Nuestra pequeña tregua

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 20.

ANTÓN.

Me recuesto en la silla, observándolo con una tranquilidad que estoy muy lejos de sentir.

—Voy a hacerles una pregunta bastante sencilla. ¿Qué saben de Valentina?

Silvia parece sorprendida.

—Que tiene cuatro años, que está enferma y que no tiene familia.

—¿Y qué más?

—Bueno, suponemos que ya nos irán contando sobre sus cosas. ¿No?

—¿No tienen curiosidad por saber cómo es? ¿Qué le gusta hacer? ¿Qué cosas le dan miedo?

Roberto se encoge de hombros.

—Eso ya lo averiguaremos cuando la niña esté con nosotros.

—Curioso —murmuro.

—¿El qué? —pregunta.

—Que llevan media hora interesados en las cantidades que podrían recibir y todavía no han hecho una sola pregunta sobre Valentina.

Silvia se cruza de brazos.

—Mire, doctor, hemos venido porque nos han llamado. Son ustedes los que los necesitan. Nosotros no tenemos ninguna obligación de hacernos cargo de ella.

—En eso estamos completamente de acuerdo.

—Antón —interviene Laura, intentando reconducir la conversación—. Quizá deberíamos centrarnos en las necesidades médicas.

—Encantado —respondo, aunque no aparto la mirada del matrimonio—. Valentina está sometida a un tratamiento que puede provocar complicaciones importantes. Necesita venir a controles frecuentes y, cuando pueda regresar a un domicilio, habrá que seguir unas indicaciones médicas muy muy estrictas. Además, su de que su situación emocional requiere especial atención.

—¿Y todo eso lo cubre la Seguridad Social? —pregunta Roberto.

Tardo unos segundos en responder.

—Su atención sanitaria está garantizada. Pero habrá desplazamientos, tiempo de acompañamiento y responsabilidades que no pueden delegar al hospital.

—Entonces habrá que tener en cuenta esos gastos —insiste.

Priscila se vuelve hacia Elena.

—Creo que sería conveniente revisar la valoración de esta candidatura antes de plantear cualquier acercamiento con Valentina.

—Priscila... —comienza la trabajadora social.

—No estoy cuestionando sus experiencias anteriores —continúa ella—. Estoy cuestionando si hoy comprenden las necesidades de esta niña y si están dispuestos a asumirlas.

Roberto se incorpora en su asiento, indignado.

—Perdone, pero me parece increíble que nos estén juzgando por preguntar cuánto nos van a pagar.

—No los estamos juzgando por preguntar —respondo—. Estamos valorando sus respuestas.

Silvia suelta un suspiro exagerado.

—Pues sinceramente, pienso que si vamos a recibir lo mismo que por un niño sano, tendremos que pensarlo, porque una niña con cáncer es muchísimo más trabajo.

La silla de Priscila se mueve bruscamente contra el suelo.

—Creo que ya hemos escuchado suficiente.

Se pone en pie y recoge su carpeta mientras Roberto empieza a protestar. Yo también me levanto, aunque antes de intervenir miro a Elena, que ha dejado de escribir y observa al matrimonio con evidente incomodidad.

—Nadie les está obligando a aceptar el acogimiento —les recuerdo—. Y, después de lo que acabamos de escuchar, creo que sería conveniente que se plantearan seriamente si están preparados para hacerlo.

—Pues vaya manera de tratar a una familia que viene a ofrecer su ayuda —responde Roberto—. Luego se quejarán de que nadie quiera hacerse cargo de estos niños.

Priscila se detiene junto a la puerta y se vuelve hacia él.

—Hay muchas maneras de ayudar a un niño, señor Salvatore, pero ninguna empieza calculando cuánto dinero puede ganar mientras permanece ingresado en un hospital.

—Yo no he dicho que queramos ganar dinero.

—Entonces quizá debería escuchar sus propias preguntas y respuestas.

Priscila sale del despacho sin esperar respuesta alguna.

Elena se apresura a dar por terminada la entrevista y acompaña al matrimonio a otra sala, mientras Laura permanece conmigo, visiblemente avergonzada.

—Antón, siento mucho cómo ha ido esto. Anteriormente no sé habían comportado así.

—No tienes que disculparte por ellos —respondo, recogiendo el informe—. Pero espero que todo lo que han dicho quede reflejado en tu valoración.

—Por supuesto. Elena también ha tomado nota y tendremos que revisar su candidatura tanto para Valentina como para cualquier otra.

—Pues puedes añadir en tu valoración mi oposición. No pienso recomendar a esa pareja como familia de acogida de Valentina.

Laura suspira y se pasa una mano por la frente.

—Lo entiendo, pero hay algo que todavía no os hemos comunicado.

Su expresión me hace detenerme.

—¿Qué ocurre?

—La otra familia que estábamos valorando ha aceptado el acogimiento de otra niña. Nos lo confirmaron ayer y ya no están disponibles.

Me quedo mirándola, esperando que añada alguna explicación que consiga mejorar lo que acabo de escuchar.

—¿Me estás diciendo que los Salvatore son la única opción que tenéis ahora mismo?

—La única candidatura activa, sí. Podemos ampliar la búsqueda, pero no sabemos cuánto tiempo llevará encontrar otra familia preparada para atender las necesidades médicas de Valentina.

Dejo la carpeta sobre la mesa y niego lentamente con la cabeza.

—Pues entonces tenéis un problema, Laura. Porque a esos dos no voy a darles mi visto bueno.

—Antón, sabes que la decisión final no depende únicamente de vosotros.

—Y tú sabes que nuestros informes tienen que tenerse en cuenta. No voy a recomendar que una niña de cuatro años termine en una casa donde están más preocupados por cuánto van a cobrar que por conocerla.

—Nadie quiere eso. Pero tenemos que encontrar una solución.

—Entonces habrá que buscar otra.

Laura me observa durante unos segundos antes de asentir y salir del despacho.

Me quedo solo, intentando ordenar lo ocurrido. He tratado con padres asustados, familias desbordadas y personas que reaccionan de maneras difíciles de comprender cuando reciben una mala noticia. Pero lo de los Salvatore no tiene nada que ver con el miedo.




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