El beso, cuando por fin sucedió, no tuvo nada de la urgencia que Renata hubiera imaginado
si alguna vez se hubiera permitido imaginarlo, cosa que, se dijo a sí misma después, por
supuesto que no había hecho.
Fue lento. Fue casi cuidadoso, como si Matt estuviera probando algo por primera vez y
quisiera hacerlo bien, sin apuro, con la misma atención con la que ella ajustaba una salsa hasta
encontrar el punto exacto de sabor. Renata sintió que el mundo entero se reducía, por un
momento eterno y demasiado breve a la vez, a la mano de Matt en su cintura, al calor de su
boca, al latido de su propio corazón que le parecía imposible que él no pudiera escuchar.
Cuando por fin se separaron, apenas un par de centímetros, ninguno de los dos abrió los
ojos de inmediato, como si quisieran quedarse un segundo más dentro de ese momento antes de
que el resto del mundo —la sala de reuniones, el plato de langostinos ya frío, las siete semanas
que quedaban hasta Barcelona— volviera a existir.
—Bueno —dijo Matt, finalmente, con la voz más baja y menos segura de lo habitual—. Eso
pasó.
—Eso pasó —confirmó Renata, sin moverse del lugar donde estaba, todavía sintiendo la
calidez de la mano de él en su cintura.
—¿Estás bien?
Era una pregunta simple, pero Renata la sintió cargada de un cuidado genuino que la
desarmó más que cualquier otra cosa que él pudiera haber dicho en ese momento.
—No lo sé —admitió, con una honestidad que hacía tiempo no se permitía—. Hace dos
años me juré que nunca más iba a hacer esto. Mezclar trabajo con... con lo que sea que esto sea.
—¿Y ahora?
—Ahora acabo de romper mi propia regla en una sala de reuniones que huele a langostinos.
Matt sonrió, esa sonrisa torcida que a Renata ya le resultaba tan familiar como su propio
reflejo en el espejo, pero se guardó el chiste fácil que hubiera hecho cualquier otro día. En
cambio, le tomó la mano con una delicadeza que sorprendió a los dos.
—Puedo entender si esto te asusta —dijo—. A mí también me asusta, si te sirve de algo. Yo
no me quedo. En ningún lado. Nunca. Y ahora estoy acá, pensando en vos, en un barco del que
técnicamente me bajo en siete semanas, sintiendo algo que no sabía bien cómo nombrar hasta
hace un minuto.
1—¿Cómo lo nombrarías?
—No lo sé todavía. Pero sé que no quiero que sea un error. Quiero que sea, por lo menos,
algo real, aunque no sepamos bien qué forma tiene.
Renata lo miró, sintiendo que algo en su pecho se aflojaba de una manera que no había
sentido en mucho tiempo, quizás nunca del todo, ni siquiera con Bianchi en los mejores
momentos de esa historia.
—Tengo miedo —dijo, en voz baja, como si la confesión pesara menos si la decía
despacio—. No de vos. De lo que esto puede costarme si alguien se entera antes de que termine
la temporada. El ascenso, Bianchi, todo lo que armé con tanto cuidado.
—Entonces no dejemos que nadie se entere. Todavía.
—¿Eso no te parece que empieza mal? ¿Escondernos desde el primer día?
—Me parece que empieza con cuidado. Hay diferencia. —Le apretó la mano con suavidad,
buscando su mirada—. No te estoy pidiendo que renuncies a nada de lo que armaste. Solo te
estoy pidiendo que me dejes ser parte de esto un rato, sin que el mundo entero opine antes de
que nosotros mismos entendamos qué es.
Renata se quedó un momento en silencio, mirando la mano de Matt entrelazada con la suya,
pensando en su cuaderno, en su plan de seis meses cuidadosamente calculado, en cómo nada de
lo que sentía en ese momento cabía en ninguna de las columnas ordenadas que había escrito
para sí misma.
—Está bien —dijo finalmente—. En secreto, por ahora. Hasta que sepamos qué es esto, o
hasta que termine la temporada, lo que pase primero.
—Lo que pase primero —repitió Matt, con una sonrisa que esta vez le llegó hasta los ojos
de una manera completamente distinta a la irónica de siempre.
Se acercó de nuevo, esta vez más despacio todavía, y volvió a besarla con la misma
delicadeza de antes, como si quisiera memorizar cada segundo antes de que el mundo real —el
reloj de Barcelona, la regla rota, Bianchi en su oficina sin ventanas— volviera a reclamarlos.
—Una cosa más —murmuró Renata, contra sus labios, sin apartarse del todo.
—¿Qué cosa?
—Si esto va a ser un secreto, tenés que dejar de guardarme jarabe de miel quemada en un
lugar tan visible del bar. Priya ya empezó a sospechar.
Matt se rió, un sonido genuino que Renata sintió vibrar contra su propio pecho, todavía tan
cerca de él que la risa le llegó como una vibración compartida.
2—Voy a esconderlo mejor. Lo prometo.
—Más te vale.
Se quedaron un rato más así, en la sala de reuniones que olía a cítricos fríos y a un plato de
langostinos ya olvidado, sin apuro por volver al resto del barco, sin calcular el próximo paso por
primera vez en mucho tiempo para ninguno de los dos. Afuera, el sol de la tarde se filtraba
apenas por la única ventanilla redonda de la sala, dibujando un círculo de luz dorada sobre la
mesa donde, hacía apenas media hora, solo había existido un experimento de maridaje.
Ahora existía algo más, todavía sin nombre, todavía sin fecha de vencimiento decidida, pero
real de una manera que ninguno de los dos había esperado sentir a bordo de un crucero, entre
turnos de cocina y turnos de bar, con un reloj corriendo en el fondo que los dos, por esa tarde al
menos, decidieron no escuchar.
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