Nuestro destino es amarnos: Primer Reencuentro (corrección)

Capítulo 3

Era una tarde cálida, la familia Tzes había invitado al pequeño Santiago a almorzar, ya que no solo lo consideraban un amigo de su hija, sino que también, lo aceptaban como parte de la familia.

—Hola hijo, ¿Qué tal?— saludó con una cálida sonrisa el señor Tzes.
—Buenas tardes, señor, digo padre —Se corrigió muy nervioso—. — Bien, gracias ¿Cómo está usted?
—¡Ay hijo!, cuantas veces ya te he dicho que no me digas, Señor, no hace falta tanta formalidad y no estés nervioso que yo no muerdo—Se rió al notar lo tenso que se encontraba el niño.
—Bueno, disculpe, Señor —agachó la cabeza notando que se había equivocado de nuevo—. —¡Padre! Ya no le diré, Señor, se lo juró—. aseguró con convicción en sus brillantes ojos, llenando de ternura el corazón del adulto.
—¿Estás seguro de cumplir ese juramento, hijo?—
—Si Señor, ¡Padre!—
—Tranquilo muchacho, puedes llamarme como desees, no me enojaré— Despeinó sus cabellos, oyendo una suave risa de parte del menor.

El señor Tzes y Santiago tenían una relación muy familiar, ya que el mayor había conocido al joven desde que era un niño y había visto como crecía entre risas, jugando con su hija.
Ambas familias habían sido socias y también, muy amigas en el pasado, cuando los mayores aún vivían. Y para él, ese niño era un reflejo de un pasado que atesoraba.

Lastimosamente, en poco tiempo los padres de Santiago fallecieron en un accidente automovilístico, dejando al pequeño, al cuidado de su único familiar; su tía Yuni quien vivía en el extranjero.
Santiago se fue triste, sin duda, le dolía haber perdido a su familia y a la vez tener que dejar a la tierna niña, quien entre llantos le pidió que no se fuera, porque lo extrañaría demasiado.

Desde ese momento el comportamiento de la Sra. Tzes cambio de forma drástica. No quería que un niño huérfano se vinculara con su hija, a diferencia del Sr. Tzes que llamaba habitualmente, para saber como estaba el niño y le mandaba obsequios junto a su hija.

En medio de la conversación, el padre de Leyla logró notar como el chico se sonrojaba al cruzar miradas con su hija, y el cómo sus ojos brillaban al escucharla. Siempre supo de ese enamoramiento, y ahora lo veía con más claridad.

Lo que más deseaba el mayor, era que su querida hija, estuviera junto al muchacho de cabellera castaña, lo conocía y podía dar fe de que se había convertido en un joven respetable y bueno, su esposa tenía el mismo sueño, solo que con otro chico; Carlos Sunday, el prometido de Leyla.

Después de una larga semana de clases, los jóvenes salieron juntos del salón, dispuestos a irse a sus respectivas casas.

—¿Hoy vas a venir a mi casa?— preguntó, solo por si acaso, ya que los últimos días la había estado acompañando.
—Hoy no puedo, mi tía se siente un poco enferma, así que voy a consentirla un poco, para que se mejore pronto— sonrió con dulzura, a interpretación de los ojos de ella. Le tenía un gran cariño a su tía, y como no, sí lo había criado y cuidado tantos años.
—¡Me gustaría conocerla algún día! Pero por el momento ve con ella y espero que se mejore pronto, salúdala de mi parte— Leyla se despidió con un abrazo.
—Gracias, lo haré, me avisas cuando llegues— dijo señalando su celular, mientras caminaba hacia atrás en la dirección contraria.
—¡Está bien —En un arrebato de felicidad por la preocupación que le mostraba, ella se decidió a darle un beso en la mejilla y por supuesto, le dio la espalda y apresuro sus pasos—. —¡Cuídate mucho y cuida a tu tía!— gritó desde la lejanía, agitando su mano en señal de despedida, aún sin voltearse.

No habia caminado ni una cuadra y ya empezaba a cuestionarse lo que hacia, aunque eran amigos y esos actos antes eran normales en ellos, pero por alguna razón ahora todo eso se sentia diferente.

—¿Qué acaba de pasar?— Santiago se tocó lentamente la mejilla, temiendo haber alucinado.

—Amigo, ¿Ya te enteraste de lo ocurrido con tu prometida?— habló desde el otro lado de la línea.
—¿De qué hablas, ¿Qué le pasó?— respondió, en tono preocupado; no había asistido a clases una semana completa y no estaba enterado de que algo sucediera con Leyla.
—¡Ay Carlos! Amigo mío, que poco informado estás, ¡Nunca te enteras de nada!—
—¡Ya habla de una vez!— empezaba a fastidiarse y colgaría la llamada si su amigo no iba al punto. Odiaba cuando hacia eso.
—Tu prometida se encontró con alguien hace unos días, parecen muy cercanos, demasiado diría yo —comentó sin medir sis palabras—. — Ese chico está estudiando en el mismo instituto.

—¿Es algo de lo que me tenga que preocupar?— Sus puños ya se encontraban apretados, pero esperaba que todo fuera una exageración de su parte.
—,¡Pues claro!, podría quitártela, parece que le gusta y a ella no parece desagradarle el chico—se tomó una pausa pensando lo que diría a continuación, buscaba las mejores palabras para ecender la situación—. —Anda con él, de arriba para abajo, como si fuera una chica soltera— añadió conteniendo la risa por el problema, que de seguro ocasionarían sus palabras.

—¿Pero qué estupideces dices?, ella no me dejaría por un recién aparecido, ¿Para esto me llamas idiota?— Gritó exaltado, pegando su boca al teléfono, sin importarle romperle el tímpano a su amigo.
—Carlos, no me estás escuchando bien ¿Verdad?—
—Para nada Óscar, ¡Te dije que me llamarás para contarme algo importante, obviamente priorizándola a ella por sobre todo! Pero esto...—
—Por eso mismo, hasta va a su casa a diario y sale después de varias horas—
—Creo que debo encargarme de esto personalmente, pero ya me canse de oírte, ¡Así que adiós!— Cierra la llamada molesto, casi estropeando el dispositivo, y su amigo no pudo estar más feliz.

—Debo de solucionar esto, no creo que Leyla me esté traicionando con alguien más y sobre todo a estas alturas— pensó que podría hacer para descubrir que pasaba y no se le ocurrió mejor idea que ir a su casa y preguntarle directamente. Era lo lógico.
No quería dudar de ella, pero si su amigo le estaba advirtiendo, era por algo.




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