Aldea neolítica del Creciente Fértil — dos generaciones después
La aldea había crecido. Donde antes había seis chozas dispersas alrededor de un pozo, ahora había casi cuarenta, agrupadas en calles estrechas y sombreadas, con graneros comunes que los ancianos vigilaban con el mismo celo con que un rey vigila su tesoro. El grano era la diferencia entre pasar el invierno con hambre o sin ella, y en esa aldea, desde hacía dos generaciones, había una familia de gatos que ayudaba, sin saberlo, a que la balanza se inclinara hacia el segundo lado.
La llamaban Miu —una palabra que en la lengua de aquella gente imitaba, sencillamente, el sonido que hacía cuando reclamaba algo—, y era nieta de la primera gata que se había acercado al fuego. A diferencia de su abuela, Miu había nacido ya dentro del radio de las chozas, entre el olor a pan cocido y el ruido constante de los niños jugando en las calles de tierra. No conocía otra vida que aquella frontera difusa entre lo salvaje y lo doméstico.
Su relación con los hombres era, todavía, una relación de servicios mutuos y no de afecto. Cazaba sola, de noche, recorriendo los muros bajos de adobe con la misma indiferencia elegante con que lo habría hecho en cualquier colina sin nombre. Pero durante el día dormía enroscada sobre una piedra caliente junto a la entrada de la casa de un hombre llamado, en la memoria oral que se transmitiría durante generaciones, algo parecido a Nadir, un agricultor de manos agrietadas que había perdido a su esposa en un parto difícil y que vivía solo con dos hijos pequeños.
Fue uno de esos hijos, una niña de unos seis años, quien primero logró tocarla. No fue un gesto planeado: la niña, persiguiendo una mariposa, tropezó y cayó justo al lado de donde Miu dormitaba. En lugar de huir, la gata, sobresaltada pero no aterrada, simplemente se apartó unos pasos y volvió a tumbarse, esta vez observando a la niña con la misma curiosidad calculadora con la que observaba a los ratones. La niña, entre risas, extendió la mano. Miu no huyó. Se dejó tocar el lomo con dos dedos temblorosos, y aquella tarde, por primera vez en la historia de su especie —hasta donde se puede afirmar algo así—, una gata permitió el contacto humano no por necesidad, sino porque, de algún modo impreciso, no le desagradaba.
Nadir, que observaba la escena desde la puerta de su choza, no le dio a aquel gesto mayor importancia que la de una curiosidad pasajera. Pero esa misma noche, cuando encontró un trozo de pescado que ya no pensaba comer, en lugar de arrojarlo al montón de desperdicios, lo dejó junto a la piedra donde Miu solía dormir. Ella lo comió al amanecer, con la misma cautela con que hacía todo, mirando en todas direcciones entre bocado y bocado, como si desconfiara de la generosidad tanto como habría desconfiado de una trampa.
El gesto se repitió. Y se repitió. Y con cada repetición, la distancia entre la gata y el hombre se acortó un poco más, sin que ninguno de los dos lo decidiera de manera consciente, hasta que, hacia el final de su vida, Miu dormía ya dentro de la choza, junto al fuego, y los hijos de Nadir crecieron sabiendo que aquel animal de ojos brillantes formaba parte de su casa tanto como las vasijas de barro o las esteras de junco.
Miu tuvo seis camadas en total, repartidas a lo largo de su vida entre los rincones cálidos de distintas casas de la aldea, porque las familias vecinas, al ver los beneficios que Nadir obtenía —menos ratones, menos enfermedad, menos grano perdido— comenzaron a buscar también la compañía de sus crías. De la última camada, un macho de pelaje gris ceniza que los niños llamaron Sombra por su costumbre de seguir a la gente de habitación en habitación, heredaría algo que ninguno de sus antepasados había tenido de manera tan marcada: no solo tolerancia hacia el contacto humano, sino una búsqueda activa de él. Sombra no esperaba a que lo tocaran. Se acercaba él mismo, apoyaba la cabeza contra las piernas de quien estuviera cerca, y ronroneaba con un sonido bajo y constante que los aldeanos, sin saber explicarlo del todo, encontraban extrañamente reconfortante.
Fue con Sombra, y no con Miu, cuando la tregua silenciosa entre dos especies comenzó a convertirse, por primera vez, en algo parecido a un afecto compartido.