Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 24

CAPÍTULO 24.

PRISCILA.

Llevo casi diez minutos mirando el mismo documento sin conseguir concentrarme en una sola línea.

He intentado revisar las recomendaciones que preparé para Servicios Sociales, responder dos correos pendientes y organizar las consultas de la mañana, pero mi cabeza insiste en regresar al despacho de Antón y a lo que ocurrió ayer por la tarde.

Todavía puedo recordar sus manos en mi cintura, la manera en que me abrazó cuando empecé a llorar y lo fácil que resultó olvidarme de todas las razones por las que llevaba meses manteniéndolo a distancia. Lo peor es que no puedo echarle toda la culpa. Me besó primero, sí, pero fui yo quien volvió a buscar sus labios cuando tuvimos ocasión de detenernos.

No me arrepiento, y eso es precisamente lo que me preocupa. Porque Antón sigue siendo el mismo hombre del que me enamoré, con su arrogancia, su seguridad y esa facilidad desesperante para conseguir que termine sonriendo incluso cuando estoy enfadada con él. Pero también sigue siendo el hombre al que vi con Marcela, el que supuestamente iba a casarse con otra mujer mientras mantenía una relación conmigo.

No hemos hablado de lo que pasó. Ni siquiera lo hicimos ayer cuando estuvimos tan cerca que habría bastado con decir una palabra para empezar a aclararlo.

Suelto un suspiro y cierro el documento. Ahora mismo tengo problemas bastante más urgentes que mis sentimientos por Antón.

La imagen de Valentina vuelve a mi cabeza. Ayer, cuando me preguntó si seguiríamos visitándola después de salir del hospital, sentí una tristeza que todavía no he conseguido sacudirme. Lleva semanas acostumbrándose a nuestra presencia, a la compañía de Hermana Clara y a las rutinas que hemos conseguido establecer para que el ingreso le resulte menos angustioso.

Ahora, mientras nosotros seguimos buscando una familia, ella continúa esperando sin saber qué ocurrirá con su vida.

Me levanto y camino hasta la ventana. Desde aquí puedo ver parte del jardín del hospital, donde una pareja pasea despacio con un niño pequeño que lleva una gorra azul. El hombre lo sostiene de la mano mientras la mujer se agacha para ajustarle la chaqueta.

Los observo unos segundos y entonces aparece un pensamiento que llevo intentando apartar desde ayer.

¿Y si fuera yo quien se hiciera cargo de Valentina?

No es la primera vez que pasa por mi mente esa idea. Durante las últimas semanas he imaginado cómo sería verla fuera del hospital, llevarla a casa, prepararle el desayuno o acompañarla a sus revisiones sin tener que despedirme de ella cuando termina mi jornada.

Hasta ahora siempre había considerado que eran pensamientos provocados por el cariño que le tengo, pero después de lo ocurrido con los Salvatore y de saber que no existe otra familia disponible, esa posibilidad empieza a parecerme algo que necesito estudiar seriamente.

Tengo una casa, un trabajo estable y una familia rica y con influencias que podría ayudarme. Conozco la enfermedad de Valentina, sus miedos y las dificultades que puede presentar su adaptación. No sería sencillo compaginar mis responsabilidades con sus cuidados, pero tampoco es algo que pueda descartar sin haberlo intentado.

Cojo el teléfono y busco el número de Laura.

—Buenos días, Priscila —me saluda después de varios tonos—. ¿Ocurre algo con Valentina?

—No, tranquila. Quería preguntarte si Elena estará disponible esta mañana. Necesito hablar con vosotras sobre una cuestión relacionada con su acogimiento.

—Creo que tiene una reunión hasta las once. ¿Es algo que podamos comentar por teléfono?

Miro nuevamente hacia el jardín.

—Preferiría hacerlo personalmente.

—De acuerdo. Le preguntaré y te avisamos.

Cuando termino la llamada, me quedo unos segundos con el teléfono entre las manos. No sé qué me dirán ni si existe alguna posibilidad real de que valoren mi propuesta, pero por primera vez desde la reunión con los Salvatore siento que estoy intentando encontrar una alternativa que no depende únicamente de esperar.

💙💙💙

Antón aparece en mi despacho poco antes del mediodía. Llama a la puerta y entra con una carpeta bajo el brazo, tan tranquilo como si ayer no hubiera pasado absolutamente nada entre nosotros.

—Buenos días, Moretti.

—Buenos días.

Se detiene frente a mi mesa y me observa con una sonrisa que conozco demasiado bien.

—¿Qué ocurre? ¿Hoy no vas a amenazarme o echarme de tu despacho?

—Depende de cuánto tardes en empezar a molestarme.

—Entonces intentaré aprovechar los primeros cinco minutos.

Lo miro mientras deja la carpeta sobre mi mesa. Lleva la bata abierta sobre una camisa blanca y tiene el cabello ligeramente despeinado. Recuerdo mis dedos enredados en él y aparto rápidamente la mirada hacia los documentos.

—He hablado con Laura —comenta—. Han empezado a consultar otros recursos, aunque todavía no hay ninguna novedad.

—Precisamente quería hablarte de eso.

Su sonrisa desaparece cuando advierte mi seriedad.

—¿Ha ocurrido algo?

—No. Pero llevo pensando en una posibilidad desde ayer y quiero comentársela a Elena.

—¿Qué posibilidad?

Me tomo unos segundos antes de responder.

—Quiero saber si puedo solicitar que me valoren como familia de acogida para Valentina.

Antón permanece inmóvil.

—¿Tú?

—Sí, yo.

Deja de apoyarse en la mesa y se sienta frente a mí.

—Priscila, ¿lo has pensado bien?

—Llevo semanas pensándolo, aunque hasta ahora no me había atrevido a planteármelo seriamente.

—No estoy cuestionando que puedas cuidarla.

—Pues tu cara dice otra cosa.

—Mi cara solo está intentando comprender por qué me entero ahora de que estás considerando convertirte en la familia de acogida de una de mis pacientes.

—Porque es una decisión personal, Antón, y todavía no sé si será posible.

Me observa unos segundos antes de asentir.




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