban buscando una alternativa para cuando pueda recibir el alta y encontrar familias con experiencia no siempre resulta sencillo.
—Ya sé que es una buena noticia sobre el papel, pero me preocupa que estén avanzando demasiado rápido. Valentina apenas empieza a confiar en nosotros y todavía tiene dificultades para comprender por qué tiene que estar aquí. No sé cómo va a reaccionar cuando le digamos que tendrá que irse a vivir con personas a las que no conoce.
—¿Te han dado alguna fecha para empezar las visitas?
—No. Todavía no han decidido nada y quieren que presentemos una valoración conjunta antes de seguir adelante.
—Entonces tenemos tiempo para preparar las cosas. —Se apoya en el escritorio y cruza los brazos—. No podemos impedir que busquen una familia para ella, Priscila. Tarde o temprano tendrá que salir del hospital y necesitará un entorno estable donde puedan ocuparse de sus cuidados.
—No quiero impedirlo, Antón. Lo que quiero es evitar que vuelva a empezar de cero. ¿Sabes lo que le ha costado acostumbrarse a nosotros? Al principio apenas hablaba, rechazaba cualquier contacto y se asustaba cuando alguien entraba en su habitación. Ahora empieza a preguntar, a expresar lo que quiere y a confiar en que vamos a regresar cuando le decimos que volveremos. No puedo ignorar todo ese trabajo.
—Ni yo te estoy pidiendo que lo ignores. Pero tampoco podemos dar por hecho que conocer a una familia vaya a ser perjudicial para ella. Puede que esas personas consigan ofrecerle precisamente la estabilidad que tanto necesita.
Lo miro con cierta frustración.
—¿De verdad crees que es tan sencillo?
—No he dicho que sea sencillo. Lo que digo es que todavía no conocemos a esas familias ni sabemos cómo pretenden organizar el acogimiento. Antes de preocuparnos por lo que podría salir mal, deberíamos averiguar qué opciones tenemos.
—Antón, soy perfectamente consciente de cómo funciona un proceso de adaptación. No necesito que me expliques mi trabajo. Lo que me preocupa es Valentina, no los trámites.
Él levanta ligeramente las cejas y una sonrisa aparece en su boca.
—Ya decía yo que estábamos tardando demasiado en discutir.
—No estoy discutiendo contigo.
—Todavía no, pero acabas de poner esa cara que significa que dentro de unos segundos vas a explicarme por qué soy un completo idiota.
—No necesito explicártelo. Estoy segura de que puedes llegar a esa conclusión por tu cuenta.
Antón suelta una carcajada y niega con la cabeza.
—Ahí está mi princesa guerrera. Empezaba a preocuparme que hubieras venido a pedirme ayuda sin intención de insultarme.
Aprieto los labios para no sonreír, porque no pienso darle esa satisfacción.
—He venido porque eres su oncólogo y porque necesito que estemos de acuerdo antes de presentar los informes. Si vas a dedicarte a hacer bromas, puedo marcharme y enviarte mis conclusiones por correo.
—Siéntate, Priscila. —Señala la silla frente a su escritorio—. Y deja de enfadarte por todo lo que digo, que estoy intentando hablar contigo.
—Pues podrías intentarlo sin provocarme cada dos minutos.
—Podría, pero entonces nuestras conversaciones serían bastante aburridas.
Me siento y dejo la carpeta sobre la mesa, mientras él ocupa su silla y acerca los documentos hacia sí.
Florecillas seguid leyendo que hay doble capítulo.