CAPÍTULO 23.
ANTÓN.
Son casi las siete de la tarde cuando termino de revisar los últimos resultados y consigo sentarme en mi despacho. He pasado por la habitación de Valentina después de comer y la he encontrado dormida, con Hermana Clara a su lado. La enfermera me ha comentado que Priscila había estado bastante tiempo con ella y que habían pasado parte de la tarde dibujando.
Estoy terminando de redactar unas recomendaciones cuando escucho dos golpes suaves en la puerta.
—Adelante.
Es Priscila la que entra con unos documentos en la mano y parece cansada, aunque intenta disimularlo.
—¿Te molesto?
—Nunca tanto como te gustaría. Venga pasa.
Entra y cierra la puerta detrás de ella.
—He terminado la ampliación del informe. Quería que le echaras un vistazo a las recomendaciones relacionadas con el tratamiento.
—Déjamelo. Podemos revisarlo ahora.
Se sienta frente a mí y durante varios minutos trabajamos sobre el documento. Hay apartados que conviene aclarar y otros que completamos con observaciones médicas. Priscila escucha mis sugerencias, modifica un par de frases y me pregunta por las precauciones que deberá seguir cualquier familia cuando Valentina pueda abandonar el hospital.
Todo transcurre con normalidad hasta que llegamos al apartado dedicado a la adaptación emocional.
—Creo que deberíamos insistir en que no se le comunique ninguna posibilidad de acogimiento hasta que exista una candidatura lo suficientemente valorada —comenta—. No podemos permitir que se ilusione con personas que después no sean las indicadas.
—Estoy de acuerdo. —Priscila baja la mirada hacia las hojas.
—Hoy me ha preguntado si tú y yo seguiremos viéndola cuando salga del hospital.
—¿Qué le has dicho?
—Que todavía falta tiempo para eso y que, cuando llegue el momento, hablaremos con ella para explicarle cómo serán las cosas.
—Has hecho bien.
—Después me ha preguntado si nosotros también nos despediremos de ella.
La observo mientras acaricia distraídamente el borde de la carpeta.
—Priscila...
—No he sabido qué contestarle, Antón. —Levanta la mirada y descubro que tiene los ojos brillantes—. Sé perfectamente cuál es nuestro papel, que hay que ser objetivos, sé que no podemos hacer promesas que no dependen de nosotros, pero verla preguntando si vamos a marcharnos también...
Se interrumpe y aprieta los labios.
Me levanto despacio y rodeo la mesa. Ella permanece sentada, intentando recuperar la compostura, hasta que me detengo a su lado.
—Has hecho todo lo que estaba en tu mano —le digo—. Valentina confía en ti porque has estado con ella desde el principio, porque la escuchas y porque siempre encuentra en ti a ese alguien que está dispuesto a quedarse cuando tiene miedo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque no puedo quedarme siempre.
Una lágrima le resbala por su mejilla. Priscila baja inmediatamente la cabeza, enfadada consigo misma, y yo siento una opresión en el pecho que no tiene nada que ver con lo ocurrido durante la reunión.
He visto llorar a Priscila antes. Recuerdo momentos de nuestra relación en los que se emocionaba viendo alguna película o hablando de su familia, pero también recuerdo la última vez que la vi con lágrimas en los ojos, cuando me acusó de haberle mentido y se marchó sin darme la oportunidad de explicarle lo que había sucedido.
Desde entonces he pensado demasiadas veces en aquella noche.
—Ven aquí —murmuro.
No intenta apartarse cuando le ofrezco la mano. Se levanta y, en cuanto queda frente a mí, termina apoyando la frente contra mi pecho.
Y la abrazo.
Al principio permanece rígida, como si todavía estuviera decidiendo si debe permitirme hacerlo, pero enseguida sus brazos rodean mi cintura y siento que se aferra a mi camisa. Le acaricio la espalda despacio, sin intentar que deje de llorar ni decirle que tiene que tranquilizarse.
—Me da mucha pena, Antón —susurra—. Es tan pequeña y ha perdido tantas cosas que no entiendo cómo todavía puede sonreírnos con esa sinceridad cuando entramos en su habitación.
—Lo sé, cariño.
La palabra se me escapa con la misma naturalidad de antes, cuando podía llamarla así sin pensar en las consecuencias. Priscila levanta la cabeza y me mira, sorprendida, pero no se aparta.
—No me llames así —murmura.
—Perdona.
—No es que me moleste...
Deja la frase sin terminar. Tiene las mejillas húmedas y los ojos enrojecidos, y me resulta imposible verla así de vulnerable sin sentir unas ganas enormes de protegerla de todo lo que la está haciendo sufrir.
Le aparto con el pulgar una lágrima que todavía cae.
—Me gustaría poder darte una solución para Valentina ahora mismo —le digo—. Me gustaría que mañana entráramos en su habitación y pudiéramos contarle que hemos encontrado a alguien que va a cuidarla como merece. Pero todavía no podemos hacerlo.
—Ya lo sé.
—Lo que sí puedo decirte es que no voy a dejar de buscarla, ni tampoco voy a dejarte sola buscándola. Vamos a encontrar una solución juntos.
Priscila me mira durante unos segundos. Apoya las manos en mi pecho y noto cómo sus dedos se cierran suavemente sobre la tela de mi camisa.
—Antón, no tienes que...
—No tengo, pero quiero hacerlo.
No sé cuánto tiempo permanecemos mirándonos. Solo sé que llevo meses intentando convencerme de que puedo estar cerca de ella sin recordar lo que tuvimos, y que ahora, mientras le acaricio la mejilla, me doy cuenta de lo inútil que ha sido todo ese esfuerzo.
—No soporto verte llorar —murmuro.
—Se me pasará.
—Ya sé que se te pasará, princesa. Siempre encuentras la manera de salir adelante, incluso cuando te empeñas en no dejar que alguien tan inteligente como yo te ayude. —Bromeo y una pequeña sonrisa aparece en sus labios.
—Sigues siendo un arrogante.
—Y tú sigues teniendo un carácter imposible.