El sonido de la campana tardó en desaparecer. Aelith permaneció arrodillada junto al retrato, con los dedos suspendidos a escasos centímetros del papel, mientras la vibración se propagaba por las profundidades de la fortaleza y ascendía lentamente a través de la piedra, hasta que la sintió en los huesos del brazo como un temblor ajeno. No era una de las campanas que anunciaban las horas, ni de aquellas que convocaban a los habitantes de la corte cuando algún acontecimiento exigía su presencia; conocía demasiado bien sus voces para confundirlas. Las campanas ordinarias daban cuenta de lo que estaba ocurriendo, mientras que aquella había sonado como si respondiera a algo que acababa de recordar. El silencio que siguió fue todavía más inquietante; un silencio espeso, de cripta, en el que hasta el chisporroteo de las lámparas azules parecía hablar en voz baja.
Recogió el retrato con ambas manos y volvió a contemplarlo. La tinta no había cambiado, ni la expresión de los rostros, ni la delicada curva de las letras que acompañaban la imagen; el papel, quebradizo y tibio como una hoja que hubiese dormido demasiado cerca de una hoguera, desprendía un olor tenue a ceniza y a cera vieja. El hombre seguía mirándola desde el pergamino con aquella familiaridad imposible, y la mujer que permanecía a su lado parecía compartir con él un secreto que ni siquiera el tiempo había conseguido borrar por completo.
Ella, no había otra explicación. El glifo era idéntico, la inclinación de la cabeza le resultaba conocida, y la forma en que los dedos de la mujer descansaban entre los del hombre despertaba en su interior una incomodidad que no podía atribuir únicamente a la semejanza física. Aquella figura no se limitaba a parecerse a ella; había algo en su postura, en la serenidad de su rostro y en la manera en que parecía inclinarse hacia él que Aelith reconocía con una certeza anterior al pensamiento. No era el parecido de dos desconocidas, sino el reconocimiento de quien contempla una imagen de sí misma tomada en una época que no recuerda.
Bajó la mirada hasta la inscripción. "Antes del olvido, fueron dos". La frase parecía sencilla, casi torpemente sentimental, y precisamente por eso le resultaba sospechosa, pues los secretos verdaderamente antiguos rara vez necesitaban adornarse, bastaba con que alguien hubiese dedicado siglos a impedir que fueran pronunciados para que adquirieran peso suficiente. Aelith había aprendido a desconfiar de las frases que pretendían explicar demasiado con muy pocas palabras, sobre todo cuando aparecían en documentos que nadie debía encontrar.
Dejó el retrato sobre la mesa y examinó el resto de la caja. El medallón estaba ennegrecido por los años, aunque el cierre conservaba una delicada filigrana de plata, fría y finísima bajo la yema de los dedos; el trozo de tela azul se deshacía en los bordes como niebla tejida, y la hoja seca que había hallado entre los documentos se había quebrado casi por completo. No había nada más que pudiera ayudarla, salvo una tira de pergamino doblada sobre sí misma, tan estrecha que al principio la había confundido con una cinta de embalaje. La desplegó con cuidado. La escritura era apenas legible, algunas letras se habían desvanecido, y otras parecían haber sido raspadas desde el reverso, como si alguien hubiese intentado destruir el mensaje sin dañar por completo el soporte. Aelith acercó la lámpara y leyó las palabras que habían sobrevivido.
Si el recuerdo regresa, no sigas su voz.
Frunció el ceño. No había firma ni fecha, y la frase no ofrecía indicación alguna sobre la identidad de quien la había escrito, ni aclaraba a quién se dirigía aquel imperativo; podía tratarse de una advertencia para ella, para la mujer del retrato o para alguien cuya existencia había quedado fuera de los registros. Lo único evidente era que la nota había sido guardada junto con los objetos correspondientes a su llegada a la fortaleza, lo que convertía la posibilidad de una coincidencia en una explicación particularmente perezosa. Dejó el pergamino a un lado.
—Qué exquisita delicadeza la de mis custodios —murmuró—. Tras sustraerme la mitad de mi existencia, alguien tuvo a bien dejarme, al pie de la sepultura, unas instrucciones para no desenterrarla.
La frase se perdió entre las paredes de piedra, y durante unos instantes Aelith sintió el impulso de regresar a sus aposentos y exigir cuentas a quienes habían custodiado aquellos archivos. Conocía a varios miembros de la antigua corte que podían haber tenido acceso a los registros sellados; algunos seguían vivos, otros habían desaparecido hacía décadas, y unos pocos conservaban poder suficiente para convertir una pregunta inconveniente en una ofensa imperdonable. No obstante, interrogar a cualquiera de ellos sin comprender primero qué estaba buscando habría sido una imprudencia, pues si alguien había dedicado tanto empeño a borrar al hombre de los documentos, lo más probable era que hubiese previsto también que alguien intentara encontrarlo. Y, por lo que acababa de descubrir, Aelith tenía motivos para sospechar que la persona más interesada en mantener aquel secreto a salvo había sido ella misma.
La imagen de la hoja entre sus dedos regresó a su pensamiento, y con ella la sangre, el hombre de rodillas, la forma en que él la había mirado antes de que la visión se disolviera. No había distinguido con claridad si estaba asustado; recordaba, en cambio, una tristeza profunda, casi serena, como si lo que estaba a punto de sucederle no fuese una sorpresa, sino el cumplimiento de algo que ambos habían aguardado demasiado tiempo. La sensación le resultaba insoportable porque se parecía a la resignación, y Aelith conocía bien la diferencia entre quien acepta una derrota y quien ha dejado de creer que merece algo distinto.
Se llevó una mano a la clavícula. El glifo permanecía caliente bajo la tela, con un pulso lento y acompasado, como el de un animal dormido que sueña con algo que no quiere soltar.
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Editado: 14.10.2026