
La tensión congeló el salón por un momento extenso y pesado. El rebote de miradas en aquellos que no participaron de la situación intento ayudarlos a entender, pero no hubo caso. Lentamente la escena se disipa mientras cada uno vuelve en silencio a su lugar. Aun así, los ojos de quienes habían escuchado la conversación no se despegan de Galileo.
De pronto, la puerta del aula se abre. Un sonido que alarma a todos, logrando que cada uno se siente con apuro. En la entrada, un joven docente con anteojos grandes y una presencia tímida, apagada, casi imperceptible. Con pasos discretos se dirige a su banco frente a las pizarras. Con una voz suave y tartamudeante, se presenta ante sus alumnos.
—Bu-Buen día, soy Ja-Jaimito, el pro-profesor de ciencias —Aclara mientras su mirada repasa al salón, y parece detenerse por momentos sobre algunos bancos específicos.
Temblando y con ojos inquietos, se sienta en su escritorio y revisa sus notas. Pocos segundos después comienza a escribir el temario del año en el pizarrón. La clase transcurre mayormente en silencio. La tiza en su mano expresaba mucho más que él. A pesar de la tranquilidad de la clase, aún quedaba algo de tensión en el ambiente.
—Disculpen —Interrumpe Jaimito —¿Dó-Dónde está Sofia Soft?
—No sabemos profe —Responde rápidamente Nathan, casi como si hubiera estado esperando poder hablar —Pensamos que iba a llegar tarde, pero no vino. Quizás esta mal de ayer, Galileo casi muere.
Abriendo sus ojos como platos, el profesor mira directo a los ojos de Galileo —¿Estas b-bien?
Galileo suspira lo más bajo posible. Corriendo su silla hacia atrás, se pone de pie. Intenta evadir el pensamiento de que las miradas aún están sobre él. Prepara su voz más calma, intentando contagiar ese sentimiento al resto.
—Si, no fue más que un accidente —Explica antes de dejar una pausa para dar un vistazo al salón —. Respire un poco de gas y me maree lo suficiente como para perder el equilibrio.
—¿Fuiste a la en-enfermería?
—No, no tarde en sentirme mejor, lo desestime.
Jaimito deja la tiza apresuradamente y se acerca hasta la mitad del aula. Ajusta sus anteojos y se asegura que la manga de su ropa este bien estirada. —P-por favor, la clase ya-ya esta por terminar. Anda a la en-enfermería.
Robin, de manera tímida y titubeante, levanta la mano lentamente —¿Deberíamos ir todos los que nos expusimos al gas?
Jaimito se quita los anteojos y se frota el entrecejo —¿Qui-quienes más lo inhalaron?
Nathan con una gran sonrisa, sumado a Galileo y Robin, mantienen su mano levantada. Se notaba que el joven atleta no media la peligrosidad de la situación.
—Po-por favor, los tres a la enfermería, la clase ya terminó —Exclamo el docente sin perder su tono nervioso y volviendo a su escritorio.
Robin camina respirando hondo y controlando lo mejor posible sus nervios. Algo en ella rechaza la idea de ir a la enfermería, pero saber que era por su salud la obliga a ir. Galileo aun con un rostro serio piensa en los posibles efectos de haber sido afectados por el gas. Su mente no deja de dar vueltas en el sinfín de ideas. Por otro lado, Nathan mira por la ventana y camina juguetonamente mientras avanzan.
Al entrar en la sala, guiados por los carteles propios del colegio, se encuentran con instalaciones modernas y muy bien cuidadas. Dentro, los atiende quien se presenta como Dolores, la enfermera. Una mujer joven y adulta de cabellera larga y rubia, con ojos celestes que casi hipnotizaron al deportista. Con un examen rápido y efectivo por parte de ella, los tres salieron rápidamente con un algodón en el brazo y un chupetín en la mano.
Del otro lado del pasillo, un grito apresurado les llama la atención.
—¡Nathan, Robin, Leo! —Grita Austin agitado mientras se acerca a ellos —Momento, antes, ¿Sofi sigue sin aparecer?
El grupo asiente con la cabeza sin quitarse la golosina de la boca.
—Bueno, mi problema es otro enano ahora —Comenta mientras mira hacia los costados — ¿Vieron a un chiquitito como de esta estatura que se ve así? —Pregunta sosteniendo una foto con una mano e indicando una muy baja estatura con la otra mano.
La foto mostraba a un niño de aproximadamente seis años, muy pequeño y parecido a Austin en rasgos. Su piel morena y cabello castaño delataban sus lazos. Nuevamente el grupo responde a la vez sin abrir la boca, negando con la cabeza.
—¡Mierda! Es que pase a buscarlo, pero se fue corriendo. Es mi hermanito, Alex. Tengo un partido importante ahora y quería que él estuviera ¡pero no lo encuentro! —Explica mientras su tono se agita más.
La tranquilidad del grupo se desborda al empatizar con él. Dejando su premio de la enfermería de lado, Nathan le menciona.
—Mis hermanos quizás lo conocen, también son chicos. Les puedo preguntar.
Su ofrecimiento capta la atención de Austin. En un intento por resolver la situacion rápidamente, propone dividirse en grupos en encontrarse antes de que finalice el recreo. quien acepta y propone dividirse y encontrarse en donde están ahora pasados diez minutos.
—Nosotros no conocemos mucho el colegio, ¿Cómo nos dividimos? —Aclara Robin Austin mal interpreta la sugerencia de Robin y la piensa en una buena oportunidad para acercarse a ella —Nathan puede ir a buscar a sus hermanos con Galilleo mientras que vos y yo buscamos a Alex.
Robin no esconde su desinterés, dejando salir un gran suspiro, pero accede. En ese instante, Austin la agarra del brazo y se la lleva apurado. Nathan y Galileo no pierden el tiempo y corren hacia las aulas de primaria.
El compañero de Robin investiga con su mirada de un rincón a otro, hasta que termina entrecruzando miradas con ella.
—¿Tenes hermanos? —Pregunta el muchacho en un intento de generar conversación.
—Sí, dos. Una más grande en la universidad y otro más chico que posiblemente ya venga al cole —Le contesta sin darle mucha importancia a la conversación y adelantándose para buscar a Alex