Mantener un secreto en un barco de doscientos veinte pasajeros y ciento cuarenta
tripulantes, descubrió Renata rápidamente, era muchísimo más difícil de lo que había
imaginado.
El problema no era la falta de ganas de ser discretos. El problema era, simplemente, la
geografía. El *Estrella del Sur* tenía exactamente tres lugares donde la tripulación podía estar
fuera de la vista de los pasajeros —el comedor de personal, los pasillos de servicio, y la
pequeña cubierta trasera reservada para descansos— y los tres eran, por definición, lugares
donde se cruzaba absolutamente todo el mundo.
—No podemos seguir encontrándonos en el depósito de cítricos —le susurró Renata a Matt
el martes, cuando se cruzaron en el pasillo de servicio y él, sin pensarlo, le había tomado la
mano por dos segundos antes de que ambos escucharan pasos acercándose y se separaran de un
salto, fingiendo interés repentino en un extintor de incendios que ninguno de los dos había
mirado antes en su vida—. Tomás me preguntó ayer por qué tardo tanto bajando cítricos. Dijo
que a este ritmo deberíamos tener suficiente fruta para alimentar a la mitad del Mediterráneo.
—Tenemos que ser más creativos —susurró Matt de vuelta, todavía con la mano en el
extintor, saludando con una sonrisa demasiado grande al oficial de seguridad que pasó junto a
ellos sin prestarles la menor atención—. ¿Qué tal un código?
—¿Un código?
—Sí. Como en las películas. Si te mando un mensaje con la palabra "jengibre", significa
que el camarote de tripulación del tercer piso está libre a las tres.
—Eso es ridículamente complicado.
—Es ridículamente efectivo, que es distinto.
Terminaron, de hecho, usando el código del jengibre, con resultados mixtos. La primera vez
funcionó a la perfección: un mensaje de texto de una sola palabra, un encuentro de veinte
minutos robados entre turnos, una sonrisa que a Renata le duró el resto del día sin que pudiera
explicarle a nadie por qué. La segunda vez, Matt mandó el mensaje justo cuando Renata estaba
en medio de una explicación a Tomás sobre reducción de salsas, y ella, sin pensarlo, dijo en voz
alta "jengibre" como si fuera parte de la clase, dejando a Tomás mirándola con una confusión
genuina que tardó diez minutos en disiparse.
1—Tenemos que cambiar el código —le dijo esa noche, cuando por fin lograron verse, cinco
minutos antes del cierre del bar, con la excusa oficial de "revisar inventario conjunto".
—¿Por qué? Funcionó.
—Funcionó para darle a Tomás información completamente falsa sobre técnicas de cocina
asiática.
—Eso suena a un problema de Tomás, no nuestro.
—Matt.
—Está bien, está bien. ¿Qué proponés vos, chef organizada?
Renata lo pensó un segundo, con esa seriedad que aplicaba hasta a los problemas más
absurdos. —Algo que no se pueda confundir con una palabra normal. Algo que solo nosotros
entendamos.
—¿Y si directamente usamos tu nombre completo? Si te mando un mensaje que diga
"Renata Aguirre", sabés que es en serio.
—Eso no es un código, eso es simplemente escribir mi nombre.
—Exacto. Nadie va a sospechar de que alguien te mande un mensaje con tu propio nombre.
Es el escondite perfecto, a plena vista.
Renata se rió, a su pesar, por la lógica retorcida pero de alguna manera funcional del
argumento.
—Sos un desastre estratégico.
—Un desastre encantador y estratégico. Llevamos esta cuenta hace rato.
***
Priya, por su parte, llevaba casi dos semanas notando cosas.
No eran cosas enormes. Era, más bien, una acumulación de pequeños detalles que, sumados,
empezaban a formar un patrón imposible de ignorar para alguien que conocía a Matt desde
hacía tres meses y que, en ese tiempo, había aprendido a leer cada uno de sus gestos habituales
con una precisión casi profesional.
Matt sonreía solo, por ejemplo, mientras cerraba el bar, algo que antes nunca hacía.
Guardaba el jarabe de miel quemada en un rincón específico de la estación, casi escondido,
cuando antes lo dejaba a la vista como cualquier otro ingrediente. Y, lo más revelador de todo,
había empezado a mirar el reloj con una ansiedad nueva en ciertos momentos del día, como si
estuviera esperando algo —o a alguien— con una impaciencia que Priya nunca le había
2conocido.
—¿Puedo preguntarte algo? —le dijo el jueves, mientras los dos cerraban el bar juntos, con
esa familiaridad de quien ya no necesita pedir permiso para hacer preguntas incómodas.
—Depende de la pregunta.
—¿Hay alguien?
Matt, que estaba contando botellas de gin, se quedó quieto un segundo de más antes de
retomar el conteo con una tranquilidad visiblemente actuada.
—¿Alguien de qué?
—Alguien, Matt. Alguien que te tiene sonriendo solo y escondiendo jarabes como si fueran
contrabando.
—No escondo nada. Organizo mejor la estación.
—Organizás mejor la estación hace exactamente dos semanas. Justo después de la Noche de
Cádiz.
Matt no respondió de inmediato, lo cual, para alguien que siempre tenía una respuesta
ingeniosa lista, era casi una confirmación en sí misma.
—No puedo contarte nada —dijo finalmente, con una honestidad que sorprendió a Priya
más que cualquier negación—. No porque no confíe en vos. Es complicado. Y no es solo mío
para contar.
Priya lo miró un momento, procesando la respuesta, y después sonrió con la expresión de
alguien que acababa de confirmar una sospecha sin necesitar ningún detalle más.
—Está bien. No voy a preguntar más.
—¿En serio?
—En serio. Pero te voy a decir una sola cosa, y después me callo. —Se acercó un poco,
bajando la voz aunque no había nadie más en el bar a esa hora—. Si es quien yo creo que es,