Nunca mezcles trabajo y ron

Capítulo 9

Mantener un secreto en un barco de doscientos veinte pasajeros y ciento cuarenta

tripulantes, descubrió Renata rápidamente, era muchísimo más difícil de lo que había

imaginado.

El problema no era la falta de ganas de ser discretos. El problema era, simplemente, la

geografía. El *Estrella del Sur* tenía exactamente tres lugares donde la tripulación podía estar

fuera de la vista de los pasajeros —el comedor de personal, los pasillos de servicio, y la

pequeña cubierta trasera reservada para descansos— y los tres eran, por definición, lugares

donde se cruzaba absolutamente todo el mundo.

—No podemos seguir encontrándonos en el depósito de cítricos —le susurró Renata a Matt

el martes, cuando se cruzaron en el pasillo de servicio y él, sin pensarlo, le había tomado la

mano por dos segundos antes de que ambos escucharan pasos acercándose y se separaran de un

salto, fingiendo interés repentino en un extintor de incendios que ninguno de los dos había

mirado antes en su vida—. Tomás me preguntó ayer por qué tardo tanto bajando cítricos. Dijo

que a este ritmo deberíamos tener suficiente fruta para alimentar a la mitad del Mediterráneo.

—Tenemos que ser más creativos —susurró Matt de vuelta, todavía con la mano en el

extintor, saludando con una sonrisa demasiado grande al oficial de seguridad que pasó junto a

ellos sin prestarles la menor atención—. ¿Qué tal un código?

—¿Un código?

—Sí. Como en las películas. Si te mando un mensaje con la palabra "jengibre", significa

que el camarote de tripulación del tercer piso está libre a las tres.

—Eso es ridículamente complicado.

—Es ridículamente efectivo, que es distinto.

Terminaron, de hecho, usando el código del jengibre, con resultados mixtos. La primera vez

funcionó a la perfección: un mensaje de texto de una sola palabra, un encuentro de veinte

minutos robados entre turnos, una sonrisa que a Renata le duró el resto del día sin que pudiera

explicarle a nadie por qué. La segunda vez, Matt mandó el mensaje justo cuando Renata estaba

en medio de una explicación a Tomás sobre reducción de salsas, y ella, sin pensarlo, dijo en voz

alta "jengibre" como si fuera parte de la clase, dejando a Tomás mirándola con una confusión

genuina que tardó diez minutos en disiparse.

1—Tenemos que cambiar el código —le dijo esa noche, cuando por fin lograron verse, cinco

minutos antes del cierre del bar, con la excusa oficial de "revisar inventario conjunto".

—¿Por qué? Funcionó.

—Funcionó para darle a Tomás información completamente falsa sobre técnicas de cocina

asiática.

—Eso suena a un problema de Tomás, no nuestro.

—Matt.

—Está bien, está bien. ¿Qué proponés vos, chef organizada?

Renata lo pensó un segundo, con esa seriedad que aplicaba hasta a los problemas más

absurdos. —Algo que no se pueda confundir con una palabra normal. Algo que solo nosotros

entendamos.

—¿Y si directamente usamos tu nombre completo? Si te mando un mensaje que diga

"Renata Aguirre", sabés que es en serio.

—Eso no es un código, eso es simplemente escribir mi nombre.

—Exacto. Nadie va a sospechar de que alguien te mande un mensaje con tu propio nombre.

Es el escondite perfecto, a plena vista.

Renata se rió, a su pesar, por la lógica retorcida pero de alguna manera funcional del

argumento.

—Sos un desastre estratégico.

—Un desastre encantador y estratégico. Llevamos esta cuenta hace rato.

***

Priya, por su parte, llevaba casi dos semanas notando cosas.

No eran cosas enormes. Era, más bien, una acumulación de pequeños detalles que, sumados,

empezaban a formar un patrón imposible de ignorar para alguien que conocía a Matt desde

hacía tres meses y que, en ese tiempo, había aprendido a leer cada uno de sus gestos habituales

con una precisión casi profesional.

Matt sonreía solo, por ejemplo, mientras cerraba el bar, algo que antes nunca hacía.

Guardaba el jarabe de miel quemada en un rincón específico de la estación, casi escondido,

cuando antes lo dejaba a la vista como cualquier otro ingrediente. Y, lo más revelador de todo,

había empezado a mirar el reloj con una ansiedad nueva en ciertos momentos del día, como si

estuviera esperando algo —o a alguien— con una impaciencia que Priya nunca le había

2conocido.

—¿Puedo preguntarte algo? —le dijo el jueves, mientras los dos cerraban el bar juntos, con

esa familiaridad de quien ya no necesita pedir permiso para hacer preguntas incómodas.

—Depende de la pregunta.

—¿Hay alguien?

Matt, que estaba contando botellas de gin, se quedó quieto un segundo de más antes de

retomar el conteo con una tranquilidad visiblemente actuada.

—¿Alguien de qué?

—Alguien, Matt. Alguien que te tiene sonriendo solo y escondiendo jarabes como si fueran

contrabando.

—No escondo nada. Organizo mejor la estación.

—Organizás mejor la estación hace exactamente dos semanas. Justo después de la Noche de

Cádiz.

Matt no respondió de inmediato, lo cual, para alguien que siempre tenía una respuesta

ingeniosa lista, era casi una confirmación en sí misma.

—No puedo contarte nada —dijo finalmente, con una honestidad que sorprendió a Priya

más que cualquier negación—. No porque no confíe en vos. Es complicado. Y no es solo mío

para contar.

Priya lo miró un momento, procesando la respuesta, y después sonrió con la expresión de

alguien que acababa de confirmar una sospecha sin necesitar ningún detalle más.

—Está bien. No voy a preguntar más.

—¿En serio?

—En serio. Pero te voy a decir una sola cosa, y después me callo. —Se acercó un poco,

bajando la voz aunque no había nadie más en el bar a esa hora—. Si es quien yo creo que es,




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