CAPÍTULO 18.
PRISCILA.
—Explícame exactamente qué te han dicho sobre esas familias —me pide, esta vez con un tono completamente profesional—. Quiero saber qué experiencia tienen, qué tipo de seguimiento pueden asumir y si han recibido formación para atender a una niña con las necesidades de Valentina.
Le resumo la reunión y le explico que todavía no nos han facilitado información detallada porque las valoraciones siguen abiertas. Antón escucha sin interrumpirme y va haciendo algunas anotaciones en una hoja.
—Bien. Entonces lo primero será solicitar esa información antes de emitir una opinión definitiva —dice cuando termino—. Yo prepararé un informe sobre su situación clínica, los controles que necesitará y las condiciones que debe cumplir cualquier persona que vaya a hacerse cargo de ella. Tú puedes centrarte en la adaptación emocional y en cómo deberían organizarse los primeros encuentros.
—Eso es precisamente lo que quería proponerte. También creo que deberíamos pedir que las visitas se hagan de forma progresiva y, al menos al principio, en un entorno donde Valentina se sienta segura. No quiero que aparezcan dos adultos desconocidos y empiecen a hablarle de una casa nueva cuando todavía no sabe qué va a ocurrir con la suya.
—Me parece razonable. Podemos solicitar una reunión con Servicios Sociales cuando tengamos los informes preparados y explicarles por qué consideramos importante mantener cierta continuidad durante el proceso.
Lo observo unos segundos, sorprendida de que hayamos conseguido ponernos de acuerdo sin necesidad de seguir discutiendo.
Antón parece darse cuenta porque vuelve a sonreír.
—¿Qué ocurre? ¿Te sorprende que sea capaz de darte la razón?
—Me sorprende que no hayas intentado llevarme la contraria durante veinte minutos.
—No te emociones. Sigo pensando que te estás adelantando a una situación que todavía no conocemos. Pero eso no significa que no tengas argumentos válidos.
—Qué generoso por tu parte reconocerlo.
—Lo soy. Es una de mis muchas virtudes, aunque tú insistas en ignorarlas.
Sacudo la cabeza y abro la carpeta para enseñarle las anotaciones que he tomado durante la reunión. Durante un rato revisamos las recomendaciones que queremos incluir y discutimos algunos detalles relacionados con las visitas, el acompañamiento psicológico y la necesidad de mantener informada a la hermana Clara.
Cuando terminamos, Antón deja el bolígrafo sobre la mesa.
—Hay algo que quiero que tengas presente, Priscila. Si esas familias son adecuadas y Valentina consigue establecer un vínculo con alguna de ellas, tendremos que ayudarla a aceptarlo. No podemos convertirnos en un obstáculo porque nos cueste verla marcharse.
Levanto la mirada.
—¿Crees que eso es lo que estoy haciendo?
—Creo que te has encariñado muchísimo con ella. Y no te lo reprocho, porque a mí me ocurre exactamente lo mismo. Pero también sé que ninguno de los dos puede ofrecerle desde este hospital lo que necesita fuera de él.
Su respuesta me hace bajar la vista hacia los documentos.
—Lo sé, Antón. Sé que necesita una familia y que no podemos pretender que se quede aquí para siempre. Lo que me cuesta aceptar es que tenga que acostumbrarse otra vez a personas nuevas después de todo lo que ha perdido. Ayer me preguntó si podría seguir viniendo a verla cuando saliera del hospital y no supe qué responderle.
Él guarda silencio durante unos segundos.
—A mí me preguntó si las otras casas también tienen luces encendidas por la noche. Pensé que hablaba del orfanato, pero quizá ya está intentando imaginar cómo será vivir en otro sitio.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. Que tenga miedo y no sepa cómo explicárnoslo.
—Entonces tendremos que darle tiempo para hacerlo. Y cuando sepamos algo concreto, se lo contaremos de una manera que pueda entender. No voy a permitir que nadie le prometa cosas que todavía no sabemos si van a cumplirse.
Lo miro y recuerdo aquella mañana en la que Valentina se negó a dejar que le pusieran una vía hasta que Antón le prometió que no le mentiría. Desde entonces ha cumplido su palabra incluso cuando decirle la verdad resulta complicado.
—Gracias —murmuro.
Antón levanta una ceja.
—¿Acabas de darme las gracias, Moretti? Espera, voy a apuntarlo antes de que lo niegues.
—No lo estropees.
—Es que estas cosas no ocurren todos los días. Debería llamar a Aurora para contárselo.
—Como llames a tu hermana para decirle semejante tontería, te juro que...
—Tranquila, princesa. Guardaré nuestro pequeño momento de cordialidad en secreto.
Me levanto antes de que consiga hacerme perder la paciencia otra vez y recojo mis documentos.
—Mañana te enviaré el informe para que lo revisemos antes de presentarlo.
—Perfecto. Y, Priscila...
Me detengo junto a la puerta y me vuelvo.
—¿Qué?
Antón ya no sonríe.
—Si después de conocer a esas familias creemos que ninguna está preparada para cuidar de Valentina, lo diremos. No voy a firmar ningún informe favorable solo porque alguien tenga prisa por resolver su situación.
Lo observo durante unos segundos. Es exactamente lo que necesitaba escuchar cuando he salido de aquella reunión y, aunque no pienso reconocérselo otra vez, me tranquiliza saber que compartimos esa preocupación.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Parece que sí. Procura que no se convierta en costumbre, que tengo una reputación que mantener.
Niego con la cabeza y salgo de su despacho antes de que vuelva a provocarme.
Mientras camino hacia mi consulta, repaso mentalmente todo lo que hemos hablado. Sigo sin estar convencida de que Valentina esté preparada para enfrentarse a otro cambio, pero al menos ahora sé que no tendré que defender mi postura sin contar con la opinión de quien mejor conoce su situación médica.
Lo curioso es que, cuando he decidido buscar a Antón, esperaba encontrarme con una discusión mucho peor.