Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 21.

CAPÍTULO 21.

ANTÓN.

Cuando llego al despacho de Priscila, la encuentro sentada frente al ordenador, con una taza de café a medio terminar y varios documentos extendidos sobre la mesa. Está tan concentrada en lo que lee que apenas levanta la cabeza cuando llamo a la puerta. Desde la reunión de ayer con los Salvatore apenas hemos tenido ocasión de hablar, aunque por lo que la conozco, imagino que habrá pasado una buena parte de la noche pensando en lo que pasó. Todavia no he podido decirle que la segunda familia no está disponible, por lo que yo tampoco he conseguido quitarme de la cabeza la entrevista, especialmente la facilidad con la que ese matrimonio hablaba de las necesidades de Valentina como si fueran inconvenientes que debían compensarse económicamente.

—Laura acaba de llamarme —le digo, entrando cuando me hace un gesto para que pase—. Elena quiere reunirse con nosotros esta mañana para revisar las candidaturas.

Priscila aparta el documento que está leyendo.

—¿Han tomado alguna decisión respecto a los Salvatore?

—No me ha dado detalles. Quiere que llevemos los informes que preparamos ayer y que revisemos con ellas las posibilidades de acogimiento.

—El mío está terminado. He incluido las observaciones de la entrevista y una valoración de las necesidades emocionales de Valentina. También he insistido en la importancia de que conozca progresivamente a sus futuros cuidadores.

—Yo he hecho lo mismo con la parte médica. Necesitamos una familia que comprenda el tratamiento y esté dispuesta a participar en él, no alguien que considere una molestia venir al hospital.

Priscila suspira mientras recoge sus documentos.

—Todavía no entiendo cómo pudieron presentarse aquí con esa actitud. Ni siquiera preguntaron si Valentina estaba asustada, si hablaba de sus padres o si había conseguido adaptarse al ingreso.

—Preguntaron muchas cosas, lástima que ninguna tuviera demasiado que ver con ella.

—Eso precisamente es lo que me preocupa.

Veo como se levanta y se coloca la carpeta bajo el brazo. La observo detenidamente mientras comprueba que lleva todos los documentos y me doy cuenta de que tiene unas pequeñas ojeras. Lleva semanas dedicándole a Valentina más tiempo del que exige su trabajo, cuando termina su jornada, todavía encuentra alguna excusa para pasar por su habitación.

—¿Has dormido algo? —le pregunto.

Levanta la mirada con evidente desconfianza.

—¿Desde cuándo te interesa mi horario de sueño?

—Desde que estás mirando esa carpeta como si quisieras atravesarla con los ojos.

—He dormido perfectamente.

—Entonces tienes una manera muy particular de demostrarlo.

—Bianchi, ¿has venido a buscarme para la reunión o para analizar mi aspecto?

—Puedo hacer ambas cosas. Soy un hombre con muchas capacidades.

Me dedica una mirada de advertencia, pero no insiste. Salimos juntos al pasillo y caminamos hacia los ascensores, comentando algunos puntos de nuestros informes. Trabajar con ella resulta sorprendentemente sencillo cuando conseguimos dejar a un lado nuestras diferencias personales. Priscila es rigurosa, sabe escuchar y tiene una sensibilidad especial para comprender lo que los niños necesitan incluso cuando no encuentran las palabras para expresarlo.

Supongo que eso fue una de las primeras cosas que me enamoraron de ella.

El pensamiento aparece sin que pueda evitarlo y me obliga a apartar la mirada. Hace meses que procuro no detenerme demasiado en lo que sentí por Priscila, aunque cada día me resulta más difícil convencerme de que todo pertenece al pasado.

—¿Cómo está Valentina esta mañana? —pregunta mientras esperamos el ascensor.

—Ha desayunado un poco mejor y sigue sin fiebre. Los resultados todavía requieren vigilancia, pero al menos no hemos tenido complicaciones nuevas.

—Me alegro. Ayer Hermana Clara me comentó que había vuelto a preguntar cuándo podría salir del hospital.

—También me lo preguntó a mí. Le expliqué que todavía teníamos que seguir cuidándola aquí.

Priscila asiente, aunque su expresión se entristece.

—Ojalá pronto podamos darle una respuesta que la haga sonreír.

—Estamos trabajando para eso.

Las puertas del ascensor se abren y entramos sin añadir nada más. Al fin desde que volví a Roma, el silencio entre nosotros no resulta incómodo.

💙💙💙

Elena nos recibe en una sala pequeña de la planta administrativa. Laura está sentada a su lado, con los informes que enviamos ayer y varias anotaciones extendidas sobre la mesa. Ambas nos saludan cordialmente, pero hay algo en sus expresiones que me hace pensar que la reunión no será tan sencilla como esperaba.

Priscila ocupa la silla a mi derecha y abre su carpeta.

—Gracias por venir con tan poca antelación —comienza Elena—. Hemos revisado vuestras valoraciones y también mis notas de la entrevista con los Salvatore. Hay varios aspectos que consideramos preocupantes y que tendremos que trasladar al equipo encargado de evaluar su idoneidad.

—Desde el punto de vista médico, no considero recomendable avanzar con esa candidatura sin una revisión exhaustiva —respondo—. No demostraron comprender la disponibilidad que requiere el tratamiento de Valentina y, cuando intentamos explicarles sus necesidades, volvieron repetidamente al asunto de las compensaciones.

—En el ámbito emocional ocurre algo parecido —añade Priscila—. Valentina ha sufrido pérdidas muy importantes y todavía está intentando recuperar una sensación mínima de seguridad. Necesita adultos capaces de ofrecerle estabilidad, paciencia y afecto, especialmente durante los primeros meses de convivencia.

Elena consulta una de las páginas y asiente.

—Compartimos varias de esas preocupaciones. Por eso hemos decidido solicitar una revisión de la candidatura antes de plantear cualquier contacto con la niña.

—Me parece una decisión prudente —contesto.

—Sin embargo, hay otra cuestión que debemos comunicaros.




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