Nuestro Romeo y Julieta

Capítulo once│Lindas sábanas, Moonchild

Capítulo once │Lindas sábanas, Moonchild

Sigo caminando hacía donde está la parejita con una sonrisa plasmada en mi rostro. Oficialmente puedo decir que tuve un buen día desde que llegué al psiquiátrico. No, miento. Los días que he pasado tiempo con Atenea y Fabián los he disfrutado bastante a pesar de que a veces son algo pesados.

—¿Dónde estabas?, tremenda loca —pregunta Atenea cuando ya estoy con ellos.

Me encojo de hombros—. Por ahí —ajusto la mochila ya que me queda un poco floja—. ¿Por qué traes tantas bolsas? —le pregunto a Fabián.

—Una de estas bolsas es tuya —empieza a buscar—, toma —me pasa una bolsa ya cuando termino de ajustar mi mochila.

—¿Dónde la compraste?, es linda —dice Atenea.

—Lo sé, por eso la compre —sonrió—. Cuando estemos en el psiquiátrico te digo, el autobús ya está aquí, así que vámonos porque ya me duelen mis piecitos —hago una mueca.

—Vámonos, señora dolor piecitos —dice Atenea enganchando nuestros brazos.

Creo que le gusta enganchar nuestros brazos, y creo que a mí también me gusta.

—¿Nadie piensa ayudarme con las bolsas? —escucho que pregunta Fabián.

Niego con la cabeza.

—Nope, tú te las puedes arreglar solito. Vámonos, diosa griega.

Empiezo a caminar en silencio con la compañía de Atenea, los silencios que tengo con ella son realmente cómodos. Tarareo una canción cualquiera mientras subimos al autobús, Atenea es tan buena persona que paga los pasajes de los tres. Fabián se sienta enfrente de nosotras con una expresión de cansancio, o está exagerando, o de verdad está cansado.

—¿Estás cansado? —pregunto poniendo la mochila en mis piernas, busco un lugar donde poner la bolsa que me dio Fabián, pero Atenea la agarra y la pone sobre sus piernas—. Gracias —sonrió.

—Sí, estoy cansado, cara de ángel —responde Fabián—. ¿Saben por qué? —ambas negamos con la cabeza—. Porque ustedes malditas locas, me dejaron con un millón de bolsas. Me dejaron ahí valiéndome por mí mismo, yo pude haber muerto ahí solo con un millón de bolsas encima, y a ustedes no les importó —se voltea indignado.

Volteo a ver a Atenea, ella se encuentra viendo toda la escena con una sonrisa en la cara.

—¿Siempre es así de dramático? —susurro.

Ríe ligeramente—. Sí, siempre es así de dramático —susurra de igual manera.

Asiento con la cabeza.

Nos quedamos en silencio por unos minutos, hasta que Atenea se ríe disimuladamente.

—Pero sabes qué es lo que me molesta más —vuelve a decir Fabián volteándonos a ver.

—No me interesa saber que es lo que te molesta más—sonrió—. Ahora cállate que quiero un poco de silencio.

—Pero...—

—Como vuelvas a hablar te tiro la botella que compre en la cabeza, y probablemente te abriré la cabeza y morirás por una hemorragia, o por muerte cerebral.

Rueda los ojos y se da la vuelta.

Al fin, un poco de silencio.

Cierro los ojos para descansar un ratito la vista, solo un ratito.

—♡—

—¡HAYLEY! —gritan.

Abro los ojos rápidamente y saltó en el asiento.

Mi vista está borrosa así que me froto los ojos aun alerta por lo que pueda pasar.

—¿Estás despierta? —pregunta alguien, rápidamente reconozco la voz de Fabián.

—¿Por qué gritas?, tremendo imbécil —contesto, molesta—. Bien pudiste solo moverme y hablar suavemente.

—Lo intentamos, pero no funcionó, Hayley bear —habla Atenea.

—Sí, sí, como sea —término de frotar mis ojos, puedo ver como Fabián sonríe divertido—. ¿Qué quieren? —preguntó abrazando mi mochila.

—Ya llegamos—responde Atenea—, vamos —no espera respuesta de mi parte y me jala del brazo.

Agarro fuertemente mi mochila para evitar que se caiga en algún charco de lodo.

Bajamos del autobús con prisa, porque al parecer ya se va.

Varios de los que están internados están en la entrada despidiéndose de sus familiares, amigos, o yo que sé, pero qué exagerados.

Mientras ellos lloran, yo estoy abrazando mi mochila, siempre triunfando en la vida. Me río un poco por las estupideces que pienso, niego con la cabeza y sigo caminando para adentrarme al edificio.

—Toma —dice Atenea dándome la bolsa de mi comida, pongo la mochila en mis hombros para poder tomar la bolsa.

—Gracias —sonrió.

Como que andas muy sonriente, ¿no, Bella?

Sabes que no puedes ser feliz sin mí.

—Hablamos luego —digo borrando mi sonrisa entrando al edificio.

Camino a paso acelerado hacía mi habitación, en el camino chocó con varias personas, pero no le doy importancia y sigo con mi camino.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.