CAPÍTULO UNO
No recuerdo cuándo empezó el sueño, solo que, dentro de él, yo ya sabía que no era mío.
Había una oscuridad que no era la de cerrar los ojos, sino otra más honda, con peso, como agua negra en la que uno flota sin tocar fondo. Y en esa oscuridad había una voz. No la oía con los oídos —en los sueños uno no oye, entiende; las palabras te llegan ya sabidas—, y aun así me llenaba entera la cabeza, grave y antigua, como si llevara mucho tiempo esperando este momento para hablarme a mí y solo a mí.
—Te lo revelo a ti, Lorthnark —dijo.
Y me lo reveló. Vi mundos que no conocía apagarse uno tras otro, despacio, como velas que una mano invisible fuera soplando al pasar, y con cada uno que se apagaba sentía irse algo caliente de mi propio pecho. Vi caer Los Tronos, altísimos, deshacerse en el aire como castillos de arena bajo una ola. Y vi un nombre escrito en todas partes a la vez —en el cielo, en el agua, en el reverso de mis párpados—, en un idioma que no había aprendido y que sin embargo comprendí sin esfuerzo, como se comprende el frío: Destrucción. No era un lugar al que se iba. Era el lugar al que todo terminaba yendo.
—¿Quién eres? —pregunté, aunque mi boca no se movió, aunque en aquel sitio yo no tenía boca.
—Kletro —respondió la voz—. Y estoy sellado. Por eso te hablo en sueños y no de otro modo. —Se adelgazaba ya, como el agua entre los dedos—. Escúchame mientras pueda: se acerca el Fin de los Mundos, y no queda tiempo. Corre, niño. Vive.
—Espera. No te vayas, no entiendo nada.
—Nadie entiende al principio.
La oscuridad tiró de mí hacia arriba, hacia una claridad lejana, y la voz se quedó abajo, en un sitio al que no supe cómo volver.
—Adiós, Lorthnark.
Abrí los ojos.
Tardé un momento en reconocer mi propio techo. La luz entraba de refilón por la ventana y se estiraba por el suelo del dormitorio en una franja dorada y temblona, de esas que solo hace el sol de primera hora, cuando todavía no calienta. Me quedé mirándola, quieto bajo las mantas, con el corazón aún a destiempo y la voz del sueño pegada a la nuca como una mano fría. Fuera se oía el trajín de las doncellas por los pasillos, el chirrido de un carro, una puerta al cerrarse. Dentro, la respiración de mis compañeros, cada uno en su cama, y el silbido flojo con que Egon dormía desde que tengo memoria.
Era viernes. El último día de vacaciones había sido ayer, y hoy nos darían los horarios del nuevo curso.
Tendría que haberme inquietado más por aquel sueño, supongo. Pero a los diecisiete años una pesadilla dura lo que dura un bostezo, y yo tenía un buen motivo para estar contento: los nacidos en el año cinco mil veinte ya éramos mayores de edad. Los más viejos del orfanato. Eso quería decir que pronto habría que elegir qué ser: un Protector de la Siácita, un Caballero de la Guardia de Lodrigark o, para quien se atreviera, ninguna de las dos cosas, sino salir de Madriles a buscarse la vida y hacerse un nombre por el ancho mundo. Absfer y yo lo teníamos hablado hasta el aburrimiento, en susurros, tantas noches: lo tercero. Siempre lo tercero. Pensábamos igual en casi todo; para algo habíamos nacido el mismo día, del mismo vientre que ninguno de los dos recordaba.
Aparté las mantas, y el frío del suelo me trepó por las plantas de los pies. Me vestí deprisa —la camisa blanca, el jersey negro, los pantalones grises con el blasón de Lodrigark bordado en el muslo, ya un poco descosido— y entré al baño a lavarme antes de que apareciera una doncella de blanco a recordarme que era hora de levantarse. Para eso ya me bastaba yo solo. El agua salió helada, como siempre, y me arrancó de encima lo que quedaba del sueño. Al peinarme frente al espejo me encontré con mis ojos, azules como el fondo de una taza de loza, y me detuve un segundo a admirarlos, que para eso eran míos. Aunque, si soy sincero, valían poco al lado de los de mi hermano. Los azules se ven por todas partes. ¿Los verdes de Absfer? Una rareza, un capricho que la naturaleza reparte una vez cada mil caras. Todos caían rendidos ante ellos. Yo el primero, aunque no lo dijera.
Estaba a punto de coger el cepillo cuando la puerta se abrió y asomó la cabeza de Kef, despeinado, con esa sonrisa suya de quien guarda una broma en la manga.
—¿Qué hacías con la puerta cerrada, Lorthnark? ¿Algo indebido?
—¡Qué va! —Ni siquiera sabía a qué se refería—. ¿En qué estás pensando tú?
—No sé. —Entró y se plantó frente al otro lavabo—. Dímelo tú.
Detrás llegó Androsto, que tenía el nombre más feo del mundo, si me preguntan, y una manía de morderse las uñas que no se le iba ni durmiendo. Se apoyó en el marco de la puerta con los dos brazos, cerrándonos el paso.
—Colega, por una vez no has echado el pestillo —dijo—. Y menos mal, porque ibas a chivarte tú solo de lo que haces a solas.
—Eso, hermanito, deja de pensar en cosas tan sucias. —Absfer se coló entre los dos, con el pelo revuelto y los ojos hinchados de sueño—. Déjame paso, Androsto.
—Si algún día queréis uniros, estáis invitados, señores —dije, con el cepillo ya entre los dientes y la pasta espumándome al hablar.
—¡Qué loco! —soltó Androsto, y se fue a su espejo riéndose.
—Loco no, solo mal de la cabeza. Lo siento, hermano. —Absfer se inclinó sobre el lavabo a echarse agua en la cara, y resopló al notarla fría.
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Editado: 01.10.2026