La pasajera del camarote Deluxe 412 se llamaba Vanessa, viajaba sola en un crucero de tres
semanas "para encontrarse a sí misma después del divorcio", según le había contado a medio
bar la primera noche, y había decidido, con una claridad de objetivos que a Renata, en otras
circunstancias, probablemente le hubiera parecido admirable, que Matt era la pieza central de su
proceso de autodescubrimiento.
—Otro de los mismos, bombón —le dijo Vanessa esa tarde, apoyando los codos en la barra
con una sonrisa que dejaba ver, con toda intención, una cantidad de escote que no tenía
absolutamente nada que ver con pedir un cóctel—. El que me hiciste ayer. El que sabía a
vacaciones de verdad.
—Un Mediterráneo de Verano, enseguida —dijo Matt, con el profesionalismo entrenado de
quien llevaba años sirviendo tragos a pasajeros de todo tipo, sin que su sonrisa de trabajo
cambiara ni un milímetro.
Renata, que había bajado al bar con la excusa perfectamente legítima de revisar el stock de
cítricos para la Noche de las Estrellas, se quedó congelada a mitad de camino al ver la escena,
con una botella de limones en la mano que de pronto le pareció el objeto más incómodo del
mundo.
—Cada vez que vengo, me tratás mejor que mi ex marido en quince años de matrimonio
—siguió Vanessa, sin bajar el tono de voz ni la intensidad de la mirada—. Deberías venir a
tomar algo conmigo cuando termine tu turno. Invito yo.
—Agradezco la oferta, pero los empleados no podemos socializar con pasajeros fuera de
horario —dijo Matt, con una diplomacia tan pulida que a Renata, desde la distancia, le pareció
casi sospechosamente buena, como si tuviera mucha práctica rechazando ese tipo de ofertas.
—Qué lástima. Una regla muy aburrida para alguien tan poco aburrido como vos.
Vanessa se rió de su propio chiste con una risa que Renata encontró, de manera
completamente irracional, la cosa más irritante que había escuchado en toda la temporada, y se
alejó hacia una mesa con su cóctel, no sin antes guiñarle un ojo a Matt que él, por decoro
profesional, devolvió con una sonrisa cortés que a Renata le pareció insoportablemente
generosa para la ocasión.
—¿Necesitás algo? —le preguntó Matt, notándola por fin parada ahí con su botella de
limones, cuando Vanessa ya estaba lo suficientemente lejos.
1—Cítricos. Para la Noche de las Estrellas.
—Ya tenés cítricos en la mano.
—Vine a buscar más.
—¿Más de los que ya tenés en la mano?
—Sí.
Matt la miró con una ceja levantada, con esa expresión de quien reconoce perfectamente lo
que está pasando pero decide, por pura diversión, no decirlo en voz alta todavía.
—¿Estás bien?
—Perfectamente bien. ¿Por qué no estaría bien?
—No sé. Pareciera que estás a punto de romper esa botella de limones con las manos.
Renata bajó la vista hacia sus propios nudillos, blancos de la fuerza con la que sostenía la
botella, y la soltó sobre la barra con un cuidado exagerado, como si recién se diera cuenta de lo
que había estado haciendo.
—No sé de qué hablás.
—Hablo de que Vanessa del Deluxe 412 te tiene apretando botellas como si fueran cuellos.
—No me importa Vanessa del Deluxe 412.
—Claro que no.
—No me importa.
—Dijiste eso dos veces, lo cual estadísticamente significa que te importa el doble de lo que
admitís.
Renata abrió la boca para protestar, la cerró, y se permitió, a su pesar, reconocer la derrota
con un suspiro.
—Está bien. Me molestó un poco. ¿Contento?
—Un poco encantado, en realidad.
—No es gracioso.
—Es un poco gracioso. —Se acercó más a ella por detrás de la barra, bajando la voz aunque
el bar estaba casi vacío a esa hora de la tarde—. Para que conste, en caso de que necesites que lo
diga en voz alta: no tengo ningún interés en Vanessa del Deluxe 412, ni en nadie que no sea
cierta cocinera argentina que aprieta botellas de limón cuando se pone celosa.
2—No estoy celosa.
—Estás completamente celosa, y es lo más lindo que vi en toda la semana.
Renata quiso seguir discutiendo el punto por pura terquedad, pero la sonrisa de Matt
—genuina, sin ironía esta vez, mirándola como si de verdad no hubiera nadie más interesante en
todo el barco— le quitó las ganas de pelear la discusión hasta el final.
—Igual —dijo, cambiando de tema con la dignidad que le quedaba—, deberías ser más
cortante con ella. Le estás dando esperanzas.
—No le estoy dando nada. Estoy siendo educado porque es mi trabajo. Es distinto.
—Es una línea muy fina.
—Es una línea que llevo años manejando. Confiá en mí.
El problema, descubrió Renata esa misma noche, era que Vanessa del Deluxe 412 no
parecía entender ninguna línea, fina o gruesa. Durante la cena de esa noche, mientras Renata
supervisaba el pase desde la ventanilla de la cocina, vio pasar a una de las meseras con un
mensaje para el bar: Vanessa había pedido, específicamente, que "el bartender lindo del acento
raro" le llevara personalmente su cóctel a la mesa en vez de que lo trajera cualquier mesero.
Matt cumplió, profesional hasta el final, entregó el cóctel con una sonrisa cortés y una frase
amable sobre el clima, y se retiró lo más rápido que el protocolo le permitía. Renata,
observando toda la escena desde la ventanilla del pase con una intensidad que no tenía
absolutamente nada que ver con supervisar el emplatado, no pudo evitar sentir que el nudo en el
estómago volvía, un poco más apretado que antes.
—¿Todo bien, chef? —le preguntó Tomás, notando su mirada fija hacia el bar.
—Todo perfecto. Concentrate en el plato.
—El plato está perfecto. Vos sos la que está mirando hacia el bar con cara de querer
incendiar algo.