––No puedo creer que los jefes nos hagan trabajar a estas horas de la noche. ––se queja un hombre frustrado de unos treinta años. Revisa en su computador unos cuantos documentos mientras los comparaba con unos datos impresos.
–– ¿Qué esperabas, Maison? ––masculla una mujer de treinta y cinco años, escribiendo con aparente aburrimiento en su teclado, no podía despegar sus ojos ocultos detrás de sus lentes graduales de ambas pantallas del computador. ––Los jefes siempre esperan el último día del mes para poder preparar los informes.
–– ¡Demonios! ¡Son las 12am y todavía seguimos en la oficina! ––un joven adulto de veintitrés años se echa con rabia hacia atrás de su asiento reclinable, colocándose ambas manos sobre el rostro bastante enfadado. ––Somos los únicos idiotas que aún siguen trabajando.
––Nuestros jefes también están aquí, que no se te olvide y contrólate un poco. ––lo recrimina una mujer entrando a sus cuarentas, se encontraba de pie leyendo unos documentos con suma precisión. Señala discretamente con el bolígrafo en dirección a unas oficinas cerradas con cristales donde había varias personas trabajando. ––Ellos están peor que nosotros, deben de presentar todos los informes en la reunión que tendrán con los altos ejecutivos a tempranas horas de la mañana.
–– ¿Y eso a mí que me importa? ––frunce el ceño apretando el lápiz con fuerza. Observa con odio en dirección a esas oficinas. ––Oye Carmen, ¿Quién los manda a ellos a comenzar tarde sus informes? …se supone que deben de tenerlos listos antes de los días 25 que es cuando hacemos el cierre contable. No esperar hasta el mismo día 30 para prepararlo todo haciéndonos sus esclavos.
––Cálmate Carlos, actuando así no lograras nada. ––le da un ligero golpe en la cabeza con el bolígrafo.
––Por lo menos se dignan a pagarnos estas horas extras. ––Maison estira los brazos al frente haciendo un pequeño gruñido. Mira a la primera mujer que habló. –– ¿Qué piensas al respecto, Janet?
––Que este dinero extra que veré dentro de tres días es el único motivo por el cual ahora mismo no entro a esa oficina para arrojarle la computadora en la cara a esos explotadores inútiles. ––responde con una calma alarmante, provocando que el intenso frio del aire acondicionado se sintiera todavía más en los huesos.
––Eres una mujer salvaje. ––comenta Carlos con cierto terror en la mirada. Sus ojos se posan en una de las oficinas de cristal que estaba sumergida en las penumbras. Entrecierra los ojos. ––Oigan, ¿En dónde está nuestro supervisor? ––los observa a ellos sin entender. ––No se supone que también debe de estar aquí ayudando a los jefes como líder de nuestro equipo.
––Bueno, mientras tú estabas matando a patadas al pobre cesto de basura, el jefe tuvo una llamada de emergencia, su esposa está en labor de parto. ––explica Carmen sentándose en el escritorio a su lado.
––Que suerte tienen algunos. ––suspira frustrado. Pero había algo en esa oficina que llamaba su atención. Se inclina un poco más en su asiento, como si intentara divisar un poco mejor.
Dentro de la penumbra de esa oficina se podía ver ligeramente la silueta de un enorme peluche de conejo de casi dos metros. Llevaba una oreja caída, mientras la otra estaba firmemente levantada, como si estuviera buscando señal a todo lo que se decía. Estaba sentado en una de las sillas de invitados de la oficina. No se podía apreciar bien su color o si estaba sonriendo o si solo era un peluche de conejo genérico.
–– ¿Y ese conejo? ––pregunta curioso.
––Hmm. ––Janet arquea una ceja. Dirige su vista a ese lugar. ––Vaya, al jefe se le quedó el regalo para su hija mayor. Uno de los altos ejecutivos se lo regalo por lo de su nuevo bebé.
––Yo jamás tendría una cosa de esa en mi casa. ––indica con burla y desprecio cruzándose de brazos. ––Los peluches solo producen polvo y quitan espacio.
––Eres el más joven de nosotros pero pareces un viejo amargado. ––lo molesta Maison lanzándole una pelota arrugada de papel.
––No soy amargado. ––se defiende golpeando la pelota con una carpeta que envolvió en forma de tubo. ––Es solo que, esas cosas no son para mí. Ni siquiera le he comprado un solo peluche a mi novia desde que salimos.
––Si tanta energía tienen para jugar y quejarse será mejor que la usen para terminar los reportes. ––reprocha Carmen atrapando al vuelo la pelota con una mano. ––Mi esposo está muy preocupado por mi…ya venía a buscarme con nuestros hijos…ese hombre es demasiado sobreprotector con nosotros y no le gusta que estemos solos o fuera de casa a estas horas.
––El mío es igual. ––suspira Janet sin despegar su vista de la computadora. ––Y más ahora que quiere que tengamos otro hijo…pero mi hijo menor me dio una gran lección de que nuestro limites serían dos.
––Otro más no hace daño, mujer. ––Carmen la golpea por el costado de manera juguetona. ––Yo tengo cuatro.
––Originalmente quería tener tres, pero ese pequeño torbellino no se comporta de la misma manera calmada y dulce de su hermana mayor. ––contesta divertida. ––Y pues, no me quiero ni imaginar cómo sería un tercero. ––se pone una mano en la frente. ––Ese niño tiene un gran afán de subirse en las lámparas y las barandillas de las escaleras…es un fanático de las alturas.
Carmen y Maison ríen por lo bajo, mientras Carlos simplemente suspira jugando con un lápiz equilibrándolo en el puente de la nariz. Los jefes seguían discutiendo algo dentro de la oficina…pero había algo…Carlos observo ligeramente con desdén a la oficina vacía…la oreja caída del conejo estaba levantada al igual que la otra. Carlos parpadea varias veces confundido. Se sienta erguido sin poder despegar sus ojos del peluche.
––Oigan, ¿Ese conejo no tenía una oreja tumbada? ––pregunta con voz temblorosa.
Los demás observan al peluche con interés.
––Solo es tu imaginación. ––responde Carmen restándole importancia. ––Debes de estar cansado y ya estás viendo cosas.
Editado: 27.10.2026