Costa del Mediterráneo oriental y Chipre — varias generaciones después
Kessa nunca había visto el mar hasta el día en que la subieron, envuelta en una cesta de mimbre trenzado, a una embarcación estrecha hecha de troncos amarrados y resina de pino. Era descendiente lejana de Sombra —siete generaciones la separaban de él, aunque nadie en su familia hubiera podido contarlas— y había pasado toda su vida en una aldea costera donde los hombres, además de sembrar cebada, habían comenzado a construir barcas para pescar y para comerciar con otras tierras que se veían, en los días claros, como una línea difusa en el horizonte.
El hombre que la llevaba consigo, un pescador y comerciante de nombre perdido en la memoria, no lo hacía por afecto exclusivamente: había aprendido, como muchos de su generación, que un animal capaz de cazar ratones era tan valioso a bordo de una embarcación como en tierra firme, quizás más, porque un barco cargado de grano y sin protección contra los roedores podía perder, en un solo viaje, el sustento de todo un invierno.
Pero durante aquella travesía —dos días completos de remo y vela, con el sol golpeando sin descanso sobre las tablas de madera— ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba. Kessa, aterrada por el movimiento constante del agua bajo sus patas, se refugió en el único rincón de sombra que encontró: el hueco entre las piernas cruzadas del pescador, mientras este manejaba el timón con una mano y sujetaba la vela con la otra. Él no la apartó. Al contrario, en algún momento de la segunda noche, cuando el viento arreció y las olas hicieron temblar la embarcación entera, sintió cómo la gata se apretaba contra su cuerpo, y él, sin pensarlo demasiado, la cubrió con un extremo de su manto.
Llegaron a la isla al amanecer del tercer día. Los hombres que habitaban aquella costa —descendientes de otros agricultores que, generaciones antes, habían cruzado el mismo mar desde tierra firme, llevando consigo cabras, ovejas y semillas— recibieron con curiosidad al animal desembarcado, que temblaba todavía por el movimiento del mar bajo sus patas. Nadie en la isla había visto antes un gato: los roedores allí campaban con total libertad, y el grano se echaba a perder con una regularidad que los agricultores atribuían, sin mucha convicción, a la mala suerte.
Kessa cambió aquello en menos de un año. Cazó con tanta eficacia entre los graneros de la nueva aldea que los propios isleños empezaron a pedir, a los comerciantes que llegaban de tierra firme, que trajeran más animales como ella. Tuvo crías —cinco en su primera camada isleña— y todas sobrevivieron, alimentadas por la abundancia de roedores que ningún otro depredador disputaba.
El pescador que la había llevado consigo se quedó a vivir en la isla, se casó con una mujer del lugar, y construyó una casa de piedra con vista al mar por el que había llegado. Cuando envejeció, contaba a sus nietos —entre el humo del fuego y el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados— la historia de aquella noche de tormenta, cuando una gata asustada se había apretado contra su cuerpo buscando abrigo, y él, sin saber por qué, había sentido que protegerla era tan importante como llegar a puerto con vida.
Kessa vivió catorce años, una vida larga para un animal de su tiempo, y murió de vieja junto al fuego de aquella casa de piedra, rodeada de hijos, nietos y bisnietos que ya se habían dispersado por toda la isla. Cuando murió, el pescador —ya un anciano de manos temblorosas— la envolvió con sus propias manos en un paño de lino y la enterró bajo el suelo de la casa, junto a un cuenco de cerámica que había sido suyo, como si de algún modo esperara que lo siguiera acompañando incluso después de la muerte.
Siglos más tarde, mucho después de que la memoria de ambos se hubiera perdido por completo, unos hombres que excavaban aquella misma tierra encontrarían los huesos de una mujer —o de un hombre, la tierra no siempre lo aclara— enterrados junto a los huesos de un gato, colocados con el mismo cuidado, la misma intención, la misma ternura. No sabrían nunca sus nombres. Pero sabrían, por la disposición de aquellos huesos antiguos, que algo profundo había existido entre ellos.